Francisca, la hija desconocida de Nicanor

Ilustración: Vicente Martí

La demanda por el testamento del antipoeta la puso bajo el ojo público, pero Francisca Parra ha sido siempre un enigma. Ni los amigos más cercanos que tuvo Nicanor saben realmente quién es esta mujer de 75 años. A pesar de vivir décadas al lado de su padre en La Reina y de criar a sus hermanos menores, Colombina y Barraco, no tuvo poemas en su nombre ni tampoco vino a su entierro. Tendencias se propuso construir el puzle de su vida. Hoy, consagrada al Tao, como su padre, vive alejada de todo y teje telares en una comunidad mapuche.


La mano está sobre su rodilla derecha. Un leve impulso bastaría para ponerse en pie y partir. Es 1966 en La Reina y Ana Francisca Parra Troncoso, la segunda hija de Nicanor, está sentada junto a su padre en una banca. El antipoeta -entonces de 52 años- parece estar diciendo algo, mientras la joven, que lleva un beatle y el pelo en un moño, lo mira de costado. Sus ojos no parecen estar en esa conversación. Se pierden en el infinito.

Detrás de ambos está la pajarera que Alberto, el tercer hijo, le regaló a su padre para uno de sus palomos, el “Monicaco”. Francisca tiene 23 años y no lleva cordones en los zapatos, pero nadie podría contestar por qué: de los seis hijos del antipoeta, ella es la más reservada. La más silenciosa, la invisible. Salvo en esta fotografía en blanco y negro -incluida entre las 200 del libro Parra a la vista, la biografía visual con la que Nicanor conmemoró sus 100 años-, Francisca no se deja ver.

El 23 de enero pasado, cuando murió su padre, ni siquiera apareció en su funeral.

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Francisca tiene hoy 75 años y ha hecho lo posible por pasar desapercibida. Pero la demanda que busca anular el testamento que dejó Nicanor Parra y que entrega a Colombina el rol de albacea, la puso en el foco público del que se ha escabullido toda una vida.

El 6 de junio pasado, sus hermanos directos, Catalina y Alberto -hijos, al igual que Francisca, de Parra con su primera mujer, Ana Troncoso-, fueron hasta el 24 Juzgado Civil de Santiago para querellarse contra ella y los tres hijos menores del antipoeta: Ricardo, Colombina y Juan de Dios. Las razones para incluir a Francisca son un enigma.

Ni siquiera los amigos íntimos del escritor, como Adam Méndez y Matías Rivas, dicen haber oído a Nicanor mencionar a esta hija. Eduardo Labarca, vecino del escritor en Las Cruces, afirma lo mismo:

-Nunca lo escuché hablar de esa hija. Cuando empezó la trifulca de la herencia me enteré de su existencia.

A diferencia de Catalina, la primogénita, a quien Nicanor incluyó en De Poemas y antipoemas en 1954, como “la niña inolvidable”, Francisca no es mencionada en su bibliografía.
El escritor Rafael Gumucio, quien pronto publicará un libro sobre Parra, dice:

-Ella no se me cruzó nunca. Lo único que recuerdo es que Nicanor decía que de todos sus hijos ella era la más sabia, porque se había ido a vivir con los mapuches.

Y es cierto, Francisca partió hace unos años a Calfutue.

 

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De todos los hermanos demandados por Catalina y Alberto, la única que aparece con oficio desconocido en la impugnación es ella. Mientras Colombina y Juan de Dios (conocido como Barraco) son identificados como arquitecto y músico, respectivamente, y Ricardo -El Chamaco- como ingeniero forestal, de ella sólo se menciona que está viviendo en el kilómetro 10 de Calfutue, en la IX Región.

Calfutue es una zona en la ruta que une a Villarrica con Lican Ray. Es, efectivamente, territorio mapuche. Allí, la ruka Chankülko actúa como centro cultural que, además de ofrecer artesanías en lanas, cueros, madera, fibra natural, platería y degustación de gastronomía local, es una puerta de entrada para visitar la comunidad Marin Aillapi.

No está claro cuándo exactamente Francisca se radicó en Calfutue. Sí se sabe que cada vez que viene a Santiago, su domicilio sigue siendo el mismo de esa fotografía de 1966. Francisca tiene una casa al lado de la de su padre en La Reina. Mientras la de Nicanor está en Julia Bernstein 272-D, “la D de Dios”, como él solía decir, la de ella está en la C. Apenas las separa un portón.

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Francisca nació el 15 de julio de 1943 y es la segunda hija de Nicanor con Ana Troncoso, una mujer morena de rasgos indígenas con la que el antipoeta se casó siendo ventiañero y cuyo matrimonio se quebró de manera dolorosa en 1949.

La historia dice que Nicanor la dejó con sus tres hijos pequeños en esa parcela de La Reina para partir a un doctorado en Cosmología en Inglaterra. A los seis años, Francisca vio a su padre tomar un barco a Oxford, ciudad de la que regresó dos años después. Había cambiado a Newton por Shakespeare, a la física por la poesía y a su madre por la sueca Inga Palmer.
Francisca, sin embargo, siguió en contacto con su padre. En el círculo más íntimo de Nicanor cuentan que ambos tenían un juego que los unía y que el antipoeta solía contarlo en reuniones familiares. El juego -conocido como “el palito de fósforo”- consistía en que Nicanor partía un fósforo por la mitad sin que ella se diera cuenta. Uniendo ambos pedacitos, le decía: “Ya, Panchi, tome este fosforito, llévelo para allá pero sin que se le rompa”. Francisca, niña, obedecía. Con cuidado tomaba el fósforo, pero en el camino se le partía.

Más grande, y mientras Catalina Parra se transformaba en artista visual y se iba a vivir becada a Nueva York, y Alberto se radicaba en Noruega, Francisca seguía muy cerca de su padre. En esa casa C, le daba de comer a las gallinas, preparaba ollas con huesos para sus perros y jardineaba tarareando canciones de Violeta. El parecido con su tía es impresionante. Dicen que, como ella, tiene linda voz.

Pero de eso hay pocos testigos. Francisca es tímida. Jaime Quezada, poeta, ensayista y crítico literario, se acuerda vagamente de haberla visto por esos años en La Reina:

-Recuerdo que era alguien que ayudaba en la casa. Alguna vez Nicanor la llamó para que nos sirviera un té. Es curioso, pero en ninguna de las conversaciones largas que tuve con él aparecía esta hija. Sí me acuerdo que se refería a ella como “la Panchita”.

El autor del libro Nicanor Parra tiene la palabra agrega que Francisca se quedaba a cargo de la parcela cuando su padre se iba de viaje: “No parecía ser la protagonista, sino una mano que colaboraba en la casa de Nicanor, sobre todo en lo doméstico”.

Algo parecido consignó la prensa en 1969 cuando el antipoeta que aún vivía en La Reina ganó el Premio Nacional de Literatura. En una pequeña crónica del diario El Siglo aparece que es Francisca quien recibe al medio en la parcela. “El poeta, nos dijo su hija Panchita, fue a comprar azúcar y papas que faltaban en la casa antes de recibir la noticia”, se lee.

La periodista Sonia Quintana conoció a Parra después de que recibió ese premio. Tras entrevistarlo largamente en la misma banca donde Francisca aparece en esa fotografía de 1966, se hicieron amigos. Y fue testigo del rol que tuvo esa hija en la vida del antipoeta:

-Ella era la dueña de casa que te recibía. Muy cordial, muy calladita, lo supervisaba todo y era servicial. Nicanor le tenía mucho cariño justamente por esa discreción. Siempre atenta a los almuerzos, sabía hacerle las lentejas y las cazuelas que le gustaban. Y como era lo menos invasiva que hay, entraba y salía, jamás lo coartaba. Nicanor era un hombre de su tiempo, no se cocinaba ni un huevo. Ella tenía una cosa medio campesina. Esa sencillez con la que se preocupaba del padre la hacía un puntal para él.

“Un puntal en lo práctico”, agrega Federico Schopf, quien fue amigo de Parra desde que fue su alumno en el Pedagógico. Dice que el escritor, aparentemente muy autónomo, necesitaba apoyo en lo doméstico y Francisca, ajena al mundo literario, se lo daba:

-Ella se preocupaba de atenderlo y hacerle sentir bien. En ese sentido, de sus hijos era la más criolla y la más sobria. Don Nica era un estratega. Tenía una astucia que hacía que no pareciera pretencioso, pero se hacía lo que él quería. Y como era muy simpático y hábil, todo giraba en torno a él sin que se notara. La Panchita calzaba muy bien en eso, porque a ella no le gustaba estar en primer plano. Era silenciosa y aplicada. Procuraba el orden en la casa. En ese sentido tenían algo en común: una complicidad muy provinciana.
De cariño, su padre le decía “Panchulinete”.

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La complicidad entre ellos se extendió hasta que Francisca se fue a vivir al sur y su padre se radicó en Las Cruces. Pero no fue hasta que Colombina le hizo un homenaje público a su hermana en Facebook que su figura emergió de las sombras. Días después de que la demanda interpuerta por Catalina generara descargos en la prensa, Colombina le dedicó unas palabras a Francisca. En un mensaje del 8 de junio, dice:

“Lo siento, hermana primogénita, pero si tengo que sacarme el sombrero por una hermana, no eres tú sino la Pancha. La hermana olvidada. La que protegió y cuidó a mi padre desde que éramos niños. Mi hermana madre que cuando vio que nos quedamos sin mamá, de algún modo se hizo cargo de nosotros. La hermana arquitecta nata que construyó con materiales de demolición la belleza de casa que es La Reina. La antiarquitectura. Ella sí tuvo un diálogo respetuoso siempre con su padre. Vi infinitas bandejas de comidas llevadas por ella. Una relación silenciosa que no necesitó nunca de luces ni cámaras. Mi hermana poeta que nunca tuvo el tiempo de publicar porque estaba criando niños además de sus propios hijos, estos otros que le dejaba su padre en sus viajes por el mundo. No basta con vivir en Manhattan y exponer en el MoMA. No basta guachita culebra. La hermana verdadera es la otra, es la que se quedó a hacer le pega. La verdadera pega. La que dio el soporte para que Nicanor volara a sus congresos internacionales. Ella no ha dicho nada y tú lo has dicho todo. Chao pescao y nos vemos en tu juicio final”.

Barraco sabe de lo que habla su hermana Colombina. En un departamento del barrio Brasil, cercano al último domicilio que tuvo su madre, la artista plástica Nury Tuca, recuerda la época en que Nicanor se quedó con la tuición de él y de su hermana y los crió, a fines de los 70, con el apoyo de Francisca.

Fue ella quien los matriculó en el liceo público Simón Bolívar, donde también iban sus hijos. Y la que los llevaba a la escuela por las mañanas. Francisca además fue apoderada de Barraco y le tocó ir a las reuniones de curso.

-Mi papá nunca fue al colegio. Cuando se iba de viaje, le dejaba plata a la Panchi para que se ocupara de nosotros. Fue una época bien heavy -cuenta.

Francisca, dice Barraco, estudió Enfermería, pero más allá de ponerle inyecciones a él cuando de niño se enfermaba, nunca ejerció. Dedicada a la familia desde que se casó con Jaime Infantas el 22 de junio de 1964, se concentró en la crianza de sus tres hijos (Jaime, Luis Alberto y Mónica). Infantas era mecánico en la Disputada de Las Condes, así que Francisca decidió complementar los ingresos familiares siendo transportista escolar. Partió con un escarabajo. Apenas sabía manejar. Pero fue creciendo y comprando más automóviles.

Recuerda Barraco: “Ella partió con ese escarabajo llevando niños. Pero luego trabajó y trabajó hasta que se compraron una camioneta, y después otra y así. A medida que los hijos crecían, se incorporaban al negocio. También las parejas de sus hijos y luego los nietos. Ganaron mucha plata y hasta llevaron gente a la nieve. Sky Total se llamaba el servicio.

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Los hijos de Francisca tenían la edad de Barraco y Colombina, así que parecían primos. Sobre todo Luis Alberto, alias Huiti, quien fue el compañero de juegos del hijo menor del antipoeta. Juntos solían perderse en la parcela de enfrente, donde vivía la suegra de Francisca, la abuela de su marido y una tía. En una fotografía de esos años se les ve a todos juntos. Francisca -vestido blanco hasta las rodillas, pelo largo azabache- aparece con los niños chicos.

-A todos nos iba a dejar al colegio y como su casa estaba al lado, podíamos llegar a tomar once o a almorzar -cuenta Barraco.

Más que una hermana, y debido a la diferencia de más de 30 años con ellos, Francisca fue “como una segunda mamá” para Colombina y Barraco. Los cuidaba cuando Nicanor estaba fuera de La Reina. Y cuando ya no estaba Nury Tuca, la madre de los niños, se preocupaba también del día a día.

“Nury tenía muchos conflictos consigo misma y con la vida, no estaba bien, así que la Panchita, de alguna manera, le dio a Nicanor ese equilibrio que necesitaba”, dice la periodista Sonia Quintana. Barraco recuerda que incluso cuando sus padres aún estaban juntos, fue Francisca quien le enseñó a cocinar a su madre: “Mi mamá creció en una casa donde siempre hubo nanas, entonces cuando llegó a La Reina y se emparejó con mi papá, no sabía preparar nada. Como la Panchi a veces le llevaba almuerzo y sabía sus mañas, mi mamá le pedía ayuda para que mi papá no se enojara. Eran bien amigas”.

Con Nicanor, Francisca compartía el gusto por las demoliciones. Como su padre, partió con una casa prefabricada en La Reina, en una parte del terreno de una hectárea de su padre y que él mismo le cedió. Luego fue ampliando la casa con restos de ventanas y de puertas, a modo de collage. Su talento para la construcción era innato; en el círculo íntimo de Parra dicen que “era capaz de convertir una casucha en una catedral”. Tanto los ventanales que Nicanor tenía en su casa de Las Cruces como los respaldares de catres antiguos que hay en La Reina se los pasó ella. Por eso Colombina, en su posteo en Facebook, la recordó como la “antiarquitecta”.

-La Panchi siempre andaba acarreando cosas. Y con mi papá siempre andaban comprando vigas, palos, muebles viejos -afirma Barraco.
Los resultados están a la vista. En Julia Bernstein, la casa C hoy es un palacio de cuatro pisos. Con vitrales de colores y madera a la vista. Allí viven hoy los hijos y nietos de Francisca.

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A pesar de la complicidad, la relación entre Nicanor y su hija Francisca no siempre fluía tan bien. Como todos los hijos, dice Barraco, ella también le tenía temor al padre y eso se manifestaba físicamente: Francisca tiene una disfonía que se activaba cuando se ponía nerviosa o el creador de los artefactos se enojaba.

-Mi papá era dulce pero también impredecible y medio cascarrabias. Con los hijos, era pesado a veces y no sabías cómo podía reaccionar. La Panchi, que sabía que era un viejo mañoso y que vivía al lado, tomaba distancia. Pero lo veía y perdía la voz. Después se le quitaba -recuerda Barraco.

Francisca alguna vez quiso que este hermano músico le enseñara a tocar piano. Pero se insegurizaba y terminó renunciando. “Es muy difícil para mí”, cuenta Barraco que ella le dijo.
Barraco y su hermana se distanciaron hace 18 años. Pero al leer la demanda y darse cuenta que Francisca no estaba con Catalina, admite que “quisiera agradecerle tantas cosas”. El quiebre se produjo en el 2000, cuando Barraco vivía en La Reina con su hija (Josefina Cristalina, alias Lina Paya) y la madre de ésta. Uno de los perros de Francisca mordió a su mujer y él decidió instalar una reja entre las dos casas. Francisca se puso afónica y tomó distancia.

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El Tao Te King se convirtió, a fines de los años 70, en el libro espiritual de Nicanor Parra, luego del rompimiento con la “mujer imaginaria”, Ana María Molinare. Y Francisca, su hija, también lo ha adoptado como un libro fundamental. Durante estos días en que las aguas familiares están revueltas por la demanda entre hermanos, ella se refugia en ese texto escrito hace 2.500 años por el chino Lao Tsé.

-No te derrumbes. La persona sabia prefiere la no acción y permanece en el silencio -le ha dicho a Colombina desde el sur, para darle ánimo. Para una mujer como Francisca, que ha hecho del silencio un modo de vida, esta frase tiene el mayor sentido. Le permite siempre volver a su centro.

“El que habla no sabe; y el que sabe no habla”, dice otra de las frases del Tao Te King que Nicanor le enseñó cuando él, que ya era reacio a dar entrevistas, comenzó a alejarse de los discursos en los 80. Francisca Parra vive al margen del ruido. En el sur, donde, según sus familiares, los mapuches le enseñaron a tejer telares.

-No me interesa ventilar mi vida. Cuando quiera que se escriba algo sobre mí, lo escribiré yo misma -se excusó al teléfono, declinando participar en este reportaje. Pero posiblemente no escriba ni una sola línea. En el clan Parra aseguran que preferirá quedarse en la trastienda: si bien escribe prosa, nunca se ha atrevido a publicar.
Quitada de bulla, invisible, seguirá fiel a esa frase que Nicanor solía repetir y que decía que su hija Francisca le había enseñado: “Hay que morir pollo”.

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