Doscientos mil años de soledad

La inteligencia no humana, extraterrestre o artificial, es siempre un tema de conversación y debate. Quizás el anhelo de encontrarla responde, más que nada, a la necesidad de buscar compañía cósmica ante el vacío existencial al que la enormidad del universo nos expone. La publicación, los últimos meses, de un par de textos ha intensificado la discusión en las cafeterías universitarias.




Uno de los grandes anhelos que tenemos los homo sapiens sapiens es encontrarnos cara a cara con una inteligencia extraterrestre. Inteligencia capaz de brindarnos algún consuelo frente al vacío existencial que nos abruma desde que hace doscientos milenios aparecimos en el planeta. Un abrazo cósmico de contención y fraternidad galáctica.

El tema ha vuelto a instalarse en el debate público debido a la reciente publicación del libro titulado “Extraterrestre: La humanidad ante el primer signo de vida inteligente más allá de la Tierra”, escrito por el físico Avi Loeb. Es el tipo de texto que, de no ser por el sesgo de autoridad que suscita un autor que es profesor de la Universidad de Harvard y hasta hace poco era director de su departamento de astronomía, habría sido ignorado o incluso ridiculizado. El signo de vida inteligente al que alude Loeb ha sido bautizado como ‘Oumuamua. Se trata del primer objeto interestelar que se haya observado cruzando nuestro sistema solar. Fue descubierto en octubre de 2017 por el astrónomo canadiense Robert Weryk. El adjetivo “interestelar” se refiere al hecho que ‘Oumuamua no es parte del sistema solar, es decir, no está atrapado por la gravedad del Sol y condenado -como los planetas, los asteroides y la mayoría de los cometas- a moverse en su órbita. Se trata de un objeto de varios cientos de kilómetros de longitud que entró a nuestro vecindario cósmico desde la dirección de Vega, la segunda estrella más brillante en el cielo del hemisferio norte, ubicada a apenas 25 años luz de distancia. El campo gravitacional del Sol atrajo a ‘Oumuamua, aumentando su velocidad hasta que, en el instante de mayor proximidad alcanzó una velocidad de 316.000 km/h. Hizo luego un viraje muy cerrado en torno al Sol para enfilar en dirección de la constelación de Pegaso. En 2022 ya estará mas lejos que Neptuno. Junto con el cometa Borisov, descubierto en 2019, son los únicos objetos interestelares que hemos podido observar surcando el sistema solar. ‘Oumuamua, sin embargo, tiene algunas características que lo hacen único: su gran brillo, producto de una superficie muy reflectante; su forma, aparentemente alargada como un cigarro; pero lo más extraño: su trayectoria. De algún modo, ‘Oumuamua parece acelerar debido a efectos no gravitacionales. Esto es algo común en objetos que se acercan mucho al Sol, y habitualmente tiene alguna de las siguientes explicaciones: Primero, sustancias que se evaporan, generando una columna de material que actúa de propulsor. Usualmente esas columnas son visibles; las colas de los cometas son un ejemplo. En este caso no se observa nada. Segundo, la presión que ejerce la radiación solar. Pero para explicar la magnitud de la aceleración de ‘Oumuamua, se requiere de un objeto que sea una suerte de gran vela solar, muy extensa y delgada. Algo cuya probabilidad de formarse naturalmente es escasa. En su libro, Avi Loeb conjetura que no se trataría de un objeto natural, sino que de tecnología construida por una civilización extraterrestre. Loeb es parte del proyecto “Breakthrough Starshot”, que pretende enviar pequeñas naves espaciales a Próxima Centauri b, un planeta que gira en torno a la estrella Alfa Centauri, la más cercana a nosotros después del Sol. La nave utilizaría una vela solar y un potente láser la impulsaría desde la Tierra. Quizás, razona Loeb, alguna civilización extraterrestre ya pensó en una tecnología similar, y ‘Oumuamua no es otra cosa que una de estas naves. La idea es tan atractiva como apresurada. Recuerda de algún modo la respuesta que daba Richard Feynman a quienes le preguntaban sobre el avistamiento de ovnis: “Desde lo que sé del mundo a mi alrededor, creo que es mucho más probable que los avistamientos de platillos voladores sean el resultado de las conocidas características irracionales de la inteligencia terrestre que de los desconocidos recursos racionales de la inteligencia extraterrestre”. La inteligencia extraterrestre es una caja negra. Una suerte de deidad que puede responder a todo, pero que a la larga nos deja más preguntas que respuestas. Por supuesto, no podemos ni queremos cerrarnos a la posibilidad de encontrar compañía en nuestra galaxia. Pero el deseo –y sobre todo el deseo de ser quien primero la encuentre– no puede ser mayor que la abrumadora evidencia requerida para anunciar tan añorado descubrimiento.

El anhelo de compañía inteligente no solo se pone de manifiesto en la búsqueda de civilizaciones extraterrestres. También intentamos construirla en casa. Hace unos meses, el físico Hong Qin, de la Universidad de Princeton, presentó un algoritmo de inteligencia artificial capaz de predecir, al menos en forma aproximada, órbitas planetarias luego de ser entrenado con información similar a aquella que disponía Kepler. En una entrevista dijo que “el objetivo fundamental del científico es la predicción. No necesariamente requerimos de una ley. Por ejemplo, si yo puedo predecir una órbita planetaria, no necesito conocer las leyes de Newton. Podrías argumentar que entonces entenderías menos que con ellas. En algún sentido es correcto. Pero desde un punto de vista pragmático, al hacer predicciones precisas no es hacer menos”. La verdad es que ni siquiera desde el pragmatismo esto es correcto. Por una parte, la precisión de las leyes de la gravedad es desconcertante. Tanto así, que no tenemos duda de que hay algo anómalo en el ‘Oumuamua a pesar de que la desviación de la trayectoria es extremadamente pequeña. Por otra, la teoría de la gravitación no solo predice órbitas. Es relevante en fenómenos tan disímiles como la trayectoria de proyectiles, las mareas, la ingeniería de puentes, la estructura de estrellas y la evolución del universo. Es una apuesta apresurada la de predecir que la inteligencia humana es una mera sofisticación de la inteligencia artificial actual. Las teorías no solo predicen. Tienen humanidad, dinámica y estética. Nos permiten entender, que es finalmente lo que queremos. Reemplazar el entendimiento por cajas negras, terrestres o extraterrestres parece no ser el camino. Después de todo, los últimos doscientos mil años de soledad no han sido en vano. La comprensión del universo que nos ha dado la ciencia nos ha ayudado mucho a aplacar la angustia. Una suerte de clonazepam cósmico para el vacío existencial. Es probable, además, que sigamos solos por mucho tiempo. Hay que estar preparados. Madurar. Buscar compañía en el más preciado de los objetos naturales: nuestras mentes.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.