Columna de género: El año de mujeres y de la sororidad

En la marcha del miércoles 6 de junio se vio mucha piel, algo que para los críticos del feminismo desvirtúa su causa.

La sororidad al apelar a un sentimiento gregario o a un comportamiento grupal (“de tribu”) usualmente suele ser malentendido como “feminazismo” o “hembrismo". Sin embargo, por definición, representa todo lo contrario: destaca al amor, al respeto, la empatía, y la unión entre mujeres sin importar su condición social/sexual. Transformar la sororidad en odio hacia todo lo no-mujer es un intento por desviar nuestra atención de la desigualdad de género estructural y persistente, y depositarla sobre las mujeres, culpándonos por ella.


Termina agosto y ya se siente que fin de año está la vuelta de la esquina. Las horas de luz adicionales anuncian que se avecina la época de balanzas y balances, ¿no? Faltando casi cuatro meses para el comienzo del 2019, me atrevo a sugerir que el movimiento feminista (en todas sus vertientes) será uno de los hitos del 2018 y, con él, aparecerá (¡amén!) la palabra “sororidad”.  ¿Sorori… qué?

La sororidad es un término derivado del latín soror que significa “hermana” y es utilizado para referirse a la hermandad entre mujeres con respecto a cuestiones de género. En otras palabras, se trata de un sentimiento de solidaridad entre mujeres frente a situaciones derivadas de la desigualdad de género, la cual todas reconocemos como multifacética y persistente.

Al apelar a un sentimiento gregario o a un comportamiento grupal (“de tribu”) usualmente suele ser malentendido como “feminazismo” o “hembrismo” y, de allí, estamos a un paso de pensar en un ejército de mujeres que buscan acabar con los hombres e instalar un régimen “machista pero al revés”, como diría Natalia Valdebenito. Sin embargo, por definición, la sororidad representa todo lo contrario: destaca al amor, al respeto, la empatía, y la unión entre mujeres sin importar su condición social/sexual.

Entonces, ¿de dónde proviene la confusión y por qué la sororidad resulta tan difícil de entender? La confusión, en mi entender, se origina en la importancia y el valor contra-cultural de la sororidad. Hemos crecido en la cultura del individualismo y de la competencia, ergo, el “todos contra todos” pasa rápidamente a ser “todas contra todas”: las mujeres, entonces, se nos caricaturiza de malas, venenosas, criticonas (ojo, no críticas), envidiosas, malintencionadas, amargadas, manipuladoras, celosas, resentidas (ojo, por sentir “mucho” o por pensar “poco”), feminazis, y un sinfín de epítetos más.

Por un lado, al momento de hablar de desigualdad de género se nos intenta acallar apelando a que no deberíamos tener la audacia (ni la patudez, obvio) de exigir cambios estructurales cuando no somos capaces de solucionar nuestras diferencias individuales. En este sentido, poco ha ayudado la comunicación de masas con programas que descueran la apariencia física de las celebridades de turno, con influencers que intentan vendernos publicidad como si se tratase de “vida real”, y con los coléricos debates para restablecer la “moralidad” y el “orden” en muros de Instagram, Facebook, y Twitter.

Por otro lado, cuando hablamos de desigualdad de género se nos intenta acallar ridiculizando o minimizando nuestros argumentos. En este sentido, explicitar algún ejemplo machismo en la vida cotidiana es considerado la peor ofensa de todas: ningún otro “delito” causa tanta “indignación” ni recibe tantos comentarios rabiosos en redes sociales como decir “soy feminista”, “esto es misoginia”, “miren la brecha en…” (entiéndase: el abuso sexual a menores, los casos de corrupción, o la violación de los derechos humanos son cuestiones “menos malas”).

Abramos los ojos. Transformar la sororidad en odio hacia todo lo no-mujer es un intento por desviar nuestra atención de la desigualdad de género estructural y persistente, y depositarla sobre las mujeres, culpándonos por ella.

Primero, ¿Qué tiene que ver el sentimiento de solidaridad entre mujeres con el tener que llevarnos bien con todas? Segundo, ¿Quién dijo que la sororidad estaba exenta de los conflictos inherentes a toda relación humana? Tercero, ¿Por qué querer y trabajar por el que todos/as seamos tratados igualmente (sin importar nuestro género) se transformar en motivo de agresión y violencia cuasi-irracional? Sociológicamente, quizás hay varias explicaciones. Sin embargo, me quedo con la frase de Malena Pichot: sororidad NO ES perder la capacidad crítica de ser amiga de TODAS, por el simple hecho de ser mujer. La sororidad ES NO JUZGAR a otras mujeres con los cánones sexistas con los que siempre nos juzgan. Es decir, sororidad es precisamente ir contra la corriente y ampliar las perspectivas del debate público.

El 2018 ha sido el año en que las mujeres – feministas o no – han remecido el debate público en plural: porque las mujeres somos diversas y, en distintos frentes, han movilizado la agenda política. Sobre esto, nos hablan las renuncias de los ministros Varela y Rojas, por comentarios que despertaron la solidaridad de género y de la memoria histórica.

Sobre esto, también nos cuenta el debate sobre la despenalización del aborto en Chile y Argentina. Sororidad hay tras #MeToo (y sus variantes en distintos idiomas), hashtag que ha sido trending topic en más de 85 países desde octubre pasado. De unión nos hablan las redes de colaboración de mujeres en ocupaciones “exclusivamente femeninas” (la no remuneración del trabajo doméstico), en ocupaciones “exclusivamente masculinas” (en sindicatos o ciertos oficios), o en rubros en que han ocupado un “lugar secundario” (en la música, en medios de comunicación, o en investigación). Empatía y valentía nos mostraron las marchas y las tomas feministas del primer semestre. Y la lista de ejemplos podría seguir.

Si el 2018 ha sido el año de las mujeres en el debate público, que el 2019 sea el año de la sororidad. En su poder confiemos.

Camila Mella es Socióloga (Universidad de Chile), candidata a Doctora en Política Social (Universidad de Oxford), Directora de Contenidos de La Rebelión del Cuerpo. 

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