Francisca Cortés Solari y la conservación ambiental: “Esta es mi misión en la vida"

Foto: Filantropía Cortés Solari

La filántropa está preocupada del cambio climático, de la escasez de agua y de lograr que sus fundaciones sobrevivan a la tormenta provocada por el estallido social y el coronavirus. Acá cuenta por qué dio un giro en su vida para dedicarse a la conservación, habla de la importancia del desarrollo espiritual y dice que se siente un puente “entre dos mundos”.




Francisca Cortés Solari advierte una y otra vez que si se “embala” con una reflexión hay que detenerla nomás. En esta conversación, eso de embalarse le ocurre con frecuencia. Le resulta más natural “volarse” que recitar respuestas preparadas y, cuando la inspiración la lleva muy lejos, termina con un “¿Cuál era la pregunta inicial?”.

La filántropa, nieta de Alberto Solari y Eliana Falabella, creadores del gigante del retail, ha dedicado este tiempo de encierro principalmente a pasear a sus once perros, leer y estudiar. Hace unos días terminó un curso con Fernando Flores, empresario que desarrolló el coaching ontológico en el país, y está por empezar otro que dictará Stanislav Grof, uno de los fundadores de la sicología transpersonal.

Francisca (52) es presidenta ejecutiva de Filantropía Cortés Solari (FCS), un proyecto familiar que tiene el foco en la conservación, la ciencia y la educación en la naturaleza. “Acá está mi visión, mi manera de pensar. En un momento fui super criticada por aquí y por allá... ‘¿Por qué le vas a poner Filantropía Cortés Solari?’, ‘no me gusta’, ‘que la exposición pública’… ¿Y sabes qué? De alguna manera soy una revolucionaria. Si estoy poniendo mi apellido es porque estoy poniendo mi vida en esto, la identidad de mis hijos y la de mi familia. Esto es de verdad”, dice.

Las fundaciones no han salido inmunes de la tormenta provocada por el estallido social y la pandemia. FCS también recibió el golpe. Francisca explica que hace tres años venían preparando un fondo filantrópico: “Sacamos de nuestro dinero para hacer un fondo, algo muy innovador para la filantropía en Chile”, dice. Sin embargo, en las condiciones actuales ese fondo entrega números rojos. “Hace dos años, nos daba +5 y con eso podía sostener las fundaciones. Hoy está dando -4, ponte tú, es decir, estamos perdiendo plata. A pesar de eso, seguimos avanzando”.

Francisca en la Reserva Elemental de Melimoyu, ubicada en la Región de Aysén. Foto: Carlos Echavarría / Filantropía Cortés Solari

Ese escenario, sumado a un ajuste en las urgencias de las fundaciones donde la conservación y el cambio climático tomaron un rol más protagónico que la educación, significó una reducción de cerca del 40% de la gente que trabajaba en FCS. “Preferí indemnizar a algunas personas y después esperamos volver a contratarlas. Pero no podía seguir teniendo el mismo gasto que antes del estallido social y del coronavirus. Es que no da...”, dice.

Pese a todo, el trabajo no se ha detenido en este tiempo. A fines de abril, Fundación Meri -una de las tres que componen Filantropía Cortés Solari- estrenó el documental Puri, camino del agua, dirigido por el fotógrafo y documentalista Daniel Casado. El registro es una reflexión con distintas voces sobre la necesidad de un manejo sustentable del agua en el escenario actual de megasequía.

El agua no se le puede negar a nadie, es un tema de ética y de moral. No podemos dejar que haya gente que no tenga agua para lavarse las manos, para tomar, para cultivar y, en definitiva, para sostenerse en el lugar donde viven.

“Lo que tratamos de hacer es impactar en distintas áreas para crear conciencia y responsabilidad en la comunidad, en los privados y en las autoridades, en todo este triángulo virtuoso, porque el llamado es que todos tenemos que hacernos cargo”, asegura.

-Esta pandemia dejó en evidencia que hay personas que no disponen de agua para algo tan básico como lavarse las manos. ¿Qué te parece eso?

-El agua no se le puede negar a nadie, es un tema de ética y de moral. No podemos dejar que haya gente que no tenga agua para lavarse las manos, para tomar, para cultivar y, en definitiva, para sostenerse en el lugar donde viven. El agua es un tremendo tema que tiene que estar en la palestra de las conversaciones políticas con urgencia.

-En Puri aparecen Sara Larraín y Juan Pablo Orrego, reconocidos opositores el proyecto Alto Maipo, precisamente por el tema del agua. ¿Tienes una opinión sobre ese proyecto?

-Yo nunca miro para el lado. Mi foco está en lo que tengo que hacer y hay otros defendiendo lo que consideran fundamental. Cada uno tiene su propio camino y este es el mío. Tengo una muy buena relación con Sara Larraín, es una mujer muy inteligente, sabe del tema, es conservacionista y vecina de uno de nuestros parques, pero no clasifico a las personas por lo que piensan o por su posición política, sino que creo que en la variedad de las personas está la riqueza. Y aquí tomo un punto que me parece relevante: creo que tenemos que dejar de mirarnos desde la cabeza, desde los juicios y los prejuicios, y debemos saltar a un nivel mucho más alto, donde las personas podamos encontrarnos desde otro espacio, desde un propósito común que nos une y que no nos diferencia.

El cambio climático es una de sus principales preocupaciones. Junto con el IPCC y el Ministerio de Ciencia, Fundación Meri estuvo a cargo del panel científico de la COP25 que se realizó en diciembre pasado en Madrid, organizando mesas de trabajo y paneles de discusión para resaltar el rol de la ciencia en la toma de decisiones y la importancia de la conservación en el combate de los efectos de la crisis climática.

“Hoy, como humanidad, tenemos un imperativo que es sobrevivir. El planeta es resiliente como para sobreponerse, el problema somos nosotros, que somos los enemigos del planeta y los depredadores de los recursos naturales. Me van a matar por lo que digo, pero de alguna manera nosotros somos el cáncer de la Tierra, somos la pandemia, ¡nosotros somos el coronavirus!”, dice.

Francisca agrega: “Hace 17 años, cuando empezamos, teníamos el desafío de trabajar para nuestros hijos, pero esto está pasando ahora y nosotros también somos los afectados, entonces la responsabilidad es más fuerte. ¿Qué le voy a entregar a mis hijos?, ¿dinero o un mundo para que puedan sobrevivir de manera íntegra y feliz?”.

Cambio de rumbo

Francisca Cortés Solari es casada y madre de tres hijos. Dice que siempre fue una apasionada por la naturaleza y por la conservación, pero el camino para llegar a dedicarse a esto tuvo varios capítulos. El primero fue su experiencia escolar.

“Tenía dislexia, déficit atencional y era hiperquinética. Tal vez era medio rebelde también”, dice sobre esos años en que debía usar un moño ordenado en el colegio Los Andes. “Estaba en un colegio del Opus Dei y, obviamente, mi espíritu era mucho más libre que eso. Fue interesante tener esa experiencia de vida, porque hoy día entiendo a un niño que lo fuerzan a pararse adelante del curso y no quiere estar ahí. Creo que tengo algo del corazón de ese niño que de alguna manera es discriminado por inquieto o porque le cuesta más aprender. A lo mejor yo aprendía de otras cosas y mi educación no tenía que ver con eso tan formal”.

Francisca cuenta que sus padres la orientaron hacia una carrera menos tradicional. “Tal vez no confiaron en mi capacidad... no sé. Vieron que era más artista y estuvo super bien, me encantó el diseño de vestuario. También tiene que ver con mi genética, porque acuérdate que mi bisabuelo era Arnaldo Falabella, un sastre que estudió en Italia y que vino a Chile como un mercader. Algo de eso había”.

Foto: Carlos Echavarría / Filantropía Cortés Solari

No pasó por la universidad. Tampoco tenía interés en incorporarse al negocio familiar. Un año se dio el gusto de correr autos en la Fórmula 4, donde llegó a ser subcampeona. Con su hermano Juan Carlos abrió una tienda deportiva. Pero un evento inesperado precipitó un cambio de rumbo.

Un familiar muy cercano fue diagnosticado con un tumor en el cerebro.

“Me empecé a hacer preguntas: ¿Por qué yo? ¿Por qué hay personas que mueren a los 100 años y niños que mueren al año? ¿Por qué nací en esta cuna? Eran muchas preguntas para las que no tenía respuestas”, cuenta. “Dije: necesito entender más de la vida, lo que he aprendido hasta ahora no me ha dado las respuestas que necesitan mi alma y mi espíritu”.

Pasó varios años aprendiendo disciplinas como el coaching ontológico o la sicología transpersonal, entre varias otras. “Sentí una motivación para estudiar y entender mucho más. Me comía los libros, no sé cuántos libros me leí, y antes en el colegio yo era una porra, ¿cachái? Me convertí en una estudiosa, me considero una estudiosa y siempre estoy estudiando”, explica, y agrega: “Se me abrió un mundo donde empezó a aparecer la magia y me empecé a transformar. Siempre estoy tratando de ver un poco más allá. Cuando tú encuentras la esencia de la espiritualidad o cuando saltas a ese lugar las cosas son más fáciles. Hoy siento menos apego a lo material y trasciendo de lo humano porque hay algo mucho más grande”.

-Dices que te cuestionaste tu origen.

-Me sentía incómoda. En algún momento tenía un pequeño prejuicio con lo que yo representaba. Tuve que trabajarlo para que no fuera una carga y sentirme orgullosa de mi familia, sentir que en realidad lo que yo tenía era un instrumento que podía utilizar para poder colaborar con otros.

Yo me siento como el jamón del sándwich: me llegan flechas por un lado y por el otro lado. Pero tengo la capacidad sicológica de no tomarme las cosas como algo personal, y desde donde estoy me siento una enlazadora de dos mundos.

En ese tránsito hacia lo espiritual se acercó a los pueblos originarios. “Tuve la suerte de conocer a muchos líderes espirituales de distintos lugares del mundo. He sido una privilegiada porque me tomaron cariño y me traspasaron conocimientos que no le entregan a cualquiera”, dice. Agrega: “Los pueblos originarios han guardado por milenios sus tradiciones y de alguna manera tienen un vínculo directo con la naturaleza. Los líderes espirituales de diferentes etnias del mundo tienen mucho que decirles a los líderes de los países, y espero que algún día se encuentren. Sería un sueño”.

Todo lo aprendido en este período tuvo sentido tiempo después.

Cuando murió su abuela, Eliana Falabella, las tres hermanas Solari -Liliana, María Luisa y Teresa, su madre- le pidieron a Francisca desarrollar un proyecto social del clan. Esa fue la primera piedra de Fundación Caserta, creada en 2003 con el objetivo de promover la educación bajo un modelo distinto al tradicional. “Partimos hablando de una educación en la naturaleza, una educación que integrara al ser humano, con la importancia de su corporalidad, del ejercicio, de la respiración, de nuestros pensamientos y de las emociones; la importancia de capacitar nuestra mente. Y también de buscar el sentido de la vida en la espiritualidad, que no es lo mismo que la religión”, recuerda.

En la Reserva Elemental Likandes, ubicada en el Cajón del Maipo, la Fundación Caserta desarrolla programas de educación en la naturaleza. Foto: Carlos Echavarría / Filantropía Cortés Solari

Francisca fue motivando a su madre y a su hermano Juan Carlos con el tema de la naturaleza y los convenció para que Corso -el family office de los Cortés Solari- invirtiera en conservación. En 2012, Corso compró 16 mil hectáreas en Melimoyu, en la Región de Aysén, un territorio que alberga pumas, ranitas de Darwin, pudúes, y en sus costas, delfines chileno y austral, y la majestuosa ballena azul. “El objetivo de esta compra no era invertir, sino hacer ciencia y conservación ambiental”, dice.

Sueño y realidad

El primer encuentro de Francisca con las ballenas fue un sueño que tuvo estando en Japón, ese mismo año. “Soñé que iba por un muelle y había muchas ballenas pidiendo ayuda, pero eso lo entendí tiempo después”, dice. Esa imagen nunca se le olvidó. En ese viaje visitó Fukushima, ciudad que un año antes había sido arrasada por un terremoto, un tsunami y un accidente nuclear. “Fui a la playa y sentí una energía tan fuerte que me llegué a desmayar”, recuerda.

Pese a que se sentía mal, Francisca insistió en visitar un mercado y en la entrada vio un letrero con todas las especies de ballenas. “Ahí entendí a qué había ido a Japón”. De regreso a Chile, concretó la compra del terreno en la Patagonia donde hoy Fundación Meri realiza estudios científicos sobre los cetáceos. “Cuando compramos ese terreno, en todo momento mi foco fueron las ballenas, las ballenas, las ballenas… Como que mi sueño volvió a decirme algo. Comenzamos a trabajar con ballenas y se dio que empezó a tomar alto vuelo el tema científico, educativo y de los océanos”.

-¿Qué has aprendido de las ballenas?

-Es todo un mundo… Las ballenas me enseñaron a entender mejor el océano. Tienen una inteligencia superior y es una especie cuyo aporte para la humanidad es fundamental, porque es una especie paraguas para entender y estudiar un ecosistema completo. Las ballenas son realmente impactantes. Con su sola presencia algo me pasa… La paz, la tranquilidad, su sabiduría ancestral. Estás al lado de un animal de poder que estuvo en peligro de extinción, a punto de desaparecer.

Ballena azul. Foto: César Villarroel

El conocimiento y el trabajo científico de Fundación Meri con las ballenas fue expuesto es la muestra “Ballenas, voces del mar de Chile”, organizada en conjunto con el Centro Cultural La Moneda hace dos años y que tuvo buena acogida del público.

-Hoy la conservación es un tema relevante cuando se habla de cambio climático. ¿Tu familia te reconoce el movilizarlos en esa dirección?

-Mira, no lo sé (ríe). Pero tal vez en su interior, sí. O a lo mejor en algún momento se darán cuenta, pero yo no estoy trabajando para ellos. Ellos ya me ayudaron y tuvieron confianza en mí y hoy día yo tengo la tranquilidad y tengo las espaldas para continuar con este proyecto… no sé por cuánto tiempo, porque las cosas pueden cambiar, pero estoy super comprometida para seguir en el futuro. Esta es mi misión en la vida. A esto vine.

-El retail es responsable de casi el 10% de las emisiones mundiales de CO2. ¿Te produce algún conflicto eso?

-Obvio que sí. Hoy día las empresas se están viendo super desafiadas. Tal vez antes era mucho más difícil cambiar antes de que te cayera el ladrillo en la cabeza, como ocurre hoy con el coronavirus, que ha evidenciado algunas cosas. En realidad, creo que el ser humano aprende a golpes. Tenemos que estar en el hoyo profundo para aprender y valorar. Pero es un tema complejo: porque por un lado necesitamos que las empresas cambien o innoven en sus métodos para producir una menor huella de carbono, pero también hoy estamos frente a un problema económico que está afectando fuertemente a la empresa y eso no lo podemos negar. No tenemos claridad de lo que vaya a pasar después de esto, pero uno puede intuir que tal vez el mundo no va a ser el mismo y que hoy lo más importante es ser visionarios, resilientes y creativos. Creo que todos nos vamos a ver obligados, porque este esfuerzo lo tenemos que hacer todos, no sólo los empresarios, también las comunidades y las personas en sus casas.

-¿Tu entorno entiende ese mensaje?

-Yo me siento como el jamón del sándwich: me llegan flechas por un lado y por el otro lado. Pero tengo la capacidad sicológica de no tomarme las cosas como algo personal, y desde donde estoy me siento una enlazadora de dos mundos. Creo que puedo ser una pieza fundamental para que se comuniquen un mundo con el otro. Tenemos que entender que formamos parte del mismo sistema.

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