Gabriela Cabezón Cámara, escritora argentina: “Después de la pandemia, vamos a tener que batallar por una vida digna”

La escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara.

Finalista del Man Booker International, es una de las voces imprescindibles de la narrativa transandina actual. En cinco novelas ha dado forma a una obra que destila poesía, subversión y fuerza expresiva. Ahora reedita en Chile su segunda obra, Le viste la cara a Dios, con Los Libros de la Mujer Rota.


El ejercicio tenía algo de juego. Gabriela Cabezón Cámara (1968) estaba en Berkeley, California, con una beca de escritora en residencia. El ambiente del campus, sus árboles y parques, las ardillas corriendo entre ellos, la gente de todas partes del mundo, la tenían encantada. Entre los compromisos de la beca, propuso dictar un taller de novela en verso, es decir, de género gauchesco. “Y ahí se me hizo carne algo que ya sabía, que es un género que no tiene ninguna perspectiva femenina. Y pensé qué divertido contar este mundo —que es, además, una especie de mega relato de la cruenta conformación de la Nación— desde el punto de vista de una chica”, cuenta.

De esa forma, con espíritu lúdico, la escritora argentina comenzó a dar vida a Las aventuras de la China Iron, una novela que narra el mito fundacional del Martín Fierro desde la perspectiva femenina. Traducida al inglés, la novela está finalista en el Man Booker International en el Reino Unido. “Esta historia, borracha de palabras y visiones, es una elegía a la tierra y sus culturas perdidas”, comentó el diario The Guardian.

En diez años de trayectoria, Gabriela Cabezón Cámara adquirió una notoriedad insoslayable en la narrativa argentina, equivalente a sus méritos. Con inteligencia y sensibilidad literaria, en cinco novelas construyó una obra que destila música, poesía, subversión y fuerza expresiva.

El romance entre un transformista de una villa miseria y un reportero de la crónica roja, animó su primera novela, La Virgen Cabeza, de próxima aparición en Estados Unidos. La segunda, la novelita breve Le viste la cara a Dios, reafirmó su estilo donde resuenan la herencia culta y las voces populares, el feminismo y el policial, la tragedia y el humor negro.

Considerada una de las mejores novelas de 2011 en Argentina, Le viste la cara a Dios aparece ahora en Chile con el sello de Los Libros de la Mujer Rota. Originalmente se trató de un encargo: reescribir La bella durmiente en versión adulta. La autora trasladó entonces el cuento a un prostíbulo de Buenos Aires, donde Beya es víctima de violencia sexual y parece transitar entre la lucidez y del delirio.

“En principio, la propuesta de reescribir La bella durmiente me resultó desconcertante: ¿qué decir de un personaje que se la pasa en una cama, presa de una maldición, durante una eternidad de tiempo? Me repetí la pregunta muchas veces hasta que quedó formulada como ‘una mujer presa en una cama durante una eternidad’. Fue ahí que se me armó la asociación con una víctima de trata, de una esclava sexual torturada constantemente violación tras violación”, cuenta.

Gabriela Cabezón Cámara dice que la conmovió el caso de Marita Verón, la joven desaparecida hace 18 años y presuntamente secuestrada por la red de trata de blancas. Y sobre todo “la búsqueda desesperada y valiente de su mamá, Susana Trimarcor”.

¿Cuál fue el mayor desafío al escribir la novela?

La perspectiva, ¿quién hablaba? La primera persona me excedía: no me sentía capaz de escribir dolor semejante en primera persona. La tercera, alguien mirando de afuera, me resultaba muy perturbadora, ¿quién era? Cuando encontré la segunda empezó a fluir. Por un lado, me parecía que una persona bajo tortura podía desdoblarse, pensar algo así como estas basuras torturadoras tienen mi cuerpo pero no me tienen a mí. Y en ese desdoblamiento crearse una interioridad, algo propio fuera del alcance de sus captores, y construir alguna forma de resistencia. Otro desafío fue el dolor. Me produjo muchísima angustia escribir este texto. Eso lo pude llevar un poco mejor cuando empecé a escribirlo sobre una base octosilábica. Me permitía a mí misma dejarme llevar por esa música tan propia del castellano, tan que te lleva, te lleva. Y hacía de todo el texto una especie de letanía.

El relato está abrazado por un ritmo y una respiración muy personal. ¿Cuán importante es este aspecto para usted?

Para mí la materialidad de la lengua, el sonido y la respiración, como vos decís, son muy importantes. Creo que una literatura debe ser consciente de que la lengua suena y se respira. Para mí está muy en primer plano eso cuando escribo y cuando leo también. Si se tienen en cuenta esas dos cuestiones, se rompe alguna forma de la linealidad. Por ejemplo, la de las encadenaciones lógicas de sentido. También se pueden hacer encadenaciones fonéticas. Y ver cómo estalla el sentido y se arman otros muchos de lo más inesperados y sin embargo resonando siempre de algún modo, incluso por pura diferencia, con el paradigma que les dio origen.

El libro tuvo gran resonancia en Argentina, ¿recuerda cómo fue? ¿La sorprendió?

Sí, la verdad que sí, me sorprendió mucho; es un texto breve y escrito con deseos de intervenir en una cuestión pública pero, bueno, que una tenga un deseo de intervención no significa que vaya a ser leído así. Y fue, hasta donde supe, leído así y también en términos de literatura, de narración de la violencia, en relación a toda una tradición argentina cuyo primer texto, al decir de David Viñas, “la literatura argentina comienza con una violación”, sería El Matadero de Esteban Echeverría y cuya cumbre, creo yo, sería Osvaldo Lamborghini. Me gustaría agregar algo: Viñas se quedó corto. No es la literatura argentina lo que empieza con una violación, con una vejación asesina. Es Latinoamérica toda, mucho más allá de cualquier ficción.

Gabriela Cabezón Cámara, finalista del Man Booker International.

Literatura y feminismos

Finalista del Premio Booker en el Reino Unido con Las aventuras de la China Iron, Gabriela Cabezón Cámara recuerda el origen de la novela en los luminosos días de Berkeley, ahí, muy cerca de Napa Valley y cuando ella misma había descubierto el pinot noir. Aquello partió como un juego, ¿pero tenía también algo de rebelión?

“Empecé con mucha alegría, fue una idea que me surgió con alegría; también porque implicaba meterse con toda una tradición que amo", dice. "Desde el principio quise que la vida de ella no fuera como la de su marido Martín Fierro. Quise para ella una vida luminosa, alejada de la crueldad asesina que padeció él. Creo que Fierro cuenta el final de la consolidación de mi país: el triunfo de la clase que decidió someterse al imperio y cumplir el rol de país proveedor de materias primas y llevar a cabo esa producción en grandes latifundios. Para eso necesitaban reducir al gaucho que, como en el caso de Martín Fierro, a veces era un pequeño productor —“Tuve en mi pago en un tiempo/ Hijos, hacienda y mujer”: más allá del orden de los factores, un horror, dice que tuvo hacienda: no era un lumpen, era un pequeño productor— necesitaban reducir al gaucho, decía, al rol de trabajador rural sin derecho alguno. Y exterminar al indio para expandir la frontera agropecuaria. Hicieron las dos cosas y de algo de todo esto se trata Martín Fierro. Para que la China tuviera una vida luminosa me fue necesario pensar alguna otra realización de país. En cuanto a la rebelión literaria, qué decirte: si revisar amorosamente pero también con humor e ironía es una rebelión, entonces será. No sé”.

Hace un tiempo las escritoras argentinas lograron una visibilidad más allá de sus fronteras y del idioma: Selva Almada, Mariana Enríquez, Samantha Schweblin.¿ Tiene vínculos con ellas? ¿Qué le parece la emergencia de esta narrativa escrita por mujeres?

Tengo vínculos con ellas. Algunas son de mis amigas más cercanas, otras no tanto, pero con todas tengo un vínculo cálido, de respeto y admiración. Creo que son producciones con poéticas muy diversas que tienen poco en común más allá de su potencia, que es mucha. Respecto de la irrupción de las mujeres en el campo literario argentino me parece que ya era hora, ¿verdad? La pregunta, que se repite constantemente y en lugares de lo más disímiles, habla por sí misma: dice sorpresa, dice hecho inédito. Ya era hora. Las mujeres, y las mujeres latinoamericanas, escribimos hace mucho. Vaya un abrazo cruzando los siglos a Juana Inés de la Cruz.

Su desarrollo como escritora ha sido en paralelo con los nuevos movimientos feministas. ¿Su literatura dialoga con ellos?

Soy de la idea de que todas las narrativas contemporáneas dialogan de una forma u otra con este nuevo contexto cultural: no se puede escribir fuera del contexto cultural en el que se vive. Se puede dialogar más o menos explícita y directamente, pero dialogar, se dialoga siempre. Creo que sin el auge de los movimientos feministas difícilmente hubiéramos tenido la posibilidad de publicar tantas mujeres. Aun hoy publicamos menos mujeres que varones, pero las publicadas somos muchas más que antes. Con los movimientos feministas tengo relación pero mi escritura no es programática. Escribo sobre lo que me interpela nomás.

Escribió un texto para la antología El futuro después del Covid-19. Allí dice: “No nos entreguemos a una vida online que sea sencillamente una continuidad de lo mismo”. ¿Qué espera de la vida después de la pandemia?

Lucha dura. En estas semanas, meses, se concentró aun más la riqueza a nivel global: Zuckerberg y Bezzos, por ejemplo, son aun desmesuradamente más ricos de lo que eran. Y miles y miles y miles de millones somos más pobres. Vamos a tener que batallar por una vida digna. O seguir batallando en el caso de pueblos valientes como el chileno.

Le viste la cara a Dios, editado por Los Libros de la Mujer Rota.

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