Columna de Sergio Muñoz: El monumento del general Baquedano


Las convulsiones vividas por Chile a partir de octubre de 2019, torpemente bautizadas por la prensa como “estallido social”, no tienen precedente en nuestra historia. En rigor, se trató de un estallido antisocial y antidemocrático que, además de causar una enorme devastación en Santiago, Valparaíso, Concepción, La Serena y otras ciudades, estuvo a punto de provocar un quiebre institucional que no sabemos qué consecuencias habría tenido para la vida en libertad.

Es necesario que las nuevas generaciones, en particular los estudiantes universitarios, sepan que no existe registro de una ofensiva de violencia, destrucción y pillaje como la de hace cinco años y que no se detuvo ni siquiera ante las iglesias, lo cual estableció un nexo indesmentible con las peores expresiones de intolerancia en la historia de la humanidad. La primera iglesia quemada en aquellos días fue la de la Asunción, ubicada en la esquina de Vicuña Mackenna con Marcoleta.

Nuestra casa de estudios fue también afectada por el vandalismo. En efecto, el 27 de diciembre de 2019, la sede Bellavista fue atacada con bombas incendiarias y sufrió serios daños. Ese día, la acción de los bomberos se vio dificultada porque había disturbios en plaza Baquedano, y el puente Pío Nono se encontraba bloqueado por las fuerzas policiales.

En algún momento, tendremos que conocer la raíz de la turbia experiencia octubrista, la que solo pudo responder a un plan deliberado por empujar a Chile al caos y provocar su retroceso en todos los ámbitos. Fueron inmensos los estragos materiales, pero también el daño emocional en amplios sectores de la población. El miedo perturbó profundamente la vida de millones de personas, y hasta condicionó el funcionamiento de las instituciones, como quedó de manifiesto en la conducta de los parlamentarios, quienes, en varios momentos, actuaron pensando que debían “sintonizar” con los humores de la calle. La aventura constituyente, patrocinada por el Congreso Nacional, fue la mayor expresión de esa conducta medrosa.

Como sabemos, la plaza Baquedano y sus alrededores fue designada por la prensa como la “zona cero”. No hemos olvidado, cuánta destrucción hubo durante octubre, noviembre y diciembre de 2019. El monumento del general Manuel Baquedano, héroe de la Guerra del Pacífico, se convirtió en el foco de las peores pulsiones destructivas. Se intentó derribarlo de su pedestal de diversas maneras, como si fuera un símbolo execrable que debía ser derribado a cualquier precio. Se trataba de un símbolo de la República bicentenaria, la representación de un soldado que se ganó un lugar de respeto en la conciencia de varias generaciones. Era nuestra historia, materializada también en muchos otros monumentos que fueron vandalizados.

Como consecuencia de los actos de enajenación, el monumento del general Baquedano debió ser removido del lugar que ocupaba desde 1928. Además, las autoridades decidieron modificar el diseño de la plaza Baquedano y de la unión de las avenidas Bernardo O´Higgins y Providencia, eje de las comunicaciones de un amplio sector de Santiago. Las faenas de estos años han permitido que la zona vuelva a lucir aproximadamente como era antes, pero el general no está en su sitio. La ministra del Interior ha dicho que la posibilidad de reponerlo allí le causa miedo, y debemos interpretarlo como legítima inquietud frente al riesgo de nuevas vejaciones.

Ha llegado la hora de derrotar el miedo. Nuestra sociedad no puede rendirse ante las amenazas, directas o indirectas, de nuevos estallidos. Si nos convertimos en rehenes de los violentos, la convivencia democrática no será posible. Tenemos que defender el aire limpio de la libertad. Por lo tanto, sea en el mismo espacio que ocupaba, o sea en otro, forzado por la remodelación que se llevará a cabo, el monumento del general Baquedano debe volver al amplio espacio que siempre ocupó y que seguirá llevando su nombre, y recibir así la consideración ciudadana que merece. Esto, por supuesto, es parte del esfuerzo colectivo por dejar atrás el incivismo y la barbarie, y por sostener nuestro derecho a vivir en paz y libertad.

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