Columna de Óscar Contardo: La Mugre

En algún momento la innovación consistió en reemplazar lo autóctono por plantaciones destinadas a acabar como montañas de astilla. Lo que nos recordaba que aquí el odio al árbol es intenso, voraz, un rencor que alcanza incluso a los ejemplares urbanos, víctimas del serrucho vil que les amputa cualquier intento de sobrevivencia.



Algo tenía Luis Oyarzún -un don, un talento difícil de encerrar en una palabra- que le permitía ver todo muy claramente. Verlo incluso antes que el resto lo llegara a percibir siquiera. Oyarzún tenía un ojo biónico, acompañado de una inteligencia deslumbrante, aligerada por la sensibilidad del artista, uno que no caía en la tentación de encumbrarse sobre su ego. Oyarzún no tenía la ambición de quien busca reconocimiento; se contentaba con ocupar un lugar secundario, el de una deidad menor, cuya misión era sacarles lustre a los prodigios ajenos, un sitial peligrosamente cercano al olvido. El protagonismo se lo llevarían Mistral, Parra, Lihn, algunos de sus muchos amigos y discípulos inmortales. Oyarzún nació en 1920, fue un niño genio en los años 30, un profesor admirado en los 40, una autoridad universitaria en los 60 y un ecologista desde siempre. Aprendió a serlo escuchando la lluvia desde el corredor de una casa en Santa Cruz y contemplando los paisajes de Colchagua tendido al sol. Fue "ecologista" mucho antes de que esa palabra se transformara en un amuleto.

Cuando Oyarzún hablaba de las plantas, de los árboles, del aire y el agua, sus cercanos lo escuchaban con la condescendencia que se le tiene al excéntrico dedicado a una rareza. Para muchos era una pasión fronteriza con el defecto. La naturaleza era algo desconectado de cualquier preocupación política en años en los que lo único realmente admirable era el proyecto del "hombre nuevo". Hasta esa época -los años 60-, los árboles, las flores y ríos eran temas francamente "femeninos", adjetivo que se usaba como sinónimo de lo desechable. Su ensayo Defensa de la tierra fue publicado solo después de su muerte. Aquel texto de Oyarzún, lleno de observaciones luminosas y análisis de profeta, contiene una frase dura y pesada como una lápida: "La nuestra, la tierra chilena, es el triste bien de unos hombres tristes. Las almas pobres empobrecen la tierra".

En los diarios, cartas y ensayos de Oyarzún describió paisajes arrasados, suelos infértiles, pueblos de aire emponzoñado. Un sitio con tendencia al baldío por el efecto de una cultura embrutecida por la avidez, la mezquindad y un culto sostenido a lo feo y devastado. Es un patrón de conducta que a pocos les interesaba tratar hace 50 años, pero que se repetía y persistiría en el tiempo: cada década de nuestra historia ha estado acompañada por alguna promesa de prosperidad que exigía una ofrenda que luego, supuestamente, se recompensaría con bienestar futuro. Así fueron arrasadas miles de hectáreas de bosques en Aysén, erosionadas tierras del norte y del centro, resecando valles y eliminando glaciares. Así se han ido acumulando relaves tóxicos, que como bombas de tiempo permanecen a la espera de que un terremoto o un aluvión los arroje sobre pueblos y caseríos. Bajo la misma promesa se han desviado cursos de agua, resecando valles, reventado bahías con salmones enfermos y emanado toda clase de veneno en el aire de pueblos y ciudades. Si hay que talar, se tala, de preferencia los ejemplares nativos de alguna zona perdida del sur que no le importe a nadie. En algún momento la innovación consistió en reemplazar lo autóctono por plantaciones destinadas a acabar como montañas de astilla. Lo que nos recordaba que aquí el odio al árbol es intenso, voraz, un rencor que alcanza incluso a los ejemplares urbanos, víctimas del serrucho vil que les amputa cualquier intento de sobrevivencia.

Si hoy Oyarzún estuviera vivo, ya no estaría solo en su causa. Lo acompañarían activistas y expertos, sus advertencias estarían refrendadas por estudios y cifras de todo tipo, conocería científicos que le darían argumentos incisivos a lo que antes dependía de su intuición e incluso podría escuchar a un presidente hablar de la necesidad de cuidar el medioambiente desde una tribuna internacional. Sin embargo, constataría que bajo los discursos, en el subsuelo de las buena intenciones, circula el mismo caudal, una voluntad idéntica a la de su tiempo, dispuesta de otro modo, adornada con escaparates burocráticos que suelen ser mero trámite para blanquear el objetivo final que bajo la misma excusa tradicional promete riqueza a costa de ciertos inconvenientes aparentemente temporales, discretamente circunscritos, disimuladamente asfixiados. La diferencia es que ahora no solo sabemos cómo el ansia y la mugre tiñen los lagos, desnudan el suelo y oscurecen el aire; en los días que corren también podemos comprobar el modo en que la basura se nos cuela en el cuerpo, revienta los pulmones y llena de plomo la sangre. Sobre todo la de aquellos que parecen condenados al sacrificio, los que no tienen el poder suficiente para escapar del matadero.

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