Av. Alemania: fin de semana en Temuco

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"Al parecer, la Araucanía ya no es un lugar prestigioso como en 1551 o en 1881, cuando se fundó el Fuerte Temuco, del que nació la ciudad. El principal motivo de los comentarios y los chistes, eso sí, no tiene nada que ver con la geografía de la zona, sino con la gente que la habita".


Lo primero que quiero decir es que no creo que la tierra tenga la culpa, pero algo tiene. La Araucanía ha llamado con la misma intensidad a las almas más nobles y a las más ruines. Cuando, en 1551, Pedro de Valdivia fundó La Imperial en la confluencia de los ríos Imperial y Damas, pensaba hacer de ella la capital del reino de Chile. Por eso le puso a su escudo todos esos castillos, adornos y hasta un águila bícefala. El mejor lugar de todos, según él, estaba en la Araucanía, donde hoy está Carahue. Y trescientos años duró la Guerra de Arauco. Pero ahora, en la primera parte del siglo XXI, cuando cuento en Santiago, donde vivo ahora, que viví muchos años en Temuco, la gente suele hacer comentarios compasivos. Al parecer, la Araucanía ya no es un lugar prestigioso como en 1551 o en 1881, cuando se fundó el Fuerte Temuco, del que nació la ciudad. El principal motivo de los comentarios y los chistes, eso sí, no tiene nada que ver con la geografía de la zona, sino con la gente que la habita. Se sabe que en la Araucanía el voto es conservador y que hasta Ercilla es de derecha, así que podría decirse que la gente que dice esto piensa que el problema de Temuco es que está lleno de temucanos, aunque yo no diría eso ni aunque lo pensara, porque toda mi familia es de aquí. Es por eso que visito la ciudad muy a menudo.

En esta ocasión, vine en bus para pasar aquí el fin de semana del 18 de septiembre. La bienvenida fue la de siempre: llego más o menos a las seis de la mañana, cuando el terminal está casi vacío. Las únicas personas ahí son los taxistas, con sus chaquetas azules, ofreciéndome un viaje. Con uno de ellos sigo mi camino a casa, avanzando por la Avenida Caupolicán, arteria vial que recorre casi cinco kilómetros de la ciudad y que existe desde que se trazaron las calles de Temuco. Como dije antes, la Araucanía ha llamado a mucha gente y, después de los españoles, vinieron aquí alemanes y franceses. Teodoro Schmidt era un ingeniero alemán y realizó el trazado de estas calles a las faldas del cerro Ñielol.

No sé si Schmidt lo habrá planeado, pero la calle Caupolicán divide la ciudad en dos. A un lado están el Ñielol, la estación ferroviaria, el mercado y la feria libre de Pinto. Allí las calles tienen nombres como Bulnes, Balmaceda y Varas. Al otro lado está la Avenida Alemania, llamada así porque es el lugar donde vivían los colonos alemanes. Aquí las calles tienen nombres como Holandesa, Inglaterra y Pirineos y dicen que antes había unas casas alemanas preciosas, pero cuando yo llegué a vivir a acá el mall Portal Temuco ya estaba construyéndose y para hacerlo habían botado todo en esa manzana. En realidad, en la Av. Alemania apenas hay casas, ahora es todo locales comerciales, bares universitarios, restaurantes y edificios. En Temuco nadie cree que todo tiempo pasado haya sido mejor y las cosas van derribándose sin problema, así que ahora es una ciudad casi como cualquier otra, con su mall y sus gigantografías publicitarias.

Desde que llegué, estuve whatsapeando a mis tres amigos de aquí para salir. Aunque vengo mucho, ya casi no hablo con nadie. Ser visita es muy distinto a ser local y no tengo idea de cómo es la gente de Temuco ahora, pero para mí la adolescencia aquí fue muy dura. Aunque esta es la ciudad natal de Pilar Sordo, la autora del libro "¡Viva la diferencia!", hasta donde yo entendí, aquí a nadie le gustaba lo diferente. Recuerdo burlas por todo tipo de cosas, como el hecho de que mi chaqueta no fuese Columbia, y también porque un tiempo usé una parka de pluma amarillo patito en medio de todas las parkas negras y verde olivo y gracias a ella recibí todo tipo de calificativos en la calle, desde flaite a ridícula. Pero eso fue el año 2005 y ahora estamos en 2019. Todo el mundo cambió, ¿cómo no va a haber cambiado Temuco?

Mi partner desde el colegio, Juanito, dice que sí, que la gente cambió. Le creo porque tiene expansiones en las orejas, el pelo muy largo, como Leo Rey, y siempre lleva unas tenidas excéntricas. Estoy en su casa y nos estamos preparando para ir una fiesta llamada "Fonda Brit", que vendría siendo el especial patriota de una serie de fiestas que se hacen aquí y en las que ponen todo tipo de música, no solo británica, pero siempre y cuando sea del tipo que podría gustar a los fans de Morrissey. Yo he estado vestida igual todo este día —jeans y zapatillas— y planeo ir así, pero mi amigo alberga esperanzas distintas a las mías y se está probando una chaqueta cortísima, un croptop aleopardado que permite ver sus abdominales.

—¿Y se puede andar así acá en Temuco? —le pregunto.

—Sí, si acá ya se acostumbraron al futuro. Los jóvenes ya saben lo que está pasando y sus papás han tenido que aguantarlos, así que ya no miran tan feo a los hijos de los otros.

La fiesta era en el segundo piso de un local de la Av. Alemania y apenas entrabas, subiendo el último escalón, podías ver en lo alto de la pared una gran imagen de Lana del Rey rodeada de banderitas chilenas. Todas las personas que bailaban bajo la foto, a las que me uní rápidamente, parecíamos danzar para ella, en su honor. No sé si esta vuelta sea muy larga, pero tampoco me parece tan descabellado: pienso que en sus canciones Lana del Rey cita al poeta Walt Whitman, a quien Pablo Neruda, que creció en esta ciudad, dedicó al menos una oda y quizás gran parte de su vida. El dj parece inexperto en el sentido de que hace cosas que otros no harían, como poner seis canciones al hilo de Los Prisioneros, pero esta noche a nadie le importan las formalidades y todos en la pista de baile —que está rebosante de adolescentes y adultos que no hemos podido dejar la ciudad— bailamos sudorosos y alegres y cantamos a voz en cuello las canciones que más y mejor nos representan: "Paramar", "El baile de los que sobran", "Quieren dinero", "¿Por qué no se van?".

Mi amigo Juan tenía razón. Ahí no había nadie enfundado en una North Face. Había chaquetas de colores fuertes y piercings y peinados raros y etcétera. Nos encontramos con varios amigos suyos y nos quedamos con una pareja que me pareció hermosa, Nermo y Fanny. Tenían más o menos veinte años y él tenía la cara tatuada y ella piercings y la cabeza rapada. Durante mi adolescencia nunca vi a alguien con el rostro tatuado en Temuco, pero Juan me contó que ambos habían trabajado en todo tipo de cosas "normales" y de atención a público, como garzonear o atender recepciones. Pasamos toda la noche bailando con ellos. En la Araucanía, pero en Temuco, en el fuerte fundado por Recabarren, en el día que marca el puntapié inicial para crear este Estado nación que es Chile, bailamos bajo la imagen de Lana del Rey hasta que dieron las seis de la mañana y se prendieron las luces. Entonces mis amigos y yo decidimos caminar hasta una estación de servicio que hay un poco más allá.

Estábamos comiendo unos hot-dogs cuando apareció Raúl entre la mucha gente que había ahí a esa hora insólita. Raúl era un compañero de curso de Juan que nunca fue nuestro amigo, pero nos caía bien. No lo veíamos hace diez años, cuando salimos del colegio. Se sentó junto a nosotros y nos contó que estaba de visita, porque ahora vive en Santiago, y que Temuco le había parecido muy distinto. Ya no tenía amigos aquí, para empezar. Mientras comíamos, nos contó lo que había hecho en esos diez años (estudiar y mudarse), pero mis amigos estaban muy cansados para responderle. En un esfuerzo porque la conversación fluyera un poco más, le pregunté a mi amigo Juan qué había hecho él en estos diez años, a lo que me respondió con una expresión de desprecio e incomodidad.

—¿Qué tipo de pregunta es esa? ¿No sé? ¿Nada?

Claro. Diez años es poquísimo tiempo. Yo tampoco tenía mucho que decir. Si se trata de establecer diferencias entre un período y otro, yo sigo siendo la misma: me gusta leer y escribir. En cuanto a Temuco, como ya dije, el fuerte fue fundado en 1881. No es que haya pasado tanto tiempo, solo 138 años. Como yo tampoco tenía nada que contarle a Raúl, Juan y yo terminamos nuestros hot-dogs y mi amigo me acompañó, como ha hecho toda la vida después de las fiestas, caminando hasta mi casa. Eso es algo que no ha cambiado en años de amistad, que es una de las cosas que más me gusta de Temuco. En fin. Hay cosas que uno quiere que cambien y otras que no. Ya son las siete de la mañana, me voy a dormir.

https://culto.latercera.com/2019/03/19/temuco-el-fuerte/

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