Sudamerican Rockers o cómo un lío amoroso terminó haciendo de Corazones un disco totalmente distinto

El disco -publicado en mayo de 1990 y que llevó a Jorge González a su cumbre compositiva- pudo tener otro final. Antes de un hecho que precipitó el término de la banda con su formación histórica, el trío sanmiguelino tenía otras canciones en mente. Esta es la historia de un álbum que no fue.



Los Prisioneros no estaban conformes. EMI, su casa disquera, tampoco. El tercer disco de la banda La Cultura de la Basura (1987) no había llenado las expectativas. Oscuro, desordenado y con un sonido más tosco que sus antecesores, fue lanzado con una ambiciosa meta: recorrer Chile de norte a sur con casi 40 fechas confirmadas para 1988, justo en el año en que el país decidiría el futuro de la dictadura militar.

La conferencia de prensa en que Jorge González, Miguel Tapia y Claudio Narea anunciarían sus buenas nuevas terminó en polémica. “Votaremos No”, dijo el vocalista ante una “inocente” pregunta de la prensa. Al día siguiente, El Fortín Mapocho tituló: “Los Prisioneros anuncian que votarán ‘NO’ en el plebiscito”. Aquello sellaría la suerte de esa promisoria gira. Sólo se alcanzaron a hacer algunos pocos shows y en lugares reducidos, lejanos a los grandes gimnasios y estadios con los que soñaron.

Descontando su presencia en tres masivas concentraciones por el NO y su vistosa presencia en la franja televisiva de la campaña, eran escasas las noticias de la banda para sus fanáticos chilenos. En cambio, EMI decidió reforzar la promoción del grupo para Perú, Colombia, Ecuador y Venezuela, mercados en los que Los Prisioneros eran artistas valorados, casi como una suerte de excepción ante la invasión argentina del rock latino.

los prisioneros

Así, en común acuerdo, decidieron lanzar una nueva versión de La cultura de la basura para estos mercados con solo 10 canciones (el disco originalmente se empina en 14) agregando la inédita “We are Sudamerican rockers”, grabada en esos meses de vacas flacas y falta de shows.

El disco, que nunca fue reeditado digitalmente ni es considerado parte del canon oficial de la banda, además contiene nuevas versiones de “Pa Pa Pa”, “Que no destrocen tu vida” y “Lo estamos pasando muy bien”, esta vez cantada por Jorge y no por Claudio. El disco fue todo un éxito de ventas y afianzó a Los Prisioneros en el ámbito internacional, además supuso una especie de “primera piedra” para lo que sería el cuarto disco. Como curiosidad, “We are Sudamerican rockers” fue editada en Chile recién en 1991, como parte esencial (y novedosa) del disco de Grandes éxitos que el sello lanzó cuando Los Prisioneros anunciaron que dejarían de existir.

Aquel triunfo entusiasmó a EMI y hacia 1989 son nombrados artistas prioritarios de la firma para todo el mundo. Viajes a México y multitudinarios shows en casi todos los países del países del Pacífico sudamericano se quebraron con una noticia terrible y que dejaría huellas profundas en la relación entre sus pilares fundacionales.

Las cartas

“Descubrí en un cajón de la cómoda de nuestro dormitorio, en febrero de 1989, unas cartas con la inconfundible letra de Jorge. Una escritura desordenada y plagada de alusiones, en donde trataba (a Claudia, su mujer) de ‘niña’. Cuando las leí, enloquecí”. Aquel fragmento es parte de Biografía de una amistad (Thabang, 2014), el segundo libro autobiográfico de Claudio Narea. Allí describe cómo se enteró de la furtiva relación que su esposa mantenía con Jorge, su amigo desde los 14 años.

Lo que parece una noticia fatal se agiganta al considerar que aquel amigo era, además, líder y compositor de la banda que le había permitido vivir de la música y establecer una familia a muy temprana edad.

González, que meses antes había decidido poner fin a su matrimonio con Jacqueline Fresard, también describe aquel momento en Héroe (Avenida La Novena), el texto sobre su vida que publicó en 2017. “Supo el colega de lo nuestro por cartas que yo escribí y mandé y nos pilló. Ardió Trosha (sic) y la banda se fue a la mierda en una semana”.

Claudio esperó a Jorge en su casa de Beaucheff (la misma del video de “Sexo”, grabado un año antes) para encararlo. “Le propiné el golpe más fuerte que he dado en mi vida y no tuvo oportunidad de reaccionar”, relata en el libro. Pese a esto, y a una conversación que se extendió por horas, decidieron seguir pensando en la banda. Tenían una gira de un mes por Colombia a la que no podían fallar. Lo que pasó esa tarde era su secreto mejor guardado.

El pacto, eso si, fue desechado tras un viaje que González hizo sorpresivamente a Chile mientras todo el equipo y la banda gozaban de unos días de descanso. Claudia y Jorge se reunieron otra vez, arrastrados por la pasión y la culpa.

“Tanto se me acercó la mujer de Claudio que me caí para no levantarme en años. Me enamoré profundamente y poco me importaba nada, así estaba de envanecido. Caro lo pagué y aún duele cagarla de tal manera”, escribió Jorge en 2014.

En el viaje a México, que hicieron un mes más tarde, todo parecía volver a tener un final esperanzador. Claudio fue diagnosticado con hepatitis y estuvo al borde de la muerte, lo que frenó los planes de tocar consistentemente en el país azteca. Narea volvió a Chile y estuvo dos meses en cama, tiempo en que ambos amigos parecieron haber recobrado las confianzas y las bromas que los mantenían unidos.

El maldito día de sol

En esos meses de incertidumbre, González y Narea alcanzaron a grabar un demo bajo el rótulo de “El maldito día de sol”, una canción con guitarras rockabilly y beat alegre que escondía una desesperanzadora letra de Jorge. “Hoy me corresponderá llorar tengo mucha pena sin remediar, y sin dinero y sin amor, ninguna esperanza de algo mejor (...) Es un maldito día, maldito día de sol”.

La idea era que, tal como en el disco pasado, los tres prisioneros aportaran canciones para un álbum que partiría con “We are Sudamerican rockers” y que vendría a afianzar el sonido que los llevó al éxito.

Narea y Tapia comenzaron a trabajar, ahora con el objetivo de superar aquellas discretas canciones que lograron colar en el pasado. Mientras que el guitarrista aportó con “Danza porque sí” (que luego grabaría con su nueva banda Profetas y Frenéticos) y “Fotos y autógrafos” (aparecida años después en el recopilatorio Ni por la razón, ni por la fuerza), Tapia por su parte compuso “Historia ociosa”, que también terminaría reciclada en el primer disco de Jardín Secreto, el dúo que formó junto a Cecilia Aguayo después de Los Prisioneros.

“No eran ninguna maravilla en todo caso. Temas del montón intentando hacerse un espacio en un terreno en donde Jorge nos llevaba una ventaja enorme: la composición”, acota Narea.

Aunque González intentó seguir hablando de las injusticias sociales y sus problemáticas -prueba de ello está en canciones como “Las Sierras Eléctricas”-, demos como “El cobarde”, “En forma de pez”, “G.A.T.O.” y “Soy lo peor” anunciaron lo que se venía. Aunque ninguna de esas canciones logró pasar el corte, esas pistas circularon durante años bajo el rótulo de Beaucheff 1435 entre los fanáticos.

Esas 11 composiciones fueron registradas entre el invierno y la primavera de 1989 en los Estudios Konstantinopla, propiedad de Carlos Cabezas (Electrodomésticos).

Con esa idea clara, Carlos Fonseca decidió reactivar los planes de la banda, haciendo que los tres atendieran a la prensa para demostrar que el conjunto seguía vivo. Allí se definieron “nuevamente humildes” ante los micrófonos y Jorge adelantó algo que los otros dos integrantes aún no tenían del todo claro. “El disco tendrá mejor tratamiento con la melodía (...) muchas canciones de amor, de vivir con la gente, de la relación las mujeres, asunto en el cual no habíamos hablado mucho”, dijo a La Época en septiembre de 1989.

No rebajes estas relaciones

Con el corazón roto por sentir que su amorío con Claudia terminaría inevitablemente, las composiciones de González fueron mutando hacia el desamor inspiradas en ella como destinataria. Fueron apareciendo en su radar canciones como “Estrechez de corazón”, “Tren al sur” junto a “Amiga mía” y “Cuéntame una historia original”, acaso las más explícitas de todas.

“Llené mis cuadernos con pensamientos que ella me provocaba y perdí la cabeza”, escribió escueto en Héroe (2017).

Con EMI apostando ciegamente en aquel disco y con un estudio y productores confirmados en Estados Unidos, Carlos Fonseca hizo llegar a Claudio y a Miguel una cinta con las canciones elegidas. Además de no incluir ninguno de los demos originales, “We are Sudamerican rockers” fue eliminada de la lista porque no se ajustaba al “nuevo sonido”.

“Cuando puse la cinta en mi equipo de música tuve una desagradable sorpresa. Me sentí humillado, ¿cómo era posible que compusiera canciones para Claudia y esperase que yo las tocara (...) Corazones casi no tendría guitarras. Eso significaba que yo comenzaría a tocar teclados, un instrumento que no me interesaba y para el cual no tenía habilidad”, rememora el guitarrista en su libro.

González terminó viajando solo a Estados Unidos durante esos últimos meses de la década de los ochentas. En tres períodos, grabó junto a Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel las nueve canciones de lo que se convertiría en el disco más vendido bajo el rótulo de Los Prisioneros. En tanto, el romance entre la mujer de su amigo y él se fue volviendo cada vez más intermitente, dejando como gran hito un viaje que realizó junto con ella al sur, en tren, semanas antes de uno de sus viajes a Norteamérica.

El último ensayo

Pese a que el contacto entre sus integrantes era mínimo, en enero de 1990 Jorge citó a sus dos compañeros en una fuente de soda en Gran Avenida. Narea sabía que dejar la banda significaba la cesantía y aprietos económicos, por lo que en común acuerdo con su pareja, decidió volver e intentar seguir siendo un prisionero.

Con una aparente nueva calma, se juntaron como en antaño a ensayar en la casa de González en San Miguel. Aquellas sesiones resultaron tortuosas. El vocalista estaba empecinado en tener largas horas de ensayo -algo a lo que nunca acostumbraron- y el guitarrista aún no comprendía su lugar en el trío. “Me sentía podrido. Obligado a oír toda esa mierda electrónica”.

“Narea no estaba ni ahí con la música esa de ‘Tren al sur’, ‘Amiga mía’ y todo eso… Le cargaba, la odiaba. Bueno… Okey, es su gusto, pero tampoco él había compuesto unos temas equivalentes a esos como para equipararlos”, dice González en Héroe, 25 años más tarde.

Aunque lo intentó, no fue posible ver al guitarrista tocando las nuevas canciones en su totalidad. Cuando el disco estaba en etapa de mezcla final, Narea se desentendió de los ensayos durante semanas y luego, en una conversación informal, comunicó su decisión a Miguel Tapia.

En marzo de 1987, la familia Narea decidió volver a unir sus lazos esta vez bajo las leyes de la iglesia. Miguel, quien por ese día se acercó bastante a Claudio, ofició de chofer de la pareja. González no estuvo invitado y perdió el contacto con el guitarrista hasta mediados de los noventas, cuando EMI los volvió a juntar para lanzar un rentable álbum recopilatorio.

“Tren al sur”, el primer single de Corazones, salió apenas cuatro días antes del álbum, y encontró una dispar recepción del público y las radios. Aquello no sonaba a Los Prisioneros.

En los meses siguientes, y con fe ciega en el disco-, González y Tapia decidieron reformular la banda con la incorporación de Robert Rodriguez de Banda 69 en el bajo (Jorge oficiaría como guitarrista) y a Cecilia Aguayo, ex Cleopatras, a cargo de los teclados.

Sumarían medio centenar de presentaciones en Chile y el extranjero, incluida una doble presentación en el Festival de Viña en febrero de 1991, tras años de prohibición. El punto final llegaría el 31 de octubre. “Se acabó, juntos no tenemos nada más que decir”, fue la frase de González a los diarios antes de abarcar una gira por el país bajo el rótulo “Adiós Prisioneros”.

Cuéntame una historia original

Como apéndice se consignan las versiones que circularon en la prensa por la ausencia de Claudio Narea en esa nueva etapa de Los Prisioneros. Aunque los rumores de un “lío de faldas” circulaban de boca en boca, Miguel y Jorge decidieron bajar el perfil al problema en las decenas de entrevistas de promoción para Corazones.

En mayo, Las Últimas Noticias consignó que Narea se había “alejado por razones personales” y en el Wikén, de El Mercurio, González declaró: “Hace rato que Claudio se estaba yendo. Es muy fuerte para él estar lejos de su familia, él tiene un niñito y una esposa y con esta pega -especialmente después de este disco-, iba a tener que estar muy alejado. Además, en la parte musical él tiene intereses más rocanroleros y el disco nuevo es con sintetizadores, lo que no significa que más adelante no hagamos una cosa con guitarra y eso”.

Narea, en cambio, no tuvo tantos problemas para hablar del tema. Un año más tarde, en medio de la promoción de su nueva banda Profetas y Frenéticos, dijo al diario La Época: “La verdad es otra. Decidí irme porque no estaba a gusto. Todo se hacía a la pinta de Jorge (...) teníamos canciones con Miguel que queríamos incluir pero él nunca nos dejó. Creo que es tiempo que se acaben las mentiras. Los Prisioneros fueron una farsa a partir de un momento (...) fui el prisionero que más conservó los pies en la tierra. Pienso que no es bueno vivir por el dinero ni enfocar la vida en un suicidio constante como lo hace Jorge. Atacaba a los ricos y al final terminó subiéndose al mismo carro”.

En 2001, la formación original de Los Prisioneros se reunió en dos históricos conciertos en el Estadio Nacional y una posterior gira por Chile, América y España. Pese a las heridas del pasado, Claudio Narea tocó por primera vez junto a la banda canciones como "Tren al sur”, “Corazones rojos” y “Estrechez de corazón”.

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