“Me estaban lanzando en la onda Chayanne”: Jorge González y su complejo debut como solista

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Jorge González.

Para 1992, con Los Prisioneros disueltos, un hijo en camino y un inédito contrato firmado en Londres con EMI —que lo elevó al estatus de "artista prioritario"—, Jorge González debutó como solista con un trabajo deudor del espíritu de Corazones aunque con resultados insospechados.



Comenzados los años 90 había dos certezas sobre Jorge González: uno, que Corazones (1990) sería el último disco de su grupo Los Prisioneros —al menos durante esa década— y, dos, que su banda gozaba del éxito continental y una enorme trascendencia social —que incluso salpica hasta hoy.

Si la historia de Jorge González como cantautor había sido de todo menos predecible, cuando terminó por primera vez con Los Prisioneros, en 1991, decidió asociarse con su mánager histórico, Carlos Fonseca, y trabajar un primer disco de ambición continental en solitario.

El músico se haría de un contrato discográfico de proporciones insospechadas en Chile. Lo firmó en las oficinas de EMI, en Londres, y pasó a convertirse a ojos de la compañía en "artista prioritario a nivel regional", con un acuerdo para editar tres discos en seis años.

El contexto lo recuerda él mismo en sus memorias Héroe (Avenida La Novena, 2018): "Mi novia Paolita quedó embarazada y se me ofreció mucha plata en dos compañías discográficas por firmar como solista, lo que jamás estuvo en mis planes, mas mi pronta paternidad me hizo echarle para adelante con todo. Me llevaron a estampar la firma a Londres y pasé a editar Corazones a España donde estaban tan excitados con la visita de Crowded House que no me dieron bola alguna", recuerda el músico de los años en que también tomó su primer LSD, "de miles que engulliría", en los descuentos de la gira de apoyo al disco Corazones.

“Montamos una gira con Miguel (Tapia), reclutando a la Cecilia (Aguayo) y a mi viejo amigo Robert (Rodríguez). Ahora se tomaba alcohol, yo creo que un poco mucho, otorgando largos y muy buenos conciertos con esa formación. Vi que no haríamos otro disco juntos y disolví la banda en lo máximo de popularidad, cuando llenábamos todo otra vez y con una música un poco diferente. Salíamos juntos de carrete y mi consumo de ácido crecía, más no el de trago, mala compañía en mi familia (como buenos chilenos teníamos historia negra con el licor)”, rememora.

“No soy una persona que siempre se va a la segura”

Ese primer disco en solitario lleva por título Jorge González (1993) y fue grabado con un oneroso presupuesto. Contó con la producción de los argentinos Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel, en un estudio de lujo en Los Ángeles, California, dando como resultado un álbum de melodías suaves y un candor deudor de la resaca amorosa de Corazones, aunque el músico quedó disconforme con el resultado.

Entrevistado por Emiliano Aguayo en Maldito sudaca (Ril, 2005), González explica su disgusto: "Jorge González es un disco que a mí no me gusta, porque no se parece en nada a mis demos, a la idea sónica que inspiró esas canciones", reclama.

Luego sigue: "Los demos de esas canciones eran súper bonitos. La mayoría era con loops, cajas de ritmo, batería y guitarra acústica encima, lo que los convertía en canciones más sencillas. Me acuerdo que dos años después que lo sacamos, este amigo que lo produjo, Gustavo Santaolalla, me puso súper contento, porque me llamó y me dijo: 'Oye, escuché un tipo que está haciendo la misma música que hacías tú y se llama Beck', porque esos demos eran más como eso".

En sus memorias Héroe, González explica poco más del proceso: “Hice unas 34 canciones en un multitrack de cassette a 8 pistas, cuya pista 8 usaba para sincronizar el computador vía SMPTE. Mis ídolos eran Primal Scream y Happy Mondays”.

"Ese disco a mí me latea porque, por un lado, las letras no son buenas y por el otro, la producción está muy pulida y, la verdad, si yo no tengo un tambor medio distorsionado en la oreja, como que no puedo cantar bien. Es mi estilo, nomás. Pero en ese momento no lo sabía y me la jugué por hacerlo de esa manera, porque el productor produjera a su pinta y a ver qué pasaba y, la verdad, yo no soy una persona que siempre se va a la segura. A veces me tiro unos saltos con decisiones o hago videos que no estoy seguro que vayan a quedar bien, pero igual quiero probar. Quiero probar cómo resulta hacerlos así y a lo mejor va a ser un fracaso para afuera, pero quizás, para adentro, me sirvió para probar algo nuevo", explica en las páginas de Maldito sudaca.

El futuro se fue

Una cuidada campaña promocional, un glamoroso estreno en el hotel Sheraton y afiches en las calles de Santiago presentaron públicamente Jorge González, un disco que debutó en radios con el single "Mi casa en el árbol" y que gozó de cierta respuesta con los temas "Esta es para hacerte feliz" y "Fe". Fue, según detalla el sitio musicapopular.cl, "el inicio de un sonado fracaso comercial, pues ni el público ni la crítica parecieron sentirse cómodos con el álbum".

"Me estaban lanzando en la onda Chayanne, y eso fue un error", diría después el músico, cuando ya era demasiado tarde para salvar la inversión.

Aunque lleno de canciones firmes y que tuvieron un buen devenir en el tiempo —como "Esas mañanas" y "Fe"—, Jorge González lo obligaría a replantearse algunos asuntos sobre su identidad musical y la estatura de su arte.

Para 1993, todavía molesto por lo que consideraba una promoción exagerada de su primer disco —pensaba que solo había conseguido desperfilarlo—, González preparó un golpe contra su sello discográfico. Con un presupuesto todavía privilegiado, el músico grabó entre Santiago y Alemania el disco El futuro se fue (1994), donde experimentó un poco con electrónica y sintió la necesidad de tributar a dos de sus nuevos ídolos: Víctor Jara y Syd Barrett.

“Mi mánager de esos tiempos me convenció de que todo había ido mal por mi afán de hacer todo: videos, producción, etc… resulta que no era tan mala idea meter mi persona en ello: el álbum, contando con mucha plata, fue un deslavado ‘producto’, no vendiendo el medio millón necesario para amortizar los gastos. Me dieron ganas de mandar el proyecto a la mierda y, como por contrato, debía hacer un par más de discos monté unos a-dats nuevos en mi casa y con el ingeniero Jorge ‘Gato’ Esteban grabé lo que pude”, narra el músico en sus memorias.

Allí sigue: "Me llevé todo a mezclar a los estudios de Box Mill 'Real World'. El flaco de la mesa no lo creía cuando en esa SSL de 90 o así canales mezclábamos tracks como 'Culpa' o 'El poder' que consistían de una sola pista de voz y guitarra acústica, con la fuerte sombra de Víctor Jara, a quien descubrí junto a Syd Barrett. Viajes en LSD, de verdad, Hoffmann, oyendo KLF o a Víctor se hicieron rutina y encerrado en mi hogar solo tenía algo con mujeres que aparecían por mi casa".

El futuro se fue, según reseña el sitio musicapopular.cl, "sonaba a angustia, aridez y dolorosa introspección, con cortes en los que el músico parecía por momentos desgarrarse, y en otros estar solo jugando". Fue cuando el cantautor acordó con EMI la anulación de su contrato.

"Escaso éxito tuvo ese trabajo llamado El futuro se fue, sin videos ni promo a petición mía expresa", cuenta en sus memorias. "Como presentación en la sala SCD toqué mi versión de la música techno, que había conocido y amado en la ciudad de Berlín, el volumen y lo pegado de mi música desorientó a los que acudieron curiosos a los shows. Luego devolví el contrato, renunciando a jugosos adelantos firmados por convenio. No sería el próximo Chayanne, o lo que populaba el pop en castellano en esos años", cuenta González en su libro.

Antes de borrarse por unos años en Nueva York, adonde tenía una novia con departamento en Manhattan, y seguiría con sus estudios de sonido, Jorge González estrecharía vínculos con la electrónica que más adelante darían forma a su disco Gonzalo Martínez y sus congas pensantes (1997).

Lo explica en parte en Héroe: “En USA el panorama era desolador: copiando al callo a los grupos de los 70 la moda era el grunge. En Europa había una ola conservadora con gentes como Oasis… triste y sin nada de riesgo. La electrónica me seducía con sus orígenes en el Acid House, más de parque nocturno y el House de Chicago, una extensión de la música disco, aplastada por el rock al ver a tanto negro, latino, gay brillar. Era percibida como algo liviano y en verdad para mí era una vuelta a los locos 20… tanta alegría era sospechosa”.

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