Piglia y Walsh: escribir en tiempos de crisis

Ricardo-Piglia

Ricardo Piglia.

En el año 2000, Ricardo Piglia dictaba una conferencia titulada "Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)". El argentino —a la manera de Ítalo Calvino— intentaba imaginar cómo se escribiría la literatura del futuro y se aventuraba a una respuesta: Rodolfo Walsh.




¿Cómo se escribe en tiempos de crisis?

¿Qué hace la literatura cuando el mundo estalla?

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Esto ocurre en La Habana, Cuba, en el año 2000, cuando Ricardo Piglia lee, frente a un numeroso público, la conferencia: "Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)".

Está ahí para hablar de literatura y política. Se quiere aventurar, de hecho, a contestar la pregunta que dejó planteada Ítalo Calvino en sus famosas Seis propuestas para el próximo milenio: "¿Qué va a pasar con la literatura en el futuro?". Y se anima a dar una respuesta desde Argentina, desde la literatura argentina, "desde un suburbio del mundo" —anota él.

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Tiene sentido: "Si nos disponemos a imaginar las condiciones de la literatura en el porvenir, quizás también podemos imaginar la sociedad del porvenir. Porque tal vez sea posible imaginar primero una literatura y luego inferir la realidad que le corresponde, la realidad que esa literatura postula e imagina", escribe Piglia en su conferencia. Y para imaginar el futuro, la literatura del futuro, recurre a un cuento icónico y extraordinario de Rodolfo Walsh, "Esa mujer", que por aquellos años había sido elegido el mejor cuento de la literatura argentina, el mejor, por encima de relatos de Borges, Cortázar, Silvina Ocampo y un largo y complejo etcétera.

"Esa mujer" —que puede leerse aquí— cuenta la historia de un periodista que está buscando un cadáver, está tratando de averiguar dónde está el cuerpo de una mujer, y habla con un militar que fue parte de los servicios de inteligencia, un hombre que sabe dónde está ese cuerpo.

Esa mujer —cuyo nombre nunca se menciona— es Eva Perón.

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A partir de este relato, Piglia va a indagar en la relación entre literatura y política: cómo resolver esa tensión, cómo entender sus pliegues y cómo el proyecto de Walsh da una respuesta posible —estética— para entender este vínculo. Y en este punto, el autor de Respiración artificial va a explicar algo que convocará al futuro, a nuestro presente. Piglia escribe: "A diferencia de lo que se suele pensar, la relación entre la literatura —entre novela, escritura ficcional— y el Estado es una relación de tensión entre dos tipos de narración. Podríamos decir que también el Estado narra, que también el Estado construye ficciones, que también el Estado manipula ciertas historias".

Y Piglia sigue: "Y en un sentido, la literatura construye relatos alternativos, en tensión con ese relato que construye el Estado, ese tipo de historias que el Estado cuenta y dice".

Quizás un paréntesis: literatura y política, estética y política: Piglia no está hablando del tema. Una novela no es política porque hable de Pinochet o de Piñera. Una novela es política por una serie de procedimientos, que son los que Walsh desplegó en sus textos y con los que planteó una importante suma de discusiones. De eso se trata esto. Los acontecimientos políticos y sociales exigen nuevas formas, nuevos procedimientos, no una simple y obvia idea de representación —habrá que prepararse ya para la novela del estallido (y que seguro será un esperpento).

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Volver a Piglia, entonces, a la literatura construyendo relatos alternativos y en tensión con el relato del Estado. Y profundiza: "Voy a leer una cita del poeta francés Paul Valéry, referida a estas cuestiones: 'Una sociedad asciende desde la brutalidad hasta el orden. Como la barbarie es la era del hecho, es necesario que la era del orden sea el imperio de las ficciones pues no hay poder capaz de fundar el orden por la sola represión de los cuerpos por los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias'. El Estado —retoma Piglia— no puede funcionar sólo por la pura coerción, necesita lo que Valéry llama fuerzas ficticias. Necesita construir consenso, necesita construir historias, hacer creer cierta versión de los hechos. Me parece que ahí hay un campo de investigación importante en las relaciones entre política y literatura, y quizás la literatura nos ayude a entender el funcionamiento de esas ficciones".

¿Cómo funciona todo esto en el caso de "Esa mujer"?

El relato del Estado es el que narra el militar, quien fue parte de los servicios de inteligencia. Él sabe dónde está el cuerpo, pero esconde la información: omite, tergiversa, divaga, fabula, filosofa, construye una historia verosímil, elíptica, y es el narrador —el periodista— quien debe descifrar ese relato: el Estado miente, ficciona, y el escritor debe ir tras la verdad, plantea Walsh. Y por eso en un punto de su proyecto literario, terminará abandonando la ficción y encontrará en el periodismo un campo de batalla, una forma de plantearse frente al relato del Estado. Eso es justamente Operación Masacre, su libro más importante en el que investiga la historia de unos fusilamientos clandestinos: el Estado cuenta una historia, pero Walsh descubre que es mentira cuando en un bar escucha que "un fusilado vive".

Para Walsh, la figura del testigo es clave a la hora de disputarle el relato al Estado: un testigo, un otro, una voz que no tiene el poder, que nunca será parte del relato hegemónico pero que sí puede ser capaz de disputarle el sentido. Para Walsh, muchas veces esa voz será una voz popular. Y encontrará en ese procedimiento, en el darle la voz a ese otro, una forma nueva de narrar en medio de una crisis política o social, por ejemplo.

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Las tres propuestas de Piglia, la literatura del futuro, dice, rodearán estos procedimientos:

1) La verdad como un horizonte político y objeto de lucha de la literatura.

2) La forma de narrar esa verdad, a través de un desplazamiento y una distancia que Walsh encuentra en las voces de los otros y en el relato de no ficción.

3) El lenguaje y la claridad. Piglia escribe: "El Estado tiene una política con el lenguaje, busca neutralizarlo, despolitizarlo y borrar los signos de cualquier discurso crítico. El Estado dice que quien no dice lo que todos dicen es incomprensible y está fuera de su época. Hay un orden del día mundial que define los temas y los modos de decir: los mass media repiten y modulan las versiones oficiales y las construcciones monopólicas de la realidad. Los que no hablan así están excluidos y esa es la noción actual de consenso y de régimen democrático".

Frente a esto —plantea Piglia—, un escritor como Rodolfo Walsh apuesta por la claridad. "La claridad como virtud. No porque las cosas sean simples, eso es la retórica del periodismo: hay que simplificar, la gente tiene que entender, todo tiene que ser sencillo. No se trata de eso, se trata de enfrentar una oscuridad deliberada, una jerga mundial".

https://culto.latercera.com/2018/09/25/rodolfo-walsh-reportero-en-chile/

Esa jerga mundial, habría que agregar, está dominada por el lenguaje de la economía y por el mercado y por una serie de lugares comunes que los periodistas abrazamos sin mayores cuestionamientos.

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Quizá otro paréntesis: una cita de un ensayo de la escritora española Belén Gopegui que aparece en Rompiendo algo, un libro profundamente estimulante que publicó hace unos años Ediciones UDP y en el que se desentraña también, con otras miradas, el vínculo entre literatura y política. La cita de Gopegui dice: "Reivindico algo bastante más humilde: la posibilidad de criticar la ficción por lo que cuenta, por lo que propone, después de haber analizado no sólo las comas, las estrategias narrativas, la brillantez formal, sino de haber analizado además a quién salpica la sangre y de quién es la sangre que salpica o, dicho de otro modo, qué valores se articulan y dramatizan y por qué".

El ensayo se llama: "La responsabilidad del escritor en los relatos de victoria y derrota".

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¿Cómo se escribe en tiempos de crisis?

¿Qué hace la literatura cuando el mundo estalla?

Piglia encuentra una respuesta a estas preguntas en el proyecto de Rodolfo Walsh, un proyecto literario que también fue un proyecto de vida: comenzaría siendo un eximio cuentista borgeano, abandonaría la ficción, escribiría Operación Masacre, luego militaría en Montoneros y entonces el golpe de Estado y ese viernes de marzo de 1977 cuando lo desaparecerían —todo esto lo cuenta de mejor forma Rodrigo Hasbún en un perfil que le dedicó hace unos años.

Las decisiones y los silencios de Walsh.

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La literatura del futuro: una posibilidad es Walsh, dice Piglia.

Otra posibilidad podría ser María Moreno. Una literatura plebeya, una lengua que le disputa la hegemonía al mercado. Revisar Black out, Oración y Loquibambia (sexo e insurgencia).

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Una escritura política, entonces, le disputa el relato al Estado.

Una escritura política pone en tensión la lengua con la que decide narrar ese Estado.

Una escritura política está siempre contra los lugares comunes: vandalismo, guerra, violentistas, enemigo poderoso e implacable, condenar la violencia venga de donde venga, chilenos y chilenas de buena voluntad.

La lengua vacía.

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Literatura y política en Chile, un nombre, cómo no, ineludible: Pedro Lemebel.

Walsh, Moreno, Lemebel: una genealogía plebeya.

La autora de Black out sobre el autor de La esquina es mi corazón: "Sus libros demuestran que se puede hacer denuncia en un texto donde la lengua goza al mismo tiempo".

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Otra posibilidad, otra lectura, otro futuro: la ficción.

A propósito de unas conferencias del crítico inglés Frank Kermode, el escritor colombiano Juan Cárdenas reflexionaba hace un tiempo acerca del vínculo entre política, mercado y ficción: "En esas conferencias hay una parte donde Kermode explica cuál es el espacio social, político y civil de la ficción en la sociedad moderna, y dice algo que me parece muy importante y que yo suscribo: ese espacio es importante que esté allí porque es un espacio donde probamos cosas, que nos permite conjeturalmente probar ideas. Es un campo de pruebas del futuro, de la utopía o de cómo no queremos que sean las cosas. Es decir, es un espacio de proyección muy importante del deseo, del deseo colectivo. Como ese es un espacio políticamente muy cargado –porque imagínate, es el espacio donde estamos probando la utopía—, a mí me parece muy sintomático que justamente el mercado esté intentando, por todas las formas posibles, de avasallar ese espacio, de negarlo y de entronizar por completo la no ficción. De convertir la crónica, los libros autobiográficos y ese tipo de géneros, en el espacio que impide que exista la ficción".

https://culto.latercera.com/2017/01/12/los-diarios-piglia-la-mente-escritor/

Cárdenas no está pensando en Walsh cuando dice crónica y no ficción. Más bien está pensando en esa inofensiva literatura autobiográfica que el mercado pide y premia, o en el periodismo narrativo —que tan poco tiene de Walsh.

La cita de Cárdenas continúa así: "Alguien perspicaz te dice que no importa, que, aunque intenten hacer eso, la ficción no desaparece, pero yo tengo serias dudas. Creo que la ficción sí está amenazada por ese tipo de auge de la literatura testimonial. No digo que está mal que exista, hay librazos de ese tipo, pero políticamente es muy jodido que estén tratando de inundar todo el espacio de la ficción con ese tipo de libros. Lo que yo me pregunto es, y ahí entra mi cabeza paranoica: ¿no será que se quieren cargar ese espacio de ficción para que precisamente no podamos imaginar?"

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El final: otro cuento de Walsh, "Cartas", una suma de voces, un mundo escondido en esas voces. Y una frase: "También el futuro tiene sus ruinas".

https://culto.latercera.com/2019/07/31/ricardo-piglia-diarios-emilio-renzi/

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