Investigación científica
SEÑOR DIRECTOR:
Asociar el valor de la investigación científica únicamente a la cantidad de empleos inmediatos que genera revela una comprensión limitada de cómo los países construyen desarrollo, bienestar y soberanía tecnológica.
Cuando Michael Faraday investigaba la relación entre electricidad y magnetismo en el siglo XIX, muchos consideraban su trabajo una curiosidad sin aplicación práctica. Hoy, prácticamente toda la vida moderna, desde la energía eléctrica hasta las telecomunicaciones, descansa sobre esos descubrimientos. Lo mismo ocurrió con la mecánica cuántica, base de los semiconductores y computadores, o con el estudio del ADN, pilar de la medicina contemporánea.
La ciencia no opera bajo la lógica de la rentabilidad inmediata. Su impacto es acumulativo, incierto y, muchas veces, decisivo décadas después. Gran parte de las tecnologías que hoy sostienen la economía global nacieron como investigaciones sin aplicación evidente en su momento.
Por eso preocupa instalar la idea de que el conocimiento vale únicamente cuando produce resultados inmediatos. Bajo ese criterio, muchos de los avances más importantes de la historia simplemente no habrían existido.
La investigación científica no es un lujo ni un ejercicio ornamental, sino una inversión estratégica. Los países que liderarán el siglo XXI no serán solo aquellos con más recursos naturales, sino aquellos capaces de generar conocimiento, innovación y desarrollo tecnológico propio.
Reducir la ciencia a “un libro bonito en una biblioteca” no solo desvaloriza el trabajo de miles de investigadores e investigadoras. Empobrece, además, una discusión crucial para Chile: cómo construimos futuro en lugar de administrarlo.
Juan Escrig Murúa
Prorrector
Universidad de Santiago de Chile
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