El daño no termina cuando se apaga el fuego

SEÑOR DIRECTOR:
Tras los incendios forestales, las laderas quedan desprotegidas. Luego llegan las lluvias y la ceniza, los sedimentos y el suelo suelto pueden convertirse en aluviones que amenazan zonas habitadas. El daño no termina cuando se apaga el fuego.
A propósito del aluvión en Las Condes, es necesario mirar más allá de las responsabilidades urbanísticas. Mientras sigue pendiente la Ley de Arbolado Urbano, cabe preguntarse ¿qué política de restauración posincendio tenemos, qué especies se utilizan y dónde se plantan según las rutas naturales del agua?
Reforestar no puede reducirse a una acción aislada de una autoridad. Se requiere una estrategia técnica, anticipada a la temporada de lluvias, que identifique pendientes, quebradas y cauces de escorrentía; incorpore especies pioneras y resilientes capaces de dar cobertura temprana al suelo; y contemple seguimiento, protección y riego inicial cuando corresponda.
Entre las alternativas están el espino, que puede contribuir a la recuperación de suelos degradados, y especies nativas del género Baccharis, seleccionadas según las condiciones de cada territorio. No se trata solo de plantar árboles o arbustos, sino de combinar cobertura temprana con restauración progresiva, considerando también medidas de control de erosión.
Si seguimos discutiendo quién es responsable sin resolver qué plantar, dónde hacerlo y cómo asegurar la supervivencia de las especies, repetiremos los mismos riesgos. Chile necesita planes posincendio que sigan los caminos del agua y protejan a las comunidades antes de la próxima lluvia.
Jadille Mussa
Académica de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura, U. Central
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