Los niños también se sicoanalizan

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En el sicoanálisis infantil, el diván cede su lugar a autitos, cubos, lápices de colores, plasticina. Esta terapia con niños, que se basa en el juego y existe hace un siglo, gana cada vez más terreno en Chile entre padres que no encuentran solución a los problemas de sus hijos. Varios especialistas explican aquí de qué se trata y enfrentan los mitos que se han tejido en torno a esta técnica.




Nicolás era un pequeño emperador, pese a que sólo tenía cinco años. Rechazaba las reglas y no reconocía la autoridad de los adultos en la casa ni en el colegio. Le costaba relacionarse con otros niños y, cuando lo hacía, terminaba a los golpes. No toleraba el fracaso, tenía una fijación con el éxito, con ser un ganador, y pocas veces enfrentaba una tarea escolar sin una pataleta.

Los padres de Nicolás deambularon con su hijo por consultas de distintos profesionales. El niño fue abordado, primero, por una sicopedagoga y luego por dos siquiatras; una procesión que los tenía agotados, angustiados y sin resultados. Su hijo estaba siendo bombardeado por fármacos de distinto tipo, hasta que una apoderada del colegio les recomendó el sicoanálisis infantil. Sin saber de qué se trataba, los padres tomaron el consejo.

"Me encontré con un niño asustado y angustiado", recuerda su terapeuta. "Me miraba como si yo fuera a hacerle algo. Le costaba permanecer en la consulta por más de 15 minutos y lo único que quería era salir arrancando".

Una parte fundamental en el inicio de esta terapia consiste en reconstruir la historia del niño. Indagar hasta los mínimos detalles. Para el sicoanálisis, cualquier respuesta puede ser una hebra: cómo es el vínculo con sus padres, la relación con sus hermanos y con el resto de la familia, su situación familiar y escolar. También la historia de los padres: cómo se conocieron, si deseaban tener hijos, qué esperaban de él, cómo estaban como pareja y cómo fue el embarazo de la madre.

Esa historia se examina mediante entrevistas con los padres -la primera, juntos, y otra por separado- y dos o tres sesiones de diagnóstico con el niño a solas. En el caso de Nicolás, una vez que comenzó la terapia sus papás fueron citados una vez al mes durante el primer año de tratamiento. Esa periodicidad, dependiendo del diagnóstico y del avance de la terapia, varía caso a caso.

En esa indagación salió a la luz que Nicolás había vivido muchos duelos para su corta vida. La muerte de su abuelo regalón a los tres años, un cambio de ciudad, otro de casa y uno de colegio. Ahí había algo. "Cuando se murió el abuelo materno, la mamá se deprimió y dejó el niño al cuidado de las nanas. Fue una separación muy de golpe", cuenta su terapeuta. Ese alejamiento de la figura materna fue el detonante de la angustia del niño, que expresaba con episodios descontrol y furia.

Para trabajar en esos sentimientos hostiles, a Nicolás se le indicaron tres sesiones por semana el primer año, que luego se hicieron más espaciadas. Nicolás estuvo tres años en sicoanálisis y aprendió a autorregularse. En un principio, sus padres consideraron que era un exceso tres veces a la semana, pero finalmente aceptaron la propuesta.

"En Chile no hay mucha cultura de sicoanálisis, entonces la gente piensa que dos o tres sesiones a la semana es una barbaridad de tiempo o que tres años de terapia es otra barbaridad de tiempo", dice Mónica Bruzzone, sicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Chilena (APCH), de dilatada trayectoria y formadora de estos especialistas. "El sicoanálisis debe acoplarse a un niño que está en desarrollo, que es como un piso en movimiento, y hay tiempos síquicos que respetar. Esto no es un arte de magia".

El juego verdadero

El sicoanálisis se inició a comienzos del siglo XX con las teorías de Sigmund Freud acerca de la estructura y el funcionamiento de la psiquis humana. Un par de décadas después, en 1920, la sicoanalista austriaca Melanie Klein recogió el conocimiento que había hasta esa época y amplió la interpretación de Freud: así como él había analizado los sueños, Klein exploró el desconocido territorio de la mente del niño a través del estudio de los juegos.

"Ella se dio cuenta de que los niños jugaban sus problemas", dice Eugenia Valdés, sicóloga y sicoanalista de niños y adolescentes APCH.

En una sesión de sicoanálisis infantil no se usa el diván, como con los adolescentes más grandes y los adultos. El niño llega, se instala donde quiere y ocupa libremente lo que encuentra en su caja de juguetes. Autitos, aviones, muñecos, animales domésticos y salvajes, soldados, cubos, platos, pelotas, hilos, pegamentos, scotch, papel lustre, tijeras, plasticinas, colores, brillos, croqueras, lápices de colores, plumones, témperas… Todo muy estándar, sin género -es la misma caja para niñas que para niños-, y nada sofisticado ni de moda que llame la atención de antemano. Cada niño tiene su propia caja, individual y privada. "La caja es como si fuera su mente", dice Bruzzone.

Nicolás, por ejemplo, en sus primeras sesiones casi siempre elegía armar un lego. Era muy hábil con ese juego, pero no incluía otros personajes ni animales. "Había características esperables a su edad que no se daban en su forma de jugar: no había integración de otros elementos", dice su sicoanalista. Eso demostraba su incapacidad para relacionarse con otros. Él prefería mundos solitarios.

El juego es, entonces, el territorio donde el niño se despliega. El sicoanalista sólo observa y no entra en él mientras el niño no lo invite. En el juego libre, dice Andrés Albornoz, sicoanalista y supervisor clínico de la Escuela de Psicología Usach, el niño le da vida a los juguetes con los afectos, conflictos y pensamientos que vive en su fuero interno, lo que Melanie Klien llamó "la personificación en el juego". Albornoz explica que muchas veces los niños no son conscientes para poder exteriorizar con sus palabras lo que les pasa, porque todavía no se han apropiado del lenguaje, lo que generalmente ocurre cuando bordean los tres años.

Por eso, dicen los especialistas, el juego adquiere un papel más allá de la mera entretención para los niños en su vida cotidiana, y que un niño no juegue es una señal de alerta. "La gente cree a veces que lo ideal es tener un niño tranquilo, sentado y sin molestar. Probablemente ése va a ser un niño con grandes dificultades, mientras que un niño que juega es un niño más sano, porque el juego es la vía para la elaboración del siquismo", explica José Ignacio Schilling, psicoanalista y director de Aperturas Clínicas, un centro de estudio y tratamiento de problemas síquicos en la infancia. "Es clave que todos los niños jueguen".

Sin guión

Para Cecilia Artigas, sicoanalista y miembro de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA), esta técnica consiste en una escucha activa que posibilita indagar en la psiquis de un niño o niña y entender la manera en que funciona: cómo siente, vive, resuelve problemas y se sitúa en la vida. La escucha, la observación y el silencio son la clave, y para Artigas ése es un plus de terapia infantil con respecto a otras que son dirigidas o que buscan la adaptación rápida de ese niño a su entorno.

Los sicoanalistas aclaran que esta técnica no busca patologizar a los niños ni se centra en los síntomas que presenta. El sicoanálisis no utiliza test ni mediciones, porque no se mueve entre parámetros preestablecidos. Tampoco recurre a la medicación, salvo en contadas excepciones.

Lo que sí existe en el sicoanálisis es una regla fundamental: la asociación libre, que consiste en dar autonomía al paciente para desenvolverse en la consulta. Para los niños, es una invitación a jugar libremente; y para los adultos, a expresarse con total libertad. No hay un guión para la sesión. Por eso, cuando un paciente entra en la consulta, a veces el sicoanalista no dice nada. Otras, pregunta ¿qué se te ocurre? o ¿qué se te viene a la cabeza? "Ese tipo de preguntas permiten botar la censura previa o la crítica cotidiana que uno lleva en la cabeza y decir todo lo que se piensa", explica Diva Gutiérrez, sicoanalista de la red Nombre Propio.

"Una escucha desprejuiciada, sin una pretensión a priori de modificar el comportamiento en el niño o de normalizarlo, te permite abrirte a algo insospechado", dice Schilling.

Es lo que ocurrió en el caso de Tomás, de siete años. Un niño que en su colegio era estigmatizado como hiperactivo y apodado "el pequeño indomable". El director del establecimiento le dijo a su mamá que si Tomás no era capaz de adaptarse, debía buscar otro colegio.

El niño empezó un sicoanálisis. En la indagación de su historia familiar, la mamá de Tomás contó un dato tan relevante como imprevisto y que tenía mucho que ver con los problemas de su hijo en el colegio.

"Yo no quería tener a este hijo", dijo ella en la consulta. Producto de ese embarazo no planificado, ella había tenido que renunciar a un magíster que cursaba. Situación que marcó desde el inicio una relación hostil hacia su hijo.

Tomás estuvo un año en terapia y fue descubriendo que su modo de ser disruptivo en clases era una manera de tener a otros pendientes de él. Se hizo consciente de eso y comenzó a regularse solo, cuenta su terapeuta. No requirió medicamentos para eso. Su madre, por su parte, necesitó un proceso más largo: estuvo tres años en sicoanálisis.

Según Diva Gutiérrez, una de las razones por las que existe resistencia a esta técnica es porque puede llevar a cuestionamientos que no todo el mundo está dispuesto a hacerse. "La educación y la cultura apuntan a que cada vez pensemos menos, nos automaticemos, nos adaptemos y nos enrielemos más. El sicoanálisis busca otra cosa", dice.

Los mitos

En Chile no existe un conocimiento del sicoanálisis tan acabado como en Argentina, donde un dicho popular asegura que "en Buenos Aires hay un sicoanalista por cuadra". "Los argentinos ponen en sus currículos que se han sicoanalizado", dice Eugenia Valdés. Sin embargo, los psicoanalistas locales aseguran que las consultas infantiles -que corresponden generalmente a niños de entre un año y medio a 11 años- han ido aumentando con el tiempo.

Esto se debe, dicen, a una mayor figuración de sicoanalistas en la sociedad, en la academia o en los hospitales, y también a que una cantidad creciente de padres recurren a ellos para tratar a sus niños. "Los papás y mamás están más pendientes de sus hijos, los observan más críticamente que la generación de hace 30 años y, por lo tanto, están más dispuestos a preguntar si algo les pasa", dice Patricio Peñailillo, siquiatra y sicoanalista APCH.

Pero los padres que llegan a la consulta de un sicoanalista no siempre saben a lo que van. Muchas veces, en la misma consulta preguntan: "¿Sicoanálisis? ¿Y qué es eso?". El que sí sabe, probablemente, se ha sicoanalizado antes y motivado por su experiencia lleva a su hijo. Lo más común, concuerdan los especialistas, es atender a niños que vienen de vuelta de otras experiencias terapéuticas donde han vivido fracasos sistemáticos.

El poco conocimiento del sicoanálisis es terreno fértil para los mitos. "Hay muchos padres que tienen fantasías persecutorias con el sicoanálisis: que le van a meter quizás qué cosa en la cabeza a los niños o que cuánto va a durar esto", dice Mónica Bruzzone. Ante eso, agrega, el terapeuta debe dar la posibilidad a los padres de poner las desconfianzas sobre la mesa antes de iniciar la terapia, pues si eso no ocurre es más probable que los padres aborten el proceso o lo interrumpan a la mitad.

Según Bruzzone, la principal razón por la cual los niños dejan el psicoanálisis es que los papás ven la mejoría sintomática de su hijo y asegura que los terapeutas tienen responsabilidad en esa decisión. "Hay que tomarse todo el tiempo necesario en explicarles a los papás que eso va a ocurrir, que el síntoma se va a pasar primero, pero que el tema no está resuelto ahí, como ellos creen, y para eso trabajamos en la causa de ese síntoma en la mente del niño", explica.

Otro mito tiene que ver con la duración de la terapia. No hay una sola visión en este punto. Algunos dicen que pueden ser algunos meses; otros, un par de años. Todo depende de la edad y del diagnóstico. Mónica Bruzzone es más enfática y dice que lo recomendable es de dos a tres años para que el proceso esté completo.

Los especialistas aseguran que no hay reglas sobre quién puede ser sometido a sicoanálisis infantil: cualquier niño puede ser atendido con esta técnica. Lo más común es que estos pacientes consulten por problemas de comportamiento, desadaptación escolar o terrores nocturnos.

Estos mitos generados por el desconocimiento son perjudiciales principalmente para los niños, aseguran los sicoanalistas, porque hacen que se pierda un tiempo valioso. "Mientras más temprano se inicie una terapia en un niño, va a ser más beneficiosa y con mejores resultados, porque uno interviene cuando la mente está en formación", dice Bruzzone. "Es como enderezar un arbolito que está creciendo un poco torcido".

Sicoanalistas sicoanalizados

La gran mayoría de los sicoanalistas que ejercen en Chile son sicólogos y siquiatras con una especialización en sicoanálisis. Su formación varía dependiendo de la corriente sicoanalítica a la que adhieren y de la institución que lo cobija, aunque una obligación común para todas las vertientes es que todos estos especialistas se sometan como pacientes a este tipo de terapia. Sicoanalistas sicoanalizados, digamos.

La primera institución que formó a estos profesionales en Chile fue la Asociación Psicoanalítica Chilena (APCH), fundada en el año 1949 y representante de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA), que creó Freud en 1910. Por muchos años, la APCH fue la única institución en el país y recién en 1989 se creó a Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA).

Respecto de la formación de un sicoanalista de adultos, por ejemplo en la APCH dura cuatro años y exige ser paciente de un colega de más experiencia (denominado sicoanalista didacta), que sicoanaliza al postulante durante su formación. Luego son dos años más de especialización en niños y adolescentes, con un año de observación de bebés, seminarios teóricos y supervisiones colectivas e individuales.

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