¿Cuál es el mejor disco de Andrés Calamaro?

calamaro versus discos

Andrés Calamaro.

Mientras Calamaro continúa su gira latinoamericana, en Culto debatimos sobre la obra más importante de su prolífica discografía. ¿Cuál es el mejor disco del Salmón?


Nadie sale vivo de aquí (1989): el que avisa no traiciona

Por Santiago Segura

Jim Morrison pronuncia como un borracho empedernido y peleador. Llega casi sin aliento a los 22 segundos de "Five to one", la última canción de Waiting for the sun, tercer disco de los Doors. Como si supiera su pronto destino de muerte y estampita, aúlla: "no one here gets out alive". Veintiún años pasan -una mayoría de edad- para que Andrés Calamaro recoja el guante y resignifique aquella frase del grupo angelino en otro contexto: el de una democracia argentina que ya ni alimenta, ni cura, ni educa.

Los 90 de Calamaro comenzaron antes. Bien sabemos que los números son una convención, también está claro que aquella década marcaría la carrera del músico para siempre. Con su partida a España y la fundación de Los Rodríguez, el exabuelo conoció el éxito internacional; apenas después de aquella experiencia, probaría de ciertas mieles como solista. Pero esa historia se cristalizó en un año bisagra para la Argentina, aquel 1989 hiperinflacionario y con pase de bastón en el poder ejecutivo.

Nadie sale vivo de aquí es el momento en que el Salmón afianza su nado. Una manera de cantar, una forma de componer canciones que se volverá estándar (propio y ajeno), una producción homogénea, un decir popular, una rima consonante de la que se adueñará para siempre (chequear "Una deuda del corazón"). Todo aquello que insinuaba hace años al fin estaba concentrado en un solo disco, sin padrinazgos (Satragni, Abuelo, García, e incluso Spinetta lo hicieron antes) aunque con muchos compañeros de generación en la lista de invitados (Páez, Cerati, Vicentico).

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Si el futuro está en el pasado no hay que soslayar 1988, año en que se publicó Por mirarte, álbum donde se esbozan algunas cualidades que harían de Nadie sale vivo... la primera huella de esa marca de fábrica llamada canción calamaresca. En perspectiva se escuchan como discos hermanos, Calamaro apuesta por el rock and roll de raíz y las canciones directas y emotivas. No más moderno: como la época, este es un Andrés más duro. Como la experiencia, transita de la recreación a la oscuridad (las paredes y los inodoros son los testigos blancos en "Adiós, amigos, adiós", lo único sanitario era el Pescadas que recibía las sobras de una noche excesiva).

Aquí se afianza una sociedad iniciada en Por mirarte y que se extendería en la experiencia española: la dupla entre AC y Ariel Rot, simbiótica y fructífera como pocas. Que el tema título y nada menos que "Pasemos a otro tema" lleven la firma de ambos músicos es toda una definición. La dupla con Gringui Herrera, otro socio calamariano -de perfil aún más bajo que Rot- arroja la que es, tal vez, la canción madre de ese estilo ligero y épico, marca de agua del porvenir: "Ni hablar" y su tórax tan sensible son esquirlas del futuro.

A la distancia, podemos intuir que sus años como productor -su trabajo entre 1985 y 1988 cubrió un amplio rango de grupos, de Los Enanitos Verdes a Los Fabulosos Cadillacs- sirvieron a Calamaro para producirse a sí mismo. Ahora lograba concentrar en media hora un puñado de canciones hermosas y crudas. La primera de ellas la grabó Man Ray en su álbum debut, producido por el Salmón: "Señal que te he perdido" tuvo su versión de prueba con Rot y nada menos que Moris como coristas invitados. Aquella era la primera piedra que arrojaba un disco pecador y adelantado.

Antes de la profusión de finales del siglo XX, el cantor aseguró que componía las canciones caminando: el que avisa no traiciona.

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Los Rodríguez.[/caption]

Palabras más, palabras menos (1995): para no olvidar

Por Eduardo Ortega

El Salmón, esa clase de alter ego que construyó Andrés Calamaro al filo de los noventa, y que emuló la ética de nadar contracorriente, pero bien a su manera, desafiando cualquier tipo de proceso compositivo tradicional, incluso apostando su físico en pos de escupir canción tras canción tras canción, es sólo una confirmación de lo que fue siempre su trayectoria. Sabemos es imposible, pero si se mira detenidamente el periplo Calamaro, resulta hasta creíble que fuera tramado de esa manera: contracultural, prácticamente a destiempo. A Calamaro pareció nunca interesarle aceptar las pautas que le invitara a seguir la industria. Acaso el ejemplo más claro sea su trabajo más reciente: Cargar la suerte, álbum de rock tradicional sí los hay, precisamente cuando, todo indica, el business apunta hacia el otro lado. Pero, otra vez, no es algo nuevo en lo suyo. Vamos con otro: quizás uno de los elepé más ingratos de Calamaro sea Nadie sale vivo de aquí, que de no haber debutado en 1989, durante la Argentina hiperinflacionaria, la primera gran crisis tras el regreso a la democracia, tendría seguro otro lugar en su catálogo. Un año antes, 1988, Por mirarte, padeció de las mismas injusticias: Calamaro había vuelto a probar con el rock tras producir unos cuantos discos, pero no era el momento, tampoco el lugar. "Aquella era una época complicada, solo había espacio para los Redondos y Soda. Para los demás había migas. Los restos. Hacíamos giras por Argentina y volvíamos perdiendo dinero", le confesó a Rolling Stone. "Gringui" Herrera fue incluso más allá en Días distintos: "Vino una época, los tiempos de Vida cruel, Por mirarte y Nadie sale vivo de aquí, que nos cagábamos de hambre".

"Lo que no te mata, te hace más fuerte", frase repetida hasta el hartazgo que le atribuyen a Nietzsche y que dio vida al libro de David Lagercrantz, cobra sentido en este punto de la historia de Calamaro. Que la Argentina lo invitara, no muy amablemente, a rajar, coincidió con la notable sociedad que venía cultivando al lado de Ariel Rot, ex Tequila, quien le propuso apostarlo todo en España. Así, sí: otra vez al todo o nada, nacieron Los Rodríguez: blues, rock, flamenco y bulerías en desproporciones. "2% de rumba, 98% de rock", se atreve a clasificarlos Calamaro, en una de sus últimas presentaciones en Las Ventas, justo antes de interpretar "Para no olvidar". Pero antes de eso, cinco años antes, Los Rodríguez tuvieron un comienzo arrollador, atravesaron su propio Vietnam durante el año olímpico y volvieron al triunfo con ese éxito imperecedero que Calamaro le dedicó a Mónica, su musa de turno: "Sin documentos".

Resulta difícil ahora creer que ese himno de estadio partió su destino en dos: un año más tarde, en 1994, alcanzaron su pico de popularidad, pero tras las giras, se abrieron las grietas que aceleraron la separación. Como también resulta difícil de creer que, en medio de esas desavenencias, lograsen grabar un disco que incluso superara el Sin documentos.

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Palabras más, palabras menos, de 1995, reúne a un Ariel Rot afiladísimo en la composición ("La milonga del marinero y el capitán"), el comienzo del mejor Calamaro, que, a esa altura, ya estaba decidido a intentarlo y triunfar por fin en solitario —incluso había quemado la mitad de los cartuchos que escondía celosamente para Alta suciedad— y a Joe Blaney, el ingeniero que tanto admiraba Andrés por su trabajo con Charly —y que lo acompañaría en sus siguientes dos álbumes—. Es, también, una colección completa de estilos que atraviesa brisas de punk con la canción homónima del disco; el reggae con "Aquí no podemos hacerlo"; la sociedad Calamaro/Sabina en "Todavía una canción de amor"; y tal vez alguna reminiscencia a la obra dylaneana con "Algunos hombres buenos".

Hay quienes sostienen que la riqueza compositiva que demostró Calamaro a lo largo de su carrera se expresó también en sus letras varias veces premonitorias. Aquí, en el que fue el fin de su etapa grupal que lo viera nacer en Raíces, la Elmer band y luego Abuelos de la Nada, también lo hizo: "Para no olvidar".

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Alta suciedad (1997): lo que la radio nos enseñó a amar

Por Andrés Panes

Somos legión los que crecimos con más música argentina y anglosajona que chilena. Pegado a la FM desde 1996, recuerdo lo fuerte que seguía retumbando el eco de Charly, Sumo, Enanitos Verdes, Virus y GIT en las radios de Conce, era como si los ochenta se negaran a terminar. "Escuchando rock latino aprendí a ser argentino como los que te gustaban a vos", cantarían años más tarde los nacionales Tus Amigos Nuevos en su brillante "Baby boomers", una frase que resume esa idolatría que llevaba a los fanáticos chilenos de Soda a colarse por los ductos de ventilación en los hoteles que hospedaban al trío. Y eso que el fervor reservado para nuestros vecinos, a los que mirábamos con la admiración de un hermano chico hacia el mayor, quizás en búsqueda de esa convicción que parecía sobrarles y que tanto faltaba en este país con estrés post traumático, no era tan grande como la anglofilia que nos llevaba a preferir música que ni siquiera entendíamos. Por cada canción argentina, la radio tocaba nueve en inglés. Las chilenas no eran parte de la cuota, sino más bien excepciones. Los extranjeros se creían el cuento y nosotros no, y en 1997 nadie se lo creyó tanto como el Andrés Calamaro de Alta suciedad, la cruza perfecta entre las dos tradiciones musicales que nos educaron.

De Argentina, Calamaro no tenía solamente el pasaporte, sino la alcurnia. Su paso por Abuelos de la Nada lo situaba en los compilados de rock latino, y los hits que cantó en Los Rodríguez, su banda semi española, lo convirtieron en una voz familiar. El terreno ganado previamente ayudó a que "Flaca" estuviese al filo de la omnipresencia. Creo que, de todas las canciones que escuché harto de chico, esa y "Quién es la que viene allí" de Los Tres eran las únicas que también le gustaban a mi abuela porque hasta Pablito Aguilera la tocaba en su programa. Semejante hit no era un golpe de suerte: aparte de su vasta experiencia, Calamaro andaba con la musa de su lado. Queda claro en todas las canciones salidas de ese impulso. Alta suciedad es su mejor momento, con el norte claro, poder de síntesis y toda su pulsión creativa (que luego se haría incontenible al punto de complicar la digestión de su obra) encauzada al servicio de una auténtica superproducción, un disco con la friolera de siete singles, igual cantidad que Thriller de Michael Jackson. Como si fuese un equivalente musical del peso argentino que, en aquel entonces, tenía el mismo valor del dólar.

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A propósito de dinero, el tema homónimo con el que parte Alta suciedad se adelanta a la crisis trasandina: "Señor banquero, devuélvame el dinero, por ahora es lo único que quiero, estoy cansado de los que vienen de amigos, y solo quieren rellenarme el agujero". El amargor tercermundista, conocido también por nuestros paladares, nos sitúa en un terreno común con un Calamaro anhelante de libertad, temática que atraviesa el disco en canciones como "Loco" y "Donde manda marinero" que, desde perspectivas distintas, rozan el tópico de ser dueño de la propia existencia, ya sea para fumar un porrito o elegir un destino en el mapa. La soltura corporal de Calamaro resultaba magnética. Recuerdo que, en mi candor de los once años, sin haber visto aún a Bob Dylan, el aspecto del tipo me parecía formidable cada vez que lo veía en MTV, o sea, un kilo porque la exposición que gozó es la misma que ahora tiene, digamos, Rosalía. Los chilenos simplemente estábamos condenados a derretirnos con Alta suciedad, depositario de un acervo amado en estos lares, la sabiduría de la música argentina, con la aparición de Celeste Carballo, un hermoso cover del dúo Pedro y Pablo ("Catalina Bahía") y el cameo de Palito Ortega en "Elvis está vivo" haciendo una imitación del Rey.

Aunque el encantamiento que nos hacía idolatrar a nuestros vecinos parece haberse roto con el paso de los años, entre la falta de interés masivo en los grupos posteriores a Babasónicos y Miranda, los triunfos consecutivos en Copa América y el formateo de nuestra relación con el ego que supusieron los advenimientos de las redes sociales y de la música urbana, el conjuro que protege al magnífico Alta suciedad está lejos de perder su efecto. Aparte de lidiar con asuntos universales, humanas situaciones como diría el filósofo italiano, el disco tiene un flow americano que nunca va a pasar de moda, cortesía de sesionistas estadounidenses que posicionan a Calamaro como un vencedor absoluto en el juego de Kevin Bacon. Los seis grados de separación lo dejan conectado a los más grandes de la historia anglosajona, partiendo por Joe Blaney, el productor que trabajó con Los Rodríguez y Charly, quien también tiene créditos en discos de Clash, Ramones y Prince. Los músicos que grabaron el disco, al combinar sus hojas de vida, ligan a Calamaro con la flor y nata, desde Michael Jackson y Aretha Franklin hasta Lennon y McCartney, pasando por Tom Waits, Elvis Costello, Herbie Hancock, Eric Clapton y el mismísimo Bob Dylan. De ahí que el country de "El tercio de los sueños" sea de la más alta pureza, así como los destellos souleros y funkies del disco, en el que también se cruzaba cierta herencia española (Escohotado recitando en "Nunca es igual", el título de "Media verónica" en alusión al lance de los toreros). En perspectiva, Alta suciedad era el hijo de un ciudadano del mundo haciendo exactamente la clase de canciones que la radio nos enseñó a amar. Cómo no sucumbir a su encanto.

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https://culto.latercera.com/2019/10/10/honestidad-brutal-calamaro/

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Andrés Calamaro.[/caption]

Honestidad brutal (1999): te quiero igual

Por Nuno Veloso

Sí, Calamaro estaba completamente poseído. Venía del éxito de Alta suciedad y Los Rodríguez y se encontraba en una crisis personal. El choque entre el rock and roll y la realidad siempre es de alto voltaje. Joe Blaney, el hombre que había dileado con Charly entre Clics modernos y su Unplugged –el Charly Imperial- sabía lo que era toparse con situaciones difíciles en el estudio pero no esperaba que tras la placentera grabación del álbum que atesoraba "Flaca" se toparía con un Calamaro decidido a reformatearse como una versión maximizada de sí mismo, que no tardaría en ser conocida para la posteridad como El Salmón.

Alta suciedad es el disco más limpio de Calamaro, decantado, de arreglos delineados con bisturí y de groove imponente. Pero, en Honestidad brutal, Calamaro juega con fuego. En medio de un matrimonio en quiebre, no es buena idea ponerse a leer una biografía de Dylan. Todo lo que hace Dylan es como El guardián en el centeno. Si te pilla mal, te convierte en asesino. Y Calamaro se asesinó a sí mismo en Honestidad brutal. Intentando replicar el ánimo impulsivo de Bob, decidió hacer sus propias Basement Tapes, olvidando que por algo en el caso del desgarbado de Duluth estuvieron casi diez años encajonadas antes de salir a la luz por Columbia de forma oficial.

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Volcando todo –volcán de todo- el futuro Salmón fue contra la corriente del productor que le llevó al éxito y decidió armar un disco doble tomando sus propias grabaciones, sin regrabar vocales, sin corregir nada, solo para preservar el sentimiento original. Para Calamaro, acá se produce el sisma: por un lado está la composición, y por otro la intención. Y, entre ambas, la que ganará desde ahora es la segunda, la brutalidad. Al público ya le dirá qué hacer con su opinión más adelante: "Lámeme el orto" es una de las opciones que les ofrecerá, ya investido como el sátrapa de ir contra la muchedumbre en su obra de cinco tomos.

Honestidad brutal no lleva su título en vano. Si Alta suciedad es todo lo opuesto a su nombre, con su sonido cristalino, acá Honestidad brutal es tan brutalmente honesto que es precisamente lo que dice que es. Y lo dice con intensidad. Si para Soda la música estaba en los cables, los cables acá son las cuerdas vocales de Calamaro en cortes como "La parte de adelante" (y esa letra de trabalengua) y la descarnada "Te quiero igual". Si parecen no cuajar con el tren descarrilado de "Para qué" o "Mi quebranto", pues a quién le importa. Este el disco de Calamaro dileando consigo mismo, no con su vida sentimental ni con la fama ni con su público. Más que un Basement Tapes, es su White album, el disco que sella el comienzo del final, y la caída del disfraz. Después de esta revolución, nada es igual. Hay una parte de adelante, y una de atrás.

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El palacio de las flores (2006): la confianza

Por Martín Graziano

El bigote, los kilos de más, el gorrito de lana, la tapa de la revista La Mano, el mate y la entrada triunfal de "Estadio Azteca": "prendido a tu botella vacía/ esa que antes/ siempre/ tuvo gusto a nada". En mi cabeza, el regreso de Andrés Calamaro es esa serie de cosas. Después vino la sociedad con Bersuit, el concierto en Cosquín Rock y, allá por el lejano 2007, La lengua popular. "Fue como Iron Man para Robert Downey Jr. —me dijo, en una entrevista—; es el disco que me devolvió la confianza en el conjunto de la música profesional". Sin embargo, Calamaro no había re-encontrado su corazón iridiscente en el Top 40, sino en El palacio de las flores.

https://open.spotify.com/track/7CPkfENjzWcGlyUuME0Mm8?si=f3Hh77deQsyaI4d2eqrs0A

Atrincherado amablemente en el búnker de Litto Nebbia, Andrés puso una suculenta tanda de canciones a disposición del dueño de casa y la banda residente: Daniel Colombres (batería), Federico Boaglio (bajo), Ariel Minimal (guitarra). Sin la Espada de Damocles del hit, la marea guió el disco hacia aguas más abiertas y serenas. No menos emotivas. Así, el disco tiene las manos llenas de bolero y pop de alto rango armónico. Así, la canción que le otorga el título, deviene de cumbia en delicadísimo ejercicio bossanovístico de infancia durante la dictadura. "Mucho matute de gorra en la calle/ mucho 'no, señor - sí, señor'/ en casa no teníamos televisión/ y no había escrito una canción/ no me interesaba la pelota/ iba a San Telmo a comprar cosas viejas y rotas/ pero el papá de un compañerito/ nos llevaba a ver a Independiente/ era la época de Pastoriza, Santoro y el Chivo Pavoni/ y el viejo de mi amigo/ que vivía en Ciudad de La Paz/ fue desaparecido y no lo volví a ver más". Más argentino no se puede.

No todas fueron rosas en El palacio de las flores. El sello le hizo un desaire a su difusión (apenas si rotó el video de "Corazón en venta") y, por eso mismo, el disco comenzó a adquirir status de culto en el catálogo de Calamaro. El compositor, como sabemos, no se detiene: "recién acabamos de empezar a correr/ no se puede parar".

https://open.spotify.com/album/5AeKNE9h7MfjCFY0llkDmg?si=UI1jqLQ3QtWIebieCrwTOQ

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On the rock (2010): me envenenaste

Por Claudio Vergara

Al menos en la música, a veces resulta estimulante tomar partido por las causas perdidas. Esos álbumes que jamás destellan en la discografía de un artista, que muy pocos escogen como sus favoritos, pero que representan etapas de casi naufragio, eslabones perdidos entre victorias rotundas, la tranquilidad antes del estallido definitivo o la resaca luego de obras maestras.

Álbumes como On the rock: no es ni de cerca el mejor disco de Calamaro. Es probable que ni siquiera sea un gran disco.

Cuando salió en 2010, yo ya había perdido interés en el argentino, extraviado entre arrebatos megalómanos, un verso predecible y canciones poco sugerentes. Ya no recuerdo cómo empecé a escuchar el trabajo cuya portada simboliza una alcantarilla –no existe imagen más elocuente para asumir que tu vida no está radiante- y algo hizo click: de alguna manera, On the rock, con ese Calamaro ya robusto y ajado que alcanzaba los 50 años, es la síntesis de gran parte de sus caras.

En su adultez, el argentino te recordaba con simpleza por qué en algún instante había diseñado una figura tan única en el rock hispanohablante. Era como volver a vacacionar en un sitio donde fuiste feliz en tu infancia: aún hay destellos de ese pasado, pese a que ya te resignas a que nada es lo mismo.

En "Todos se van" está el Calamaro melancólico que siempre suspira por los amigos que ya partieron o por los amores que optaron por construirse otra vida, citando incluso una antigua letra de Los Abuelos de la Nada, su primera gran banda ("alguna vez fue un corazón/ del gran espejo interior")

https://open.spotify.com/track/52EkJvWE6My0Nu2az3EJbi?si=7I_DlpZ3R9OaUON8tlF-cA

En "Me envenenaste", "Gomontonera", "Flor de samurái" o "El perro" hay guitarras destempladas, actitud rollinga y un repaso por la actualidad trasandina con la rabia de un activista gritando proclamas en una marcha o rayando paredes en la mitad de la noche ("qué lástima Argentina/ eras un bizcochuelo/ ahora sos gelatina"), como si Los Rodríguez hubieran nacido y crecido en la Buenos Aires nunca domesticada del siglo XXI.

Hay momentos de cantina tan propios de Calamaro –"Te solté la rienda", a dúo con Enrique Bunbury y original de uno que de verdad vivió entre brindis y balas, el mexicano José Alfredo Jiménez- y otros donde oficia de cartógrafo del cancionero iberoamericano, explorando desde el flamenco en "Barcos" (con Diego "El Cigala"), hasta el bolero en "Te extraño" (con el MC español El Langui) o la cumbia en "Tres Marías" (compartiendo el tono barrial con Vicentico).

Tal como su personaje, la carrera de Calamaro siempre ha estado cruzada por la singularidad. Es zigzagueante, no traza una línea evolutiva clara, explota a principios de los 80 con Los Abuelos de la Nada (detonando el griterío juvenil mucho antes que Soda Stereo), se desvanece después en una fugaz era en solitario, retoma el suceso muy lejos de Argentina con Los Rodríguez, para tardíamente alcanzar la consolidación en los 90, con una marca que hasta hoy sobrevive con notoriedad pese a los altibajos artísticos.

Es una obra donde hay atajos, caminos que se cruzan, rutas que te llevan al lugar preciso y otras a ninguna parte. Un paisaje enrevesado donde los límites se tornan difusos. Es quizás la gracia del Salmón (y también de On the rock): nunca dejar de parecer sabroso aunque ya hayas perdido el apetito.

https://open.spotify.com/album/6LC8ptXigkd1axeNCKryIm?si=VcUMlGAhRUyfP5XELJPNeQ

https://culto.latercera.com/2019/10/10/lezcano-dias-distintos-calamaro/

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