Isadora León: "Fui a Brasil de vacaciones y volví en silla de ruedas"

Isadora Leon

(Crédito: Roberto Candia)

"Estaba bailando cuando empecé a escuchar la música lejos y a ver todo en cámara lenta. Esto no es normal, pensé. Era un infarto cerebral. Estuve 45 días hospitalizada en Río de Janeiro. Me decían que yo era un milagro".




Un día antes de irme de viaje, renuncié a mi trabajo en una agencia de publicidad. En mi rubro es normal trabajar hasta muy tarde. De esa rutina estaba muy cansada. Por eso, me iba a cambiar a otra agencia y estas dos semanas de vacaciones iban a ser un respiro. El mismo día que renuncié me sentí aún más agotada; le escribí a una amiga por WhatsApp diciéndole que no podía subirme a la micro de lo mal que me sentía.

El viaje a Río de Janeiro, el 28 de febrero pasado, fue de noche. No dormí nada porque me fui hablando con una amiga. En el hostal, la recepcionista nos dijo que había una fiesta en un barco que era imperdible. Yo tenía sueño, pero igual me sumé a la fiesta que duraba cuatro horas navegando.

De esa noche me acuerdo de todo. Del reguetón que sonaba y hasta de mi segunda caipiriña: la pedí en la barra y un chileno que no conocía la tomó -según él sin querer- y luego me la devolvió. Vaso en mano, yo estaba feliz bailando con mis amigos cuando empecé a escuchar la música de lejos y a ver todo en cámara lenta. Pensé: esto no es normal. Le pedí a una amiga que me acompañara al baño; casi no podía caminar.

Mientras me sostenía, abrió la puerta y me tuvo que soltar para encender la luz. Me caí y me azoté la parte izquierda de la cabeza contra el lavamanos. Vomité sin parar. Le pidieron al capitán que se devolviera, pero se negó. Pensó que estaba borracha.

Con el golpe perdí el equilibrio y mis amigos, asustados, tuvieron que cuidarme por turnos. Yo recuerdo que tuve susto y que cuando volvimos a tierra, pedí ir antes al hostal para cambiarme ropa e ir limpia al hospital. En el hostal me dieron agua, me pusieron pijama y pude dormir media hora, pero cuando desperté me di cuenta de que no tenía equilibrio y sólo sentía ganas de vomitar.

En un momento de lucidez me di cuenta de que lo mío era grave. Llorando, le dije a mi amiga: "Esto no es normal, creo que me voy a morir". Llegué al hospital para el primer día de Carnaval. No reaccionaba con nada. Lo mío, dijeron, era neurológico.

El doctor me preguntó si estaba estresada; dije que sí. Dije que en algún momento fumé, que dormía poco, que usaba anticonceptivos desde los 17 años -hoy tengo 29-. Me hicieron un test para saber si es que me habían intoxicado o si había consumido drogas. Yo pensé en el chileno que me había tomado mi trago; tal vez me había echado algo en el copete. Aún no se sabe la causa, pero lo que me dio fue una isquemia cerebral al lado izquierdo y eso me provocó un infarto cerebral. En el hospital me decían que yo era un milagro.

Tuve suerte. Porque pasó mucho rato en que no hice nada y la arteria seguía sangrando. Un neurólogo me salvó la vida. Me abrió la cabeza y detuvo el sangrado. Mis amigos les avisaron a mis papás. También a mi pololo. Aunque no se conocían, los tres viajaron a Brasil y alojaron juntos los 45 días que estuve hospitalizada.

Bajé 13 kilos. Al principio también quedé con parálisis en la parte izquierda de mi cuerpo y sin poder caminar. Incluso tuve una segunda cirugía, porque se me infectó la herida. Con rehabilitación he recuperado la movilidad y puedo caminar, aunque muy lento y con poco equilibrio. Ahora me movilizo en silla de ruedas y debo cubrir uno de mis ojos para ver bien. Si uso ambos, veo doble.

Pese a todo, han pasado cosas buenas. Ya de regreso en Chile, he podido agradecerles a mis papás que han modificado sus vidas para poder cuidarme, pues no puedo estar sola y tuve que volver a vivir con ellos. También a mi pololo; llevamos seis meses juntos y me ha dado suficientes pruebas de amor: viajó, me vio moribunda con cámara de oxígeno y me ha ayudado en el proceso de rehabilitación que hago en el Hospital Clínico de la UC. Además, la agencia a la que iba a volver posvacaciones decidió hacerme un contrato indefinido para ayudarme.

Esta historia la cuento porque si bien no hay un factor único que haya detonado lo que me pasó, hay que tener cuidado con el estilo de vida que llevamos; con tomar tantos años anticonceptivos; con fumar; con que se nos vaya la vida trabajando. Además, andar en silla de ruedas me ha hecho darme cuenta de que nuestras calles son un desastre o que ir a un restorán es un atado.

Hoy, aparte de mi recuperación, lo que más me preocupa es que la cuenta nos salió por más de $ 40 millones. Tengo muy buenos amigos que han hecho dos fiestas para recaudar fondos: sin esa plata, que fue un abono de la deuda, no podríamos haber vuelto a Chile. Pero ahora estamos esclavizados para poder hacer algo que nos ayude a pagar. Ni el seguro ni el consulado -que sí nos ayudaron en otras cosas- pudieron hacer que la cuenta no saliera tan cara.

No quiero volver nunca más a Brasil. Pese a eso, siempre estaré agradecida de los médicos que allá me salvaron la vida y me cuidaron. Sigo en contacto con algunos, porque al final ese hospital y esa gente se terminaron convirtiendo en una familia para mí en medio de todo ese infierno.

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