Lluvias más intensas tensionan la infraestructura de la Región Metropolitana: expertos advierten brechas en drenajes urbanos
Aunque las obras construidas han aumentado la resiliencia de Santiago, todavía existen brechas en colectores, planificación territorial y capacidad de infiltración para este nuevo escenario climático.
La evidencia científica demuestra que el cambio climático ha reducido la frecuencia de las precipitaciones en la zona central del país. Sin embargo, cuando se producen, las lluvias pueden alcanzar una mayor intensidad. Esta combinación aumenta la presión sobre una ciudad cuya infraestructura fue diseñada, en buena parte, con parámetros climáticos que ya no representan las condiciones actuales.
El director del Centro de Investigación en Sustentabilidad y Gestión Estratégica de Recursos de la Universidad del Desarrollo (Cisger), Alex Godoy, explicó que las precipitaciones han disminuido con el paso del tiempo, pero que, cuando ocurren, tienden a concentrarse en periodos breves. Esa acumulación de agua, sostuvo, “supera la capacidad de los suelos y de la infraestructura construida”.
El fenómeno de El Niño es una de las variables que inciden en este escenario. Según Godoy, se trata de un fenómeno cíclico que puede intensificar los eventos ya observados. El desafío para las ciudades, por lo tanto, no consiste solamente en prepararse para recibir una mayor cantidad de agua, sino también para precipitaciones capaces de concentrar grandes volúmenes en lapsos muy breves.
Durante las últimas dos décadas, la capital ha desarrollado una serie de obras que han permitido reducir su exposición a eventos extremos. Para el decano de la Facultad de Arquitectura y Arte de la UDD, Pablo Allard, uno de los puntos de inflexión fue la implementación, desde 2004, del Plan Maestro de Obras Hidráulicas, gracias al cual, afirmó, Santiago “resistió sin mayores daños el último temporal”.
Entre las obras mencionadas por Allard se encuentran los colectores interceptores asociados a las autopistas concesionadas, las piscinas de mitigación de aluviones en la precordillera, los parques inundables Víctor Jara y La Hondonada, el gran colector interceptor del río Mapocho y las piscinas de reserva de agua potable de Pirque.
Desde Aguas Andinas también identifican avances, pero distinguen entre la resiliencia del sistema de agua potable y las brechas que persisten en materia de aguas lluvias. Su director de Planificación, Ingeniería y Construcción, Cristian Schwerter, señala que la Región Metropolitana “ha avanzado significativamente en materia de resiliencia hídrica durante los últimos años”, principalmente frente a episodios de turbiedad en los ríos que abastecen a Santiago.
Según la sanitaria, la ciudad cuenta actualmente con 37 horas de autonomía para producir agua potable durante ese tipo de contingencias. Esta capacidad ha sido reforzada mediante obras como los Megaestanques de Pirque y los pozos de Cerro Negro-Lo Mena. A ellas se suman iniciativas como la Captación y Conducción Alternativa Maipo parte de la estrategia Biociudad, que considera nuevas fuentes de agua, aprovechamiento de aguas subterráneas, reúso y soluciones basadas en la naturaleza.
Las lluvias intensas, sin embargo, plantean un problema diferente. “La ciudad presenta diferencias importantes en cobertura y capacidad de infraestructura de aguas lluvias entre diversos sectores, y eso se hace evidente durante eventos de gran magnitud, concentrados en cortos periodos de tiempo”, explica Schwerter.
La distinción es relevante, porque la red sanitaria no está diseñada para evacuar aguas lluvias, sino exclusivamente para transportar aguas servidas. En sectores donde la infraestructura de drenaje es insuficiente o no existe, el agua busca otras vías de salida y puede ingresar a las redes de alcantarillado.
Una ciudad que creció fuera de los planes
El impacto de las lluvias tampoco es igual en todos los sectores. La académica de la Universidad de Concepción e investigadora de Cigiden R+, Alejandra Stehr, plantea que “la vulnerabilidad no la definen la lluvia ni el caudal, sino el territorio”. Entre los factores que influyen menciona la altura del terreno respecto de los cauces, la mantención de los colectores, las condiciones económicas y sociales y la capacidad institucional.
La configuración de las ciudades puede agravar el problema. “Cuando cae mucha agua en muy poco tiempo, hay muy poca percolación; es decir, el agua no alcanza a infiltrarse y casi todo se transforma en escurrimiento superficial”, señala Stehr. Por esa razón, agrega, “una ciudad impermeabilizada amplifica exactamente ese efecto”.
A ello se suma una brecha institucional que se arrastra desde hace décadas. La Ley N.º 19.525, de 1997, separó la red primaria de evacuación de aguas lluvias, a cargo del Ministerio de Obras Públicas mediante la Dirección de Obras Hidráulicas, de la red secundaria, cuya responsabilidad corresponde al Ministerio de Vivienda y Urbanismo y a los Serviu.
Según Stehr, esa fragmentación se ha profundizado con el crecimiento urbano. “Las ciudades crecieron fuera del plan: hay zonas que se urbanizaron con colectores secundarios que no llegan a un colector primario, o primarios que ya no dan abasto con todo lo que se les fue conectando, además de tramos que cumplieron su vida útil y están fracturados u obstruidos”.
Como consecuencia, parte de la infraestructura conserva estándares definidos a partir de información climática que podría estar desactualizada. Stehr explica que los planes maestros de aguas lluvias se calculan sobre la base de precipitaciones históricas. Por ello, considera necesario rehacer los cálculos con la información de las últimas décadas e incorporar los efectos del cambio climático sobre la intensidad de las precipitaciones.
Concepción ofrece un ejemplo de esa aproximación. Su Plan Maestro de Evacuación y Drenaje de Aguas Lluvias fue elaborado en 2001, con un horizonte de planificación hasta 2025. El instrumento incorporó las lagunas urbanas como elementos de regulación, en lugar de proyectar colectores que evitaran esos cuerpos de agua.
“Ese es el aprendizaje transferible a Santiago: los cuerpos de agua y los humedales urbanos son infraestructura hidráulica, no terrenos disponibles”, sostiene Stehr.
En la capital, Allard identifica brechas relevantes en comunas del sector surponiente, que, por encontrarse en las zonas más bajas de la cuenca, reciben parte del excedente que escurre desde el sector oriente.
“En Santiago debemos perseverar, completar la red de colectores en comunas como Maipú y La Cisterna, así como incorporar en toda la ciudad soluciones de manejo de aguas en su origen, con plazas, platabandas y antejardines que incluyan pavimentos porosos y microhumedales, siguiendo el concepto de ciudad esponja”, plantea.
Desde Aguas Andinas sostienen que la resiliencia también debe considerar amenazas de distinta naturaleza. “Hoy debemos prepararnos simultáneamente para lluvias más intensas y concentradas, pero también para una sequía prolongada que en la Región Metropolitana supera los 14 años”, señala Schwerter.
En el marco de Biociudad, una hoja de ruta con horizonte en 2035, la compañía desarrolla proyectos para reutilizar aguas tratadas en el río Maipo y aprovechar en mayor medida las aguas subterráneas mediante una batería de pozos en distintas zonas de la capital. La estrategia también considera aumentar la eficiencia hídrica de la red, buscar nuevas fuentes e incorporar soluciones basadas en la naturaleza.
El desafío, según los especialistas, es avanzar hacia una ciudad que incorpore estos fenómenos como parte de sus criterios habituales de planificación. Para Godoy, las ciudades no necesitan ser reconstruidas, sino reacondicionadas para enfrentar amenazas climáticas de mayor intensidad.
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