El lado oscuro: ciberacoso y sexting

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De redes sociales especialmente diseñadas para hacer bullying. De pedófilos entrando a chats de videojuegos para contactar menores de edad. De niñas de nueve años sacándose fotos semidesnudas y enviándolas con sus teléfonos. De todo eso habla Álvaro Carrasco, el creador del programa Brave Up, cuando visita los colegios para hablar con alumnos y sus padres. Aquí su diagnóstico.




"En temas de tecnología, mi hijo me engaña como quiere", dice un apoderado del Santiago College, en Lo Barnechea. Son las siete de la tarde y espera la charla de Brave Up, el programa de moda para la prevención y detección de ciberacoso en colegios. Álvaro Carrasco (30), su creador, lo mira y le responde: "En todos los colegios nos dicen lo mismo".

Carrasco creó Brave Up en 2014 como parte de su proyecto de título como ingeniero comercial. Partió como un programa enfocado en entregar feedback académico a los profesores, pero después de una denuncia de acoso escolar en el primer colegio decidió modificarlo hacia los temas que toca hoy: ciberacoso, grooming (el acoso sexual en internet) y sexting (el envío y viralización de fotografías íntimas de jóvenes).

En 2015 el programa se vendió en distintos colegios, ganaron premios de innovación social y crecieron hasta 2017, cuando todo cambió. "Nos fuimos a la B", reconoce Carrasco. Fue un año en que coleccionó malas noticias: perdió la oficina, despidió a siete de sus ocho empleados, sufrió dos crisis de epilepsia y terminó un pololeo. "No había app, oficina, ni clientes. Me había quemado 100 millones que había ganado en fondos de innovación y no podía pagar un café", recuerda. "En eso, Carlos (Ojeda, actual director de comunicaciones de Brave Up y en esa época practicante), el único que quedaba en la empresa, me dijo: 'tú hablas bien, das buenas charlas. Hagámoslo'".

Horas después salió un mail a toda su base de datos que decía "contrata a Álvaro Carrasco, charlista internacional sobre ciberacoso", y a los dos días respondió el colegio Sagrados Corazones de Manquehue. La idea funcionó y lo transformó en lo que es hoy: un youtuber, rostro y una especie de gurú de seguridad escolar en internet. "Álvaro Carrasco no sólo daba charla a los niños, sino que levantaba tanta información de ellos que se lo contaba a sus papás: nos contrataban por dar charlas a niños y también a sus padres", explica él, en tercera persona. Sólo el año pasado dio 396 charlas.

"Jamás me vas a escuchar diciendo que prohíban o quiten los teléfonos a los escolares. Para hablar con ellos me desmarco de los que hablan desde el lado de Don Graf", dice, recordando al cómic que a fines de los 90 aterrizó en Chile para prevenir a los escolares en temas de delincuencia, drogas y acoso escolar.

-¿Tratas de mostrarte cercano con los escolares?

-Sí, les digo: "Tengo teléfono, reloj inteligente, computador; me encanta la tecnología igual que a ustedes. Pero hay cosas que no saben y se las voy a contar". Me transformo en el tipo buena onda que les cuenta cosas que ellos no saben: qué es un servidor, cómo viaja un WhatsApp a los servidores de Estados Unidos, cómo se almacena la información.

Los peligros de la red

En la charla del Santiago College, Carrasco les cuenta a 50 padres cosas que no saben sobre sus hijos. La información la obtiene con un test de 67 preguntas y luego de conversar con los alumnos en la sala de clases.

-¿Cómo opera el ciberacoso?

-Es un reflejo de lo que pasa en el colegio, pero en el mundo digital. Lo más preocupante ahí es que el anonimato es todo. Ejemplos son thiscrush.com, la denominada red social del ciberacoso: un muro público donde al crear un perfil cualquiera puede escribir lo que quiera de mí anónimamente. O las cuentas de confesiones en Instagram, que hay en todos los colegios, y donde a través de mensajes privados reciben confesiones anónimas y las publican. Eso se ve en todos los colegios. No es un tema social, sino generacional.

-Si esto es tan autodestructivo, ¿porque los jóvenes se exponen?

-Por validación social. Crean un perfil en This Crush esperando el famoso "A.P.", que es "amor platónico", para que les digan que es el más mino de los octavos o que está rico. Esta es una generación egocéntrica.

-Ustedes partieron dedicados al abuso en redes y hoy están muy abocados al tema de los juegos en línea. ¿Por qué?

-Porque antes los cabros adictos a la tecnología eran los geek o los nerds, pero hoy lo son todos. Ese es un gran cambio y se sabe que la convivencia digital ya migró de las redes sociales a los juegos en línea. Los niños ya no chatean tanto por WhatsApp o Messenger, sino que hablan por los micrófonos del juego. Ahí conversan sobre tareas, pruebas, materia, pololeos o pelambres y tienen cero control.

-¿De los padres?

-Sí, ellos piensan que el peligro está fuera de la casa, como era en nuestros tiempos. Pero en estos chats de juegos se da el ciberacoso y el grooming. Lo peor es que el modelo de negocio de los juegos cambió: antes ganaban dinero vendiendo caro el mismo juego y hoy lo hacen cuando los jugadores compran skins, que son chaquetas o zapatos para que el avatar de un jugador sea más cool. Y el más cool es el que gasta más plata. Hemos visto colegios donde el mejor personaje de los séptimos es el cabro que se gastó un millón y medio de pesos.

-¿De dónde sacan plata?

-Esto da más susto. Hay niños que tienen una extensión de la tarjeta del papá, pero lo que más se ve son créditos con paypal, un sistema mundial de pagos en línea, sacado con Cuenta Rut. Los skins cuestan uno, dos o 10 dólares, son micropagos. Por eso los papás no se alertan cuando llegan los cobros.

-¿Eso de qué manera puede llegar a ser peligroso?

-En que entran adultos al juego y empiezan a chatear diciéndoles a los jóvenes que tienen su edad. Eso lo saben porque les preguntan su usuario de Instagram donde los escolares ponen el nombre del colegio, su generación, la comuna donde viven y el deporte que practican. Con esa información van iniciando la conversación y para ganar su confianza les regalan un arma o una chaqueta en el juego. La amistad sigue en el chat y ahí surge el acoso.

-¿Por dónde chatean con estos acosadores?

-Principalmente por Discord, que es el chat de los juegos en línea. Estos tipos logran detectar cuando los niños son víctimas de acoso escolar, no tienen tantos amigos y al estar más aislados ven en este amigo virtual a alguien en quien confiar. Después estos adultos les piden que manden fotos desnudos o en boxer.

Esto es más común de lo que podría imaginarse. Carrasco cuenta que cuando en un curso de 30 alumnos preguntan a cuántos les han escrito desconocidos en chats, 10 o 12 levantan la mano. "No digo que todos sean grooming. Pero pasa mucho más seguido de lo que uno cree".

Por eso, para el charlista, los que mejor pueden enfrentar este tema son los padres y sólo tienen una forma: jugando videojuegos. "Que te maten en Fornite y te goleen en el FIFA. Si no entiendes dónde está tu hijo, no puedes protegerlo", aclara, y agrega que ayudan decisiones como la edad en que se compra la primera consola, celular o se les da permiso para jugar en línea. Decisiones que se deben tomar en común entre los apoderados. "Son acuerdos comunes, la alianza colegio-familia. Si todos los compañeros tienen celular, tú vas a tener que dárselo, porque si no, lo estás aislando y quitando un espacio de socialización. Pero si ninguno de sus compañeros tiene, ¿para qué se lo vas a regalar?", dice.

-¿Cuándo es lo ideal para empezar a buscar estos acuerdos?

-Kínder, porque no es fácil ponerse de acuerdo. Te puedes demorar dos años. Además, en los cursos más grandes, por ejemplo en cuarto básico, vas a tener que estar hablando de los carretes y el alcohol.

-¿Qué es lo más fuerte que has visto trabajando en esto?

-Un caso de sexting en cuarto básico, una niña de ese curso tiene ocho o nueve años. ¿Cómo se puede estar tomando fotos desnuda a una edad que no debería tener celular? Los colegios pueden hacer campañas de sexualidad, pero lo complicado es que esas fotos terminan en cuentas de Instagram de packs.

-¿Qué es un pack?

-Es el código que usan estos jóvenes para referirse a las fotos de desnudos. Hay cuentas públicas en Instagram con 100 mil seguidores publicando fotos de menores de edad donde se puede entrar a un link para descargarlas. Una vez, dando una charla en un colegio, mostré un pantallazo de estas cuentas y salía una foto de una chica rubia. Al terminar se me acercó una señora y me dijo que la chica era su sobrina. Pensé que me iba a matar, pero en vez de eso me pidió que contara su caso, porque la chica se había tenido que ir de Chile cuando se viralizó la foto.

-¿Cómo llegan estas fotos a las cuentas?

-De distintas formas. Parte con la "prueba de amor 2019", como le pusimos nosotros al mandarse las fotos. Funciona así: el pololo le escribe a la polola, le dice que no se pueden ver porque los papás no los dejan, pero están solos en la casa con los teléfonos. Él se saca la polera, le manda una foto y le pide a ella que mande una. Ella, para seguir el juego, lo hace y cumple "la prueba de amor".

-Ok. Pero así no se viraliza.

-No, no queda ahí. Él entra al grupo de WhatsApp del curso y escribe: "Le saqué el pack a la Pao", esa frase es…

-... ¿lo que antes era "me acosté con la Pao"?

-Sí. Después de eso, todo el grupo de WhatsApp le dice al pololo que es mentira que "le sacó el pack", que para demostrarlo tiene que mandar la foto. Hay un tira y afloja y el pololo al final la manda. Cuando pasa eso, ya se acabó: un cabro una vez me dijo que se demoraba cuatro segundos en viralizar un pack. Es importante dejar claro que esto es violencia de género: no se viralizan fotos de hombres, sino que de puras mujeres.

Carrasco cuenta que la mayoría de los casos de sexting se concentra entre sexto y octavo básico, entre los 12 y 14 años. "En primero y segundo medio ya hay más conciencia, y en tercero y cuarto medio ya se dieron cuenta de que esto les puede jugar en contra, ya entienden lo que es la huella digital".

-¿Qué pueden hacer los padres?

-Hablar de sexualidad no en séptimo básico ni en primero medio, sino que en cuarto básico. Es la misma conversa que tenían antes, pero entendiéndola en el mundo virtual. Hablarles de autocuidado, de respeto, de que el cuerpo es suyo.

-Aparte de estas amenazas, ¿hay más?

-Aún hay mucho espacio para hablar de convivencia digital: juegos en línea, redes sociales, drogas, alcohol. Hoy nadie compra un pito de marihuana en la plaza: se meten a una aplicación que los geolocaliza y les llega la droga a la casa. La piscola tampoco se compra en la botillería.

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Álvaro Carrasco. Foto. Juan Farias[/caption]

La responsabilidad

Carrasco tiene un poco de miedo. Reconoce que se acostumbró a que jóvenes lo reconozcan en la calle y le pidan selfies. Hoy aparece en programas de televisión, hace videos para Google y es embajador de una empresa de telefonía apareciendo en sus redes junto a Maluma o Chuck Norris. "A fin de año me sicosié y me pregunté si estaba dispuesto a ser la cara anti bullying", cuenta.

-¿Y estás dispuesto?

-En un momento lo dudé, pero ya estoy en esto. Me transformé en ese personaje. Cerré mi Facebook y mi Instagram personal y ahora tengo uno profesional donde no sabes si tengo polola, hermanos o perro. Soy consciente de que no me pueden ver en un bar tomándome una piscola. Trabajo en educación, tengo que ser "un ejemplo para los niños".

-Pero siempre tratando de ser cool.

-Sí, tratando de ser un partner que sabe un poco más que ellos, no en el tipo que dice "no lo hagas". Esa es la forma: hacer cool algo que es delicadísimo. Vivo de eso, de no transformarme en Don Graf, porque no sé si al final él lo hizo tan bien.

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