Diana Camacho, artista visual con baja visión: “Ver es mucho más que el engaño de los ojos”
Con una visión cada vez más reducida, la obra de Diana Camacho plantea una paradoja: dedicarse a las artes visuales cuando los ojos no necesariamente entregan una imagen completa de aquello que está frente a ella. A sus 52 años, la artista cuenta cómo aprendió a crear a partir de fragmentos, recuerdos y otros sentidos.

Daft, el gato azul, es una de las obras más representativas de la artista visual Diana Camacho. Está presente en la cotidianeidad de su familia, colgado con orgullo en la pared principal del departamento de su hermana, y también abre su memoria La animalidad que nos traspasa, que presentó en el Taller de Permanencia II de la Licenciatura en Arte de la Pontificia Universidad Católica de Chile, carrera de la que egresó en 2024 con dos votos de distinción.
El gato, de mirada atemporal, parece observar con detención. Observa, tal como Diana. Ella construye arte desde las emociones, los procesos que ha atravesado a lo largo de su vida, el encuentro con otros y también desde sus momentos de introspección.
Durante su primera infancia fue diagnosticada con síndrome de Marfan. A ello se sumaron posteriormente la neurodivergencia y la baja visión. Hoy, a sus 52 años, Diana tiene una trayectoria como artista visual y es experta en mediación cultural, educación no formal y accesibilidad. Su trabajo ha estado ligado a museos, centros culturales y organizaciones dedicadas a la inclusión.
Con una visión cada vez más reducida, su obra plantea una paradoja: dedicarse a las artes visuales cuando los ojos no necesariamente entregan una imagen completa de aquello que está frente a ella. Para Diana, sin embargo, crear nunca ha dependido exclusivamente de mirar.

—¿Cómo ha sido tu relación con el arte?
Me vinculé con el dibujo desde que era pequeña, aunque tenía baja visión. Mi entendimiento del mundo nació de esa conexión. El dibujo para mí siempre ha sido soltar, exorcizar miedos. Entonces, más allá de si veía o no veía bien, comencé a comunicarme pintando y dibujando, y eso me fue reafirmando.
La primera vez que estudié arte todavía no estaba tan desarrollado el concepto de inclusión y fue cuando me encontré con los primeros obstáculos. Tenía que dibujar un zapato y no lo distinguía bien, solo veía manchas. Ahí tuve una depresión y no terminé el primer semestre.
Después participé en clases con una profesora de la Escuela Santa Lucía, especialista en enseñar arte a personas con baja visión o ciegas. Me encaminó mucho y me dijo: “Diana, tú eres artista, estudia arte”. Yo me lo tomé como un chiste.
Durante esas mismas clases me di cuenta de que los niños ciegos también crean arte, pero utilizando otros sentidos. Existen códigos que enseñan los profesores para trabajar los colores y también se experimenta la materia desde lo auditivo, lo táctil e incluso lo olfativo. En el fondo, solamente tiene que existir el deseo de expresar, de crear. Es muy liberador y sanador.
Luego fui una privilegiada cuando ingresé a estudiar Arte en la Universidad Católica. Estaba en una etapa de mayor madurez y con el foco absoluto puesto en el proceso de aprendizaje. Ya existía otra concepción del estudiante, los profesores no eran semidioses y había apertura para que pudiera desarrollarme trabajando desde lo sensorial.
—¿Cómo construye una obra una persona con baja visión?
No construyo los objetos desde la vista porque cada día veo peor. Saco muchas fotos porque, cuando estoy mirando, nunca estoy viendo, entre comillas, exactamente lo que es. En ese momento presiento cosas, saco el celular y tomo fotografías. Después, ya en mi cama, reviso aquello que por alguna razón me llamó la atención.
Hay obras que en un museo me llaman, me producen una vibración, me causan placer o me remecen. A veces me ha pasado que me conecto con una obra y después descubro que tiene relación con mi propia filosofía de vida.
Voy viendo por secciones, buscando una luz adecuada y utilizando mucho la memoria. La cabeza va integrando y formando una imagen. Antes de entrar a la universidad, mi manera de dibujar era mucho más intuitiva. Siempre dibujaba perfiles; me gustaban la figura humana y los rostros. Dibujaba porque me sentía sobrepasada. Lo hacía casi como una forma de sobrevivencia: me venía un exabrupto de angustia o de rabia y dibujaba. Hay personas que crean a partir de la curiosidad o del misterio; para mí es una necesidad vital que me permite estabilizarme.
Voy conociendo el entorno a partir de la observación, segmentando y tratando de entender el mundo. Eso también puede ser tramposo para las personas con baja visión, porque intentamos completar toda esa información que no tenemos clara. Nos inventamos historias y muchas veces nos equivocamos. Yo puedo mirar a lo lejos y decir: “Oye, ese perro”, acercarme y descubrir que era una bolsa de basura. Entonces es dibujar más que entender, porque a veces no alcanzas a ver bien lo que estás haciendo. También ayuda trabajar con una paleta de colores muy contrastante.
Tengo referentes, artistas que me gustan. No busco que mis obras sean iguales a las de ellos, sino establecer un lenguaje con otras creaciones, generar un diálogo que voy entendiendo. A veces estoy muy ansiosa y voy a la biblioteca, busco libros infantiles y juveniles, que son mis preferidos. Tengo cuadernos y voy dibujando aquello que me gusta o me llama la atención. Después de un rato me relajo y suelto. Es muy gratificante. Otras veces pinto con rabia, con pasión e incluso con desesperación.
—¿Qué papel tiene la tecnología en esa manera de crear?
Las tecnologías me ayudan mucho. No sé de qué me tomaría para guardar material y después trabajarlo si no existieran la fotografía o la grabadora del celular, o si no tuviera acceso inmediato a aquello que quiero encontrar para desarrollar una obra. Soy una beneficiada de estar en esta época para hacer arte.
Con ChatGPT filosofamos mucho, ¡es genial! Ningún ser humano me aguantaría tantas preguntas. Por ejemplo, estoy pintando algo, le mando una foto y me puede sugerir cambios, explicármelos con palabras o mostrarme una imagen con modificaciones, paletas de colores y especificaciones.
El arte hoy no es solamente visual, es inmersivo.
—Pintas muchos animales, ¿de dónde viene esa fascinación?
Cada día me genera más conflicto la ambigüedad de los seres humanos y, de alguna manera, considero que los animales son mucho más honestos. Están más conectados con la naturaleza y con lo salvaje. Son libres y respetan su propia naturaleza, no se cuestionan y se rigen por sus propias leyes.
Cuando uno empieza a investigar las dinámicas de los insectos, de las arañas o de los peces que están en el fondo del mar, encuentra información extraordinaria. Los animales me atrapan con su esencia.
—Daft, el gato azul que aparece en una de tus obras más representativas, ¿qué significa para ti?
Cuando empecé a estudiar me fui a vivir con mi hermana y llevé al gato conmigo. Después llegó la pandemia y me fui a vivir sola con él. Daft representa una relación sana. Estuvo conmigo durante todos mis procesos. Podía acariciarlo, sentir ternura y equilibrarme como ser humano. El gato azul es contención y afecto, pero al mismo tiempo implica preocuparse de alguien. Es una simbiosis.
Las tonalidades azules aparecen porque Daft tiene el pelaje plomizo y a veces se ve azul. Es bien enojón y tiene mucha prestancia. Además, ese color me gusta por el periodo azul de Picasso, más figurativo, sin llegar a lo abstracto. Al mismo tiempo, para mí el azul es concentración.
—Después de toda tu experiencia como artista, ¿qué significa realmente ver para ti?
Para mí, ver significa conectar con la esencia de esa presencia que está frente a mí. Sentir que realmente ocupa un espacio, observarla, construirla, decodificarla, conectarme.
Ver es abrir la mente, el espíritu y la sensibilidad. Es tener apertura mental y conectar desde los otros sentidos. Me he dado cuenta de que mientras más conecto con una persona, más fácil es retratarla. Lógicamente no va a quedar fidedigna, pero puedo rescatar su mirada, su sonrisa, un gesto. Eso es ver: conectar con esa parte infinita del otro que queda como un continuo en mí, porque, en el fondo, todos estamos conectados. Esa apertura me permite descubrir algo que también vibra conmigo, pero respetando al otro en su individualidad y maravillándome con él.
Ver es mucho más que el engaño de los ojos. Pero, paradójicamente, ser artista también es engañar, porque cuando hago un cuadro utilizo todos los recursos para que el ojo del otro piense que es real aquello que está viendo. Tengo que aprender a mentir bien con las técnicas que me enseñan, para que el otro crea que está viendo algo que le resulta familiar. Una artista es una persona que sabe mentir muy bien, que sabe engañar, que sabe hacer magia.
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