Columna de Envejecimiento: El alma de la fiesta

Una buena convivencia es la inspiración para contactarse con las raíces y para hablar de temas que solo las personas mayores manejan con cercanía. Y es una oportunidad especial para revivir la historia de cada uno y encontrarse con los mejor de lo nuestro.


En estos días de fiestas patrias se disfruta de momentos agradables, esperados desde hace tiempo. Celebraciones basadas en la historia y la tradición, en nuestro pasado. Son jornadas en que la gastronomía, los paseos, bailes, ceremonias y otras actividades se toman la agenda de cada persona y de cada familia.

En ese sentido, poner atención en las personas mayores puede ser una experiencia especial.

Para ellos comer con la familia y amigos tiene diversos significados. Desde ya hacerlo en compañía grata aumenta la ingestión de alimentos. La falta de apetito, frecuente después de los 60 años, desaparece. Los sabores y aromas evocan sentimientos y recuerdos.

Si se elaboran platos y preparaciones tradicionales, es posible que rememoren y compartan antiguas vivencias. El olfato y el gusto están muy relacionados con la memoria y las emociones. Así lo vivió Marcel Proust cuando, al probar una magdalena a la hora del té, su sabor lo llevó a traer recuerdos que ya había olvidado, y de paso dio origen a su magna obra “En busca del tiempo perdido”.

La confianza permite un diálogo más llevadero. Está bien demostrado que cuando el stress disminuye, mejoran la memoria, el manejo del lenguaje y otras funciones intelectuales. Y los mayores, cuando son incluidos y escuchados activa y atentamente a nivel grupal, tienen más facilidad para recordar hechos y relatarlos con entusiasmo. Además, son validados como miembros del grupo, de la familia. Perciben el cariño de quienes se han reunido y se sienten parte de ellos. Disfrutan del calor y la seguridad de la compañía de los demás. Es entonces cuando la experiencia de su vida puede aflorar.

Los mayores han vivido una época diferente, tienen su propio testimonio frente a hechos del pasado. Vivieron desde más cerca muchos acontecimientos que para nosotros son sólo historia. Cómo fue el terremoto de 1939 en Chillán o de 1960 en Concepción, cómo se vio desde aquí la Segunda Guerra Mundial y el salto alto de Larraguibel con su caballo “Huaso” o el Mundial de fútbol de 1962. Pero también los sucesos de su existencia, de la familia, sus luchas, metas y anhelos son significativos.

También en su época tenían que desarrollar otras capacidades. Si les gustaba una canción que escuchaban circunstancialmente, recordaban la melodía y se aprendían mejor la letra que los demás. La música era tradicional, nuestra.

La habilidad de bailar importaba. Los actos cívicos tenían gran importancia. Se pintaban las casas, se salía con traje nuevo. Las familias se reunían. El orgullo nacional se sentía. Los dueños de casa preparaban platos especiales. Se lucían elaborando maravillas con los ingredientes disponibles en la temporada y en la época, donde no había supermercados ni alimentos importados, tampoco electrodomésticos. Muchas veces seguían recetas de tradición oral o haciendo creaciones personales llenas de ingenio y cariño.

La presencia de viandas sabrosas y bebidas complementaban estupendamente esta circunstancia. Los sabores, la textura de los alimentos, los sonidos que acompañan el acto de comer, estimulan en el cerebro, cambios fisiológicos que exacerban el ánimo, afloran sentimientos. Esto unido a la confianza deja fluir los relatos, los recuerdos y la comunicación de hechos, historias, opiniones y a veces, secretos guardados en el pasado.

Una buena convivencia es la inspiración para contactarse con las raíces y para hablar de temas que solo las personas mayores manejan con cercanía. Y es una oportunidad especial para revivir la historia de cada uno y encontrarse con los mejor de lo nuestro, con el alma de la fiesta.

Felices fiesta patrias y ¡Viva Chile!

Rafael Jara es médico geriatra y Director de la Sociedad de Geriatría y Gerontología de Chile 

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