La Argentina Stone

RollingStones-1998

The Rolling Stones.

Era una noche especial en Buenos Aires, incluso para la propia banda. Luego de una serie frenética de cuatro conciertos consecutivos, el quinto y último tenía un condimento irresistible: Bob Dylan.




Todavía pasaban esas cosas. Mi hermana viajó a Europa en el verano de 1998 y me trajo, cuidadosamente envuelto entre las ropas de su valija, como si se tratara de una cristalería que el más mínimo movimiento pudiera lastimar, un compact disc de origen inglés, adquirido posiblemente en alguna de las megatiendas que todavía poblaban las esquinas de Londres. Era Bridges to Babylon, de los Rolling Stones, que había salido unos meses antes, pero que en Argentina todavía no habíamos podido escuchar, salvo por fragmentos, astillado, cuando alguna radio de rock se dignaba a pinchar una canción. Fue hace apenas veinte años, ayer nomás, pero todavía pasaban esas cosas.

En ese momento los Rolling Stones ya eran un prodigio de supervivencia, y todos nos preguntábamos cuánto tiempo más podían circular por el mundo como banda, cuánto más aguantarían esos cuerpos, al mismo tiempo castigados por las drogas y bendecidos por una genética envidiable y un estilo de vida de multimillonarios. La longevidad de los Rolling Stones como grupo, como conjunto de personas haciendo algo juntos, quizás tenga pocos puntos de comparación en la historia del hombre, y si algo todavía los motiva hoy a seguir deambulando en manada debe ser eso: quebrar una especie de récord que parecía irrompible.

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De modo que, en marzo de 1998, cuando los Stones pisaron suelo argentino por segunda vez, yo contaba con una ventaja inestimable: ya había escuchado el disco que venían a presentar, y ardía en ansiedad por asistir a ese recital. Tenía quince años apenas cumplidos y nunca había ido a un concierto de rock. Recuerdo que la entrada costaba 65 pesos (lo que hoy sale una botella de agua) y que mis padres, para mi sorpresa, no opusieron demasiados reparos. Criados, finalmente, en la generación del sesenta, en el momento de verdadera irrupción de los Beatles y los Stones, supongo que nunca imaginaron que treinta años después su hijo adolescente les pediría permiso para ir a ver en vivo a esa misma banda de rock.

Lo que no recuerdo es por qué fui solo. ¿A ninguno de mis amigos les gustaban los Stones? ¿Mi hermana no me quiso acompañar? ¿Mis padres tampoco? Es raro, pero ahí estaba yo, flacucho y quebradizo, un chico de quince años que parecía de ocho, apretando la entrada con todas sus fuerzas en la mano derecha (circulaba el rumor de que robaban tickets en las inmediaciones de la cancha de River) y vistiendo el atuendo de rigor: remera roja con la lengua enorme, jeans raídos, zapatillas rotas. Un stone argentino en miniatura.

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Era una noche especial, incluso para la propia banda. Luego de una serie frenética de cuatro conciertos consecutivos, el quinto y último tenía un condimento irresistible: Bob Dylan oficiaría de telonero. El virus de Dylan me sería inoculado en el cuerpo mucho después, así que de él apenas tenía referencias vagas, brumosas. En el mueble de vinilos de mi casa había un disco suyo cuyo título siempre capturaba mi atención: Bob Dylan, ¿poeta o profeta? Era un compilado de los años sesenta, una antología para presentarlo fuera de su país. Había pasado demasiada vida y demasiados discos desde entonces, pero la pregunta seguía, acaso, sin respuesta. Ese era el tipo que iba a tocar antes de los Rolling Stones.

Para sorpresa de muchos de los que estábamos ahí, hacia la mitad del concierto de Dylan la gente empezó a silbarlo. Fue un abucheo tímido, indeciso, pero un abucheo, al fin y al cabo. Estaban ansiosos; sabían que después de él tocaría Viejas Locas y ya nadie aguantaba la lentitud del poeta de Minnesota, nadie tenía paciencia para su voz nasal, sus viejos clásicos deconstruidos, su deliberada falta de carisma. Quizás esto sea una inferencia posterior, pero creo haber sentido una profunda vergüenza por esa silbatina (a pesar de que yo también me aburría). No me consta que Dylan dijera nada al respecto. Quién sabe si le importó.

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Con el tiempo aprendí que se puede habitar también en cierto arte aburrido. El aburrimiento causa terror en nuestros días; algo puede ser malo, frívolo, snob o críptico y todo va a estar más o menos bien, pero aburrido, ¡jamás! Pienso ahora que fue justamente el silbido de ese grupo de impacientes, espetado sobre la figura de un prócer de la música occidental, el que me haría, muchos años después, convertirme a la religión de Dylan, una religión incomprensible para el que no la profesa, una religión que —como todas— pide un sacrificio, que en este caso está misteriosamente relacionada con cierta forma del tedio. Como en buena parte del arte conceptual, para abrazar la logia de lo dylaniano hay que comprar el paquete completo de referencias históricas, el manual de instrucciones: el último beatnik, el judas que electrificó el folk, el judío que se convirtió al catolicismo, el misterioso accidente en moto que cambió su música, el hombre del que John Lennon dijo: "él marcó el camino".

Hacia las nueve de la noche, entonces, ocurrió lo que tenía que ocurrir: las luces se apagaron, un grito de euforia colectiva rompió el aire del barrio de Núñez y los Stones salieron con "Satisfaction", el ancho de espadas del siglo XX arrojado sobre un escenario latinoamericano en la dorada y polvorienta melancolía del fin del verano de 1998. Fue impactante, y creo que nunca me recuperé de ese golpe de electricidad. Nadie se repone del primer recital: es como el primer amor, como el primer porro.

Mi padre me había dado cinco pesos por si necesitaba algo y cuando tocaron "You can't always get what you want", mi canción preferida por esos días, me compré una Coca-Cola y me tiré en el pasto, al fondo del campo, a mirar las estrellas y escuchar ese himno. Estaba agotado, física y emocionalmente. Mientras tanto, Mick Jagger seguía corriendo por el escenario. Difícil vivir algo más hermoso.

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Con el tiempo, dejaría de escuchar regularmente a los Rolling Stones —no hace falta poner sus canciones: están presentes incluso en su ausencia—, aunque Sticky Fingers es un disco al que por alguna razón vuelvo una y otra vez. Quizás sea el único disco verdaderamente perfecto de la banda. Sus discos emblemáticos —Between the Buttons, Exile on Main Street, Beggars Banquet, Let it Bleed— tienen siempre tres o cuatro canciones muy menores, de relleno, baches entre un temazo y el otro. Son piezas olvidadas, que nunca tocaron en vivo y que no llegaron a los muchísimos discos de grandes éxitos y presentaciones que editaron en estos cincuenta años. Pero en Sticky Fingers hay algo más. Quizás el secreto está justamente en las canciones que aparecen entre hit y hit. Ahí, enhebrando clásicos como "Brown Sugar", "Wild Horses" o "Dead Flowers", escuchamos sobre todo temas oscuros, densos como pocas veces compusieron. "Sway", "Sister Morphine", "Moonlight Mile". Qué disco, por dios.

La paradoja stone es esa. No tienen grandes discos, pero todos lo son. No suenan muy bien en vivo, pero son la mejor banda en vivo de todas las épocas.

En aquel concierto de marzo de 1998, que ahora se edita en CD y DVD con el título de Bridges to Buenos Aires, comprobé además la materialidad de un mito urbano con el que crecí: que el de Argentina sería una de los públicos de rock más fervorosos del mundo. Afectos, como podemos ser, a cierta forma de la soberbia y la desmesura, inscribimos el fetiche del mejor público del mundo en la serie de Buenos Aires como París de Sudamérica; o de Maradona, Evita, Gardel y el Che como cumbres de la mitología de sus épocas, entre otros grandes éxitos del repertorio nacional. En YouTube hay un puñado de videos agrupados con el nombre de "Argentina: Best Crowd Ever" —el título en inglés legitimaría el material, como si no lo hubiera editado alguien de acá—, en los que se ven las multitudes enfervorizadas, los altos pogos, la gente llorando, los gritos tipo beatlemanía, los pequeños terremotos humanos en recitales de rock. Como argentino, esa mística me parece al mismo tiempo genial y patética.

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Luego de aquel concierto con Bob Dylan, los Rolling Stones volaron a Río de Janeiro y ofrecieron, ahí sí, el Concierto Más Grande de la Historia del Rock, o algo así. Fue gratuito, en las playas de Copacabana, y se calcularon entre uno y dos millones de personas. La organización se enfrentó, llegado el momento de los hechos, a un desafío técnico, metodológico: ¿cómo iba a llegar la banda al escenario? ¿qué auto, qué camioneta podía atravesar una manta de un millón de cuerpos desparramada sobre las costas de la cidade maravilhosa? Entonces surgió el destello: desplegarían un puente entre la habitación del hotel en el que se alojaban, el tradicional Copacabana Palace, y el escenario.

Así bajaron. Cruzaron el cielo por un puente endeble y finito, hecho de madera y fierros, por sobre las cabezas de los miles y miles que habían ido a escucharlos. 200 metros como equilibristas, como funambulistas, arañando el abismo, uno detrás del otro como los Beatles en la tapa de Abbey Road, pero colgando del aire. Los Rolling Stones en el cielo con diamantes. La gente, desde abajo, los miraba como se mira a una estrella, algo que está muy lejos y muy cerca, a una distancia imposible de cuantificar pero sin dudas inalcanzable. Hay algo místico en la escena. Solo puedo imaginar la emoción de esas personas.

https://open.spotify.com/album/6hLki1jDiueXKBP1IlkZCH?si=pzUhm0qjQAOIyOeEGKryRQ

https://culto.latercera.com/2019/07/10/the-beatles-a-hard-days-night/

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