Benjamin Moser, biógrafo de la escritora: “Susan Sontag necesitaba la figura de la gran diva para ocultar sus inseguridades”

El autor habla de Sontag: Her Life and Work, que acaba de recibir el Premio Pulitzer. En esta biografía aborda los aspectos más conflictivos de la intelectual fallecida en 2004, desde la relación con su madre alcohólica, sus dificultades con la maternidad hasta sus relaciones con hombres y mujeres.


Cuando supo que entre los invitados estaba Susan Sontag, José Donoso se aterró. Era septiembre de 1975 y Kurt Vonnegut, a quien conoció en los 60 en Iowa, lo invitó a una cena en su departamento, en Manhattan. De algún modo, los temores de Donoso se confirmaron: en la cena Susan Sontag le contó que había leído un guión de El obsceno pájaro de la noche. “Es muy malo. Esa película no debería hacerse”, le dijo. Enseguida quiso saber qué hacía Donoso en la ciudad. Cuando el autor chileno le contó que trabajaba en un guión sobre Arthur Rimbaud, ella, con el aire de superioridad que cultivaba, le preguntó: “¿No sabes que hace tres años el director Nelo Risi, en Italia, hizo un film sobre la vida de Rimbaud, y que fue un flop completo?”. Donoso sintió que todas sus enfermedades de hipocondríaco revivían en ese momento, y le preguntó cómo lo sabía. “I edited it”, dijo ella.

Susan Sontag, la brillante figura intelectual de Nueva York, era “maravillosa pero insoportablemente arrogante”, recordaría Donoso. Probablemente es la impresión que conservó casi todo el mundo que compartió con la autora de Notas sobre lo Camp, la ensayista que marchó contra Vietnam y montó Esperando a Godot durante la guerra en Sarajevo, la escritora que era modelo de inteligencia y glamour. Esa imagen se desprende poderosamente de Sontag: her life and work, la biografía escrita por Benjamin Moser que acaba de recibir el Premio Pulitzer.

Voraz lectora y de aguzada inteligencia, Sontag cultivaba la altivez intelectual: sabía que el conocimiento es poder, y eventualmente lo ejercía con crueldad. “Toda mi vida he buscado a alguien inteligente con quien hablar”, anotó en sus diarios. Moser narra que en una ocasión, a mediados de los 90, se enfureció con un lector que le preguntó por uno de sus primeros ensayos. “Está desfasado, intelectualmente muerto”, comentó.

Esa actitud la sufrían también quienes formaban parte de su mundo más íntimo. Benjamin Moser recuerda, por ejemplo, el trato que le daba a Annie Leibovitz, la célebre fotógrafa que fue su pareja durante 15 años. Típicamente en una cena, por ejemplo, Susan Sontag haría referencia a Artaud, miraría a Leibovitz y le diría: “Tú no entenderías quién es”.

“Ella era como una droga para la gente”, dice Benjamin Moser a La Tercera. “Se obsesionaban con ella, y aunque lleva muerta 16 años, mucha gente todavía lo está. Ella podía ser muy cruel, pero para muchas personas también fue la relación más importante e inspiradora de sus vidas”.

Nacida en Nueva York en 1933, Susan Sontag murió en la misma ciudad, producto del cáncer en 2004. La crítica y ensayista que deslumbró a la intelectualidad de los 60 y se convirtió en símbolo de la sensibilidad de la izquierda más sofisticada, que tendió un puente entre la alta cultura y la cultura pop y que abrazó el activismo político, era ya una celebridad mundial.

En 800 páginas, la biografía de Benjamin Moser explora en la personalidad compleja de la crítica cultural que aspiraba a ser reconocida como novelista, en sus logros y en sus aspectos menos luminosos, desde la conflictiva relación con su madre al vínculo igualmente conflictivo con su hijo David, la difícil relación con su cuerpo y su sexualidad, su obsesión con la fama y la posteridad.

Instinto maternal

La historia de Susan Sontag es la historia de una transformación o de permanentes transformaciones. Tras la muerte de su padre a los 5 años, vivió con su madre y su hermana en diferentes lugares. Su madre solía cambiar de casa como cambiaba de pareja; al parecer su rasgo más estable era el alcoholismo y cierta crueldad en el trato con sus hijas. En sus diarios, Sontag escribió: “Aquella horrenda mujer siempre estaba poniendo en entredicho mis sentimientos”.

La relación con su madre dejaría huella en ella, anota su biógrafo: de algún modo, aquella educación sentimental definiría sus futuras relaciones y el vínculo con su hijo David. Además, observa, Susan Sontag heredaría un rasgo común en los hijos de personas alcohólicas: “Debido a que temen que las personas de fuera sepan cómo es su vida hogareña, crean una división muy marcada entre lo que muestran a otros y cómo son realmente sus vidas. Esto era muy típico de Susan. La diferencia entre la persona pública y la persona privada era enorme”, afirma.

Los libros fueron su gran refugio.. Se graduó de la secundaria a los 15 años y a los 17 conoció al profesor y ensayista Philip Rieff, con quien se casó una semana después. Moser cuenta que fue ella la verdadera autora del libro Freud: la mente del moralista, firmado por Rieff en 1958 y quien solo la reconoció en la dedicatoria. Se divorciaron ese mismo año. Cuatro décadas después él le envió una copia con este mensaje: “Susan, amor de mi vida, madre de mi hijo, coautora de este libro: perdóname. Por favor. Philip”. Ella nunca lo perdonó.

Susan Sontag tenía 19 años cuando nació su hijo David. En los primeros días, la maternidad fue traumática para ella. “Quería perder el sentido, no enterarme de nada; nunca se me ocurrió amamantarlo; guardé cama durante un mes”, anotó en sus diarios.

Tras su divorcio, partió a Nueva York con su hijo, a quien quiso convertir también en un pequeño genio: a los cuatro años, David ya leía a Homero. En Manhattan, como Susan no podía pagar niñeras, solía llevarlo a sus reuniones con artistas y escritores. Durante su adolescencia, ella sería una presencia intermitente: mientras viajaba por el mundo, David quedaba al cuidado de sus amistades. Más tarde, él dejaría la universidad y pasaría por períodos depresivos, así como por la adicción a drogas.

La escritora Jamaica Kincaid, citada por el biógrafo, afirma que “ella realmente quería ser una gran madre, pero era como querer ser una gran actriz, o algo así. ... Ella no tenía un instinto real para eso”.

La doble vida de Susan

Esas dificultades también afectaban a sus relaciones de pareja. Susan Sontag tuvo romances con hombres, entre ellos Jaspers Johns, Bob Kennedy, y Joseph Brodsky, pero sus relaciones más importantes fueron con mujeres, especialmente Nicole Stéphane y Annie Leibovitz, quienes la acompañaron y apoyaron económicamente durante sus dos tratamientos contra el cáncer. Aun así, cuando le preguntaron por su relación con Leibovitz, ella diría que era “un falso chisme”.

Esa dualidad se grafica también al leer sus diarios, donde ella reconoce sus tendencias lesbianas, se recrimina constantemente y acusa sus contradicciones. En una de sus entradas anota “todas las cosas que desprecio en mí misma. . . ser una cobarde moral, ser una mentirosa, ser indiscreta conmigo misma, con los demás, ser falsa, ser pasiva”.

La biografía aborda también su actividad política, que pasó de la fe al escepticismo frente al comunismo, así como su ambivalente relación con la fama y su preocupación por la posteridad.

Ella parecía tener un yo dividido: una Susan pública y otra privada, ¿cómo se relacionaban ambas?

Ella necesitaba la figura de la gran diva, de la mujer más inteligente del mundo, para ocultar sus lacerantes inseguridades. Este se convierte en uno de sus grandes temas filosóficos: la diferencia entre la persona que otras personas ven (la representación, la metáfora) y la realidad detrás de ella.

¿Qué llevó a una mujer de su inteligencia y carácter a negar y ocultar su homosexualidad?

No es una cuestión de carácter e inteligencia, sino una cuestión de cultura. Ella creció en una sociedad donde las personas homosexuales no eran tan odiadas o discriminadas en tanto se suponía que no existían. Y parece que ella siempre esperó poder cambiar. Al mismo tiempo, las lesbianas sabían que era una de ellas y que era una figura extremadamente inspiradora, particularmente porque había muy pocas modelos para ellas.

En su opinión, ¿cuál fue su mayor logro?

Fueron tantos. Pero creo que ella defendió la dignidad de la cultura, nuestra tradición intelectual, política y literaria, como nadie más lo hizo. Ella nos estimula a leer más, a ver más, a aprender más, a ser mejores de lo que nuestra sociedad espera que seamos.

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