Sustentabilidad

El desafío de fortalecer la alimentación y seguridad nutricional en un clima cada vez más volátil y extremo

Una investigación del proyecto Anillo Nexos de la Universidad del Desarrollo advierte que los nuevos fenómenos climáticos más extremos pueden aumentar los riesgos para la producción agrícola, interrumpir las cadenas de suministro y encarecer los alimentos. Por eso, según cuenta su investigador Diego Rivera, el desafío está en avanzar hacia una verdadera seguridad nutricional.

Foto: Ricardo Rubio - Europa Press Ricardo Rubio - Europa Press

Chile ha experimentado una disminución de sus precipitaciones y una prolongada sequía. Pero el cambio climático está agregando una nueva dimensión al problema, y es que ahora no solo importa cuánto llueve, sino también cuándo y cómo lo hace.

Esa es una de las principales conclusiones identificadas por el investigador del proyecto interdisciplinario Anillo Nexos de la Universidad del Desarrollo, Diego Rivera, que ha analizado más de 60 años de precipitaciones en Chile central y sus vínculos con el sistema de producción y distribución de alimentos. “Nos preguntamos si es importante cuánto llueve, también debería ser importante cuándo llueve y cómo llueve”.

A partir de ese análisis, el equipo ha identificado un fenómeno que denomina volatilidad, con un junio históricamente seco y uno de los meses de julio más húmedos del último tiempo. Pero afirma que lo “lo que hemos encontrado, a diferencia de lo que se puede pensar, es que el clima se ha hecho más estable, más seco durante los últimos años, pero los periodos de precipitación también se han ido concentrando y lo que genera principalmente problemas en la agricultura, en la infraestructura, es lo que se llama la intensidad”, señala.

El problema es que lluvias concentradas en períodos cortos pueden tener efectos mucho mayores que el volumen acumulado de precipitaciones. “¿Cuánta es la cantidad de agua que está cayendo en un determinado lapso de tiempo? Eso es lo que nos inunda, eso es lo que bota las flores, eso es lo que destruye la infraestructura”, advierte.

Efectos en la cadena de alimentos

Los efectos no se quedan solo en el campo ni en su producción. Según cuenta, un evento climático extremo puede afectar carreteras, puentes y canales y, con ello, interrumpir el recorrido de los alimentos desde los centros de producción hasta los consumidores. “Lo que puede ocurrir es el efecto inmediato, y ahí es donde es importante el cuándo. El efecto inmediato es principalmente en la cadena de suministro y en la cadena de distribución”, explica Rivera.

Puentes cortados, caminos dañados o interrupciones en la infraestructura pueden retrasar las entregas y modificar rápidamente la oferta disponible en los mercados. En centros como Lo Valledor, señala, pueden registrarse variaciones importantes en el volumen de productos que ingresa en un día respecto del siguiente, con efectos sobre los precios.

Pero la amenaza también puede aparecer antes, directamente sobre los cultivos. Lluvias intensas durante períodos críticos de la temporada agrícola pueden afectar la floración y reducir la producción futura. “Si nos encontramos con primaveras lluviosas, con lluvias intensas, en el sur se le dicen las lluvias mata pajaritos, pero también matan agricultura. ¿Por qué? Porque afectan las flores y eso va a generar un cambio hacia adelante”, señala.

Así, el cambio climático se suma a otros factores que ya están elevando los costos de producir alimentos. Rivera cita, por ejemplo, el aumento del precio de los fertilizantes, cuyo valor puesto en La Araucanía se había duplicado desde febrero hasta hoy. Aunque ese fenómeno responde a factores geopolíticos y no climáticos, explica que “el riesgo al final del día de producción agrícola es cada vez más grande, las presiones sobre la producción de alimentos también son más grandes desde lo externo, y la forma en que consumimos alimentos también ha cambiado”.

Más allá de la seguridad alimentaria

En esa línea, Rivera plantea un concepto más allá del tradicional de seguridad alimentaria. No se trata solo de que exista suficiente comida o de que un país produzca todos sus alimentos, sino de garantizar que las personas puedan acceder a una alimentación adecuada. “El concepto más sofisticado es lo que se llama seguridad nutricional. O sea que nosotros somos capaces de entregarle a cada ciudadano exactamente las condiciones mínimas de nutrición para que tenga un desarrollo lo más cercano al óptimo”, explica.

La diferencia es clave porque una dieta puede satisfacer las necesidades calóricas y, al mismo tiempo, ser nutricionalmente deficiente, dice. Además, acceder a una alimentación saludable no depende solo de la disponibilidad de alimentos, sino también de su precio y del tiempo necesario para adquirirlos y prepararlos. “Comer sano y más que comer sano, comer en temporada, comer comida fresca requiere tiempo, requiere también hay mayores costos”, plantea Rivera.

De esta manera, advierte de una nueva dimensión social que debe ser considerada en las políticas públicas. El costo relativo de cambiar hacia una alimentación más saludable puede ser mucho mayor para los hogares de menores ingresos, principalmente cuando alimentos frescos requieren más tiempo de preparación que alternativas de menor costo.

Fortalecer las cadenas cortas

La investigación también se enfoca en los pequeños y medianos productores, así como en las cadenas cortas de suministro, es decir, aquellas que conectan de manera más directa a productores locales con consumidores.

Rivera plantea que fortalecer estos circuitos puede ser una herramienta de resiliencia frente a un escenario climático más incierto. “El fortalecimiento de las cadenas cortas es una gran medida en términos de resiliencia y de irnos en la senda de la seguridad nutricional”, sostiene. Eso implica fortalecer las ferias y el vínculo con productores locales. “Fortalecer los pequeños y medianos agricultores y fortalecer estas cadenas cortas de suministro es una de las condiciones importantes para seguir en esta ruta de la seguridad nutricional”, sostiene.

La razón es que estos productores cumplen un rol relevante en el abastecimiento interno, pero muchas veces tienen menos capacidad financiera y tecnológica para absorber pérdidas provocadas por eventos climáticos. “Un pequeño agricultor que tenga un tomate limachino con semillas que vienen de la abuelita, si no tiene la capacidad para mantenerse en el mercado va a perder toda su producción y por lo tanto tiene que cubrir ese riesgo con mayor precio”, ejemplifica.

Según dice Rivera, Chile cuenta con una infraestructura productiva agrícola con capacidades importantes y altamente tecnologizadas. Pero el desafío sigue estando en cómo utilizar esa capacidad para mejorar efectivamente las condiciones nutricionales de la población. “Yo creo que nuestra infraestructura productiva es suficiente. Lo que falta ahora o donde deberíamos avanzar es que dejen de existir desigualdades desde el punto de vista nutricional”.

Incluso las condiciones en que se produce un alimento pueden incidir en su aporte nutricional. Rivera plantea como ejemplo que “un brócoli que se cultiva fuera de temporada en un invernadero tiene cuatro o cinco veces menos vitamina C que un brócoli que se cultiva en la temporada”.

Por eso, propone ampliar la mirada sobre el sistema alimentario, incorporando también educación y producción local. “Uno podría con varios colegas tener por ejemplo en la escuela sistemas de producción donde tengamos pequeños huertos y también estén bajo invernadero en las temporadas que corresponden”, plantea.

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