Ciudades para un nuevo clima

SEÑOR DIRECTOR:
Los desastres que han afectado a distintas ciudades evidencian que vivimos en una nueva realidad climática. Frente a este escenario, adaptar la planificación urbana ya no es una opción, sino una urgencia, pues hoy vivimos en ciudades diseñadas para un clima que simplemente ya no existe.
Un evento climático no se convierte automáticamente en desastre. Su impacto depende también de dónde ocurre, de cómo hemos ocupado el territorio y de nuestra capacidad para disminuir sus consecuencias.
Lo ocurrido en San Carlos de Apoquindo es un ejemplo elocuente: nueve meses después de un incendio forestal que deterioró la cobertura vegetal y favoreció la erosión de los suelos, las lluvias intensas volvieron a poner en evidencia la vulnerabilidad de ese territorio. El riesgo era conocido, pero la respuesta institucional no logró anticiparse al ritmo que exigía el problema.
¿Están nuestras instituciones acortando la brecha entre información, planificación y decisiones de inversión ante este contexto? Lamentablemente no, o al menos no a la velocidad y urgencia que quisiéramos. Por ejemplo, todavía falta cerca de un 40% de municipios por actualizar sus planes de reducción del riesgo de desastres y, en simultáneo, persisten importantes brechas en la elaboración de planes de acción climática comunales.
En la Plataforma Inversión en Ciudades se puede observar que entre 2013 y 2023, solo el 0,1% de las iniciativas ingresadas al Banco Integrado de Proyectos estuvo destinado a reducir la vulnerabilidad territorial frente a desastres. La planificación e inversión climática sigue siendo para muchos algo secundario.
Hoy las amenazas van más allá de lo que culturalmente estamos acostumbrados, con episodios climáticos inéditos que obligan a mirar de otra forma las quebradas, la porosidad del suelo y el emplazamiento de la infraestructura crítica, entre muchas otras dimensiones que debe abordar una planificación adaptada a la nueva realidad.
Si no le tomamos el peso, seguiremos atrapados en un círculo vicioso de vulnerabilidad climática, en que cada evento extremo deteriora las condiciones ambientales y materiales que permitirían enfrentar el siguiente. Quizás no podemos evitar daños en las ciudades, pero sí podemos evitar que nuestras decisiones —o la demora en tomarlas— los conviertan en desastres.
Martín Andrade Ruiz-Tagle
Director ejecutivo
Corporación Ciudades
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