Fahrenheit 451 (el año que vivimos en peligro)

CINE ARTE ALAMEDA

Cine Arte Alameda tras el incendio del viernes. Foto: Rudy Muñoz.

Es probable —estoy seguro— que el Centro Arte Alameda volverá a surgir de sus cenizas. Debe hacerlo. Quizás será parte de la remodelación futura de la Plaza de la Dignidad. Quizás será incluso mejor. A lo mejor tendrá una placa: este cine fue incendiado por ser un foco de resistencia. Y por eso lo quemaron.


Este es un obituario. Pero tal como lo que sucede con los actores, escritores, cantantes y directores que a veces aparecen en estas páginas de Cultura, los grandes no mueren del todo y hasta resucitan porque son tan parte de nuestra memoria colectiva que se niegan a desaparecer. Es probable —estoy seguro— que el Centro Arte Alameda volverá a surgir de sus cenizas. Debe hacerlo. Quizás será parte de la remodelación futura de la Plaza de la Dignidad. Quizás será incluso mejor. A lo mejor tendrá una placa: este cine fue incendiado por ser un foco de resistencia. Y por eso lo quemaron.

Aún no está del todo claro qué sucedió (¿una lacrimógena?), pero sin duda está pagando el costo de ser un fuerte o faro de luz y cultura ahí en la Zona Cero. Quién fue es por cierto una pregunta clave (que muchos ya sospechamos o, por qué no admitirlo, queremos creer), pero incluso si se comprueba que fue un cinéfilo alienado y enfermo o si el cine (que además ha albergado desde octubre a la Cruz Roja) ardió por fuego amigo o enemigo o por infiltrados, lo que no cabe duda que este incendio es distinto y bordea el descontrol y cumple su objetivo de remecer y alterar más de la cuenta porque, tal como sucede con los hospitales y los colegios, uno cree que hay lugares sagrados. Este incendio dejará fuera de combate por un buen tiempo a este cine y café y sala de conferencias y lugar de conciertos y bailes. Este armagedón ni siquiera es metafórico o simbólico sino literal: basta de cultura, basta de disidencia, basta de diferencias, basta de protestar.

Es curioso: el cine-arte Normandie, que es como se llamaba antes del 92, creo, programaba ciclos y películas que se leían como anti Pinochet incluso cuando no lo eran (Brazil de Terry Gilliam, desde luego). El Normandie (que hasta fue ironizado por Los Prisioneros por ser ondero, algo que quizás lo fue) ayudó a leer entre líneas o hacer tu propia lectura de las imágenes. Hay fotos célebres como cuando, para el plebiscito, programaron El gran dictador de Chaplin y la marquesina aparecía en todas las fotos. Sin embargo, el Normandie resistió y no fue quemado. Exhibieron El año que vivimos en peligro en tiempos peligrosos y violentos pero no fue atacado. Casi estoy seguro que vi Fahrenheit 451 de Truffaut, basada en la novela de Bradbury, en ese cine. Ahí, en un mundo colapsado, quemaban los libros.

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Interior del Cine Arte Alameda tras el incendio.

Foto: Rudy Muñoz.[/caption]

Hoy, en democracia, cae el bastión que luchó durante la dictadura. Otro desastre de este año. Sea lo que sea lo que sucedió esto fue durante la administración actual y tampoco se olvidará. Quemaron cintas, butacas, afiches y recuerdos y la posibilidad de resistir vía el arte. Es cierto: el incendio que afectó el viernes al Centro Arte Alameda y cuya nube negra estuvo a punto de tapar el sol duro de un día denso de calor y tensión, no ha sido el único durante este estallido o crisis. Han habido otros, más fuertes y poderosos, incluso cerca de ese epicentro, pero que arda un cine-arte cuya memoria es casi infinita es algo claramente distinto. Algunos me dicen: peor es ver arder iglesias. Este Centro Arte Alameda es un templo y ahí, durante casi cuarenta años, se ha realizado varias veces al día la liturgia de la cinefilia. El desastre es literal pero también es simbólico y bien puede quedar como uno de los hitos de esta ruptura. Nadie vive arriba de ese cine (aunque sí muchos a su alrededor y atrás) y no hubo muertos asistiendo a una función de Guasón. No fue ese tipo de tragedia, pero es una de las más fuertes, dolorosas, incomprensibles (no, totalmente comprensible si se lo piensa un poco) porque lo que ardió es mucho más que una pyme o un supermercado. Ahí, al lado del café El Cuervo y de lo que alguna vez fue el Kafé Ulm y sus tocatas, vimos La ley de la calle, Antes del amanecer, Betty Blue, Boogie Nights, Mi mundo privado, Perros de la calle, Dead Man, Santa sangre, Reds, Wille and Phil… ). Quemar este cine tiene otro significado, incluso para los que se tienen que haber alegrado de ver ese foco de libertad y cultura arder (habrá molestado más que siguieran exhibiendo Guasón o fue ese ciclo de cine y revolución o fue ese graffiti que decía: las películas de la dictadura se está viendo).

Lo de este viernes fue terrible. Primero balean ojos para que no miren. Para que no veamos. Ahora queman las imágenes, recuerdos, memorias. Lo que sucede es terrible y nefasto y atroz. Ardió un lugar cuyo valor supera su arquitectura o su inmueble. Se queman décadas de cine y películas y epifanías y citas a ciegas y funciones de trasnoches. Un cine es una ventana al mundo y te llena de ideas, emociones, te revoluciona. Un cine arte lo es más. Quizás si este cine hubiera estado en un mall se hubiera salvado y hubiera sido protegido. Pero estaba expuesto, en la calle, conversando con ella, incitando emociones e ideas y miradas y hasta follando mentes nuevas para lograr que vieran, que se dieran cuenta, que se cuestionaran todo. Durante cuarenta años lo ha hecho y por eso no es raro que ardiera. Y por eso no me deprimo tanto porque sé que volverá más fuerte y algún día exhibirá las películas y documentales de estos días terribles.

Esto no es un pérdida, es un nuevo comienzo.

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