Por un voto: Alessandri versus Barros Borgoño, a un siglo de la elección presidencial más reñida de la historia de Chile

Arturo Alessandri Palma (al centro).Biblioteca del Congreso.

Con el apoyo de las clases populares, para quienes encarnaba los anhelos de efectivos cambios sociales, Arturo Alessandri Palma fue elegido Presidente tras un duro proceso electoral. Un ambiente agitado -muertos incluidos- y hasta una guerra que resultó ser ficticia, llevaron a que fuera un Tribunal de Honor el que terminara por dirimir los comicios.


Todavía no terminaba de tomar once, estaba aún con la taza de té humeante en la mano cuando comenzó a sonar de manera insistente el timbre de la casa de Arturo Fortunato Alessandri Palma en la Alameda. Un tumulto de gente se había agolpado frente a su puerta, y exigió que el “León de Tarapacá” saliera de su hogar. Alessandri lo hizo. La gente le informó que en el Salón de Honor del Congreso Nacional -entonces, en calle Compañía- ya se había iniciado el conteo de votos para dirimir al candidato presidencial de la Alianza Liberal.

Era la tarde otoñal del 25 de abril de 1920. Alessandri peleaba la nominación contra el dueño del diario La Nación, Eliodoro Yáñez. La gente –según cuenta el mismo “León” en sus memorias- le aseguró que según los cálculos que se estaban realizando en el mismo lugar, ya llevaba el 60 por ciento de los votos.

Ante la insistencia de la gente, el político dejó su taza de té y partió caminando junto a la muchedumbre al Salón del Congreso. Ahí, como un rockstar, fue recibido por una ruidosa ovación. Y según cuenta en sus memorias, fue llevado “a pulso” por la gente hasta la mesa en que se encontraban los principales dirigentes aliancistas.

Ahí, le informaron que la noticia que había recibido era cierta. Ya había superado con creces el 60% de los votos y era oficialmente el candidato de la Alianza Liberal, que reunía a liberales de avanzada, radicales y demócratas, para la elección presidencial fijada para el 25 de junio. Días más tarde se conoció a su retador: Luis Barros Borgoño, de la Unión Nacional, una coalición de conservadores, nacionales y liberales moderados. Será la más reñida de la historia republicana del país.

“Quiero ser una amenaza”

Con el recuerdo todavía fresco del horror de la Primera Guerra Mundial, para 1920 el mundo parecía inmerso en una nueva era. Los bolcheviques en la tradicional Rusia zarista habían conquistado el poder y no sin dificultades levantaban un estado de inspiración socialista. Movimientos populares similares, con diferentes resultados, ocurrieron en Alemania, Italia, Francia, entre otros. La elección presidencial de ese año estará cruzada por la tensión internacional y el fantasma de la revolución que avanzaba sobre la golpeada Europa.

Más con la situación de la llamada “cuestión social” presente en el debate, que había propiciado el surgimiento de organizaciones sociales, huelgas, matanzas -como la de la Escuela Santa María de Iquique (1907)- y algunas iniciativas legislativas como la “Ley de la silla”(1914). Además, la economía poco a poco se recuperaba de los vaivenes en el mercado mundial del salitre que tras la guerra provocaron una recesión, debido a la dependencia de la exportación del nitrato.

Por ello, más que nunca, la coyuntura internacional será clave. “Es fundamental, en tanto el triunfo bolchevique y la posible propagación de ese ejemplo a otros territorios se constituye para todas las clases dirigentes del mundo en una seria amenaza (y para los partidarios de la revolución en un motivo de esperanza) -explica a Culto el historiador Julio Pinto Vallejos-. En ese contexto, de resolución potencialmente rupturista de la cuestión social, cualquier apelación a las contradicciones que la atraviesan adquiere un sentido potencialmente desestabilizador”.

Arturo Alessandri Palma. Biblioteca del Congreso.

Alessandri siguió de cerca el fin de la guerra mundial y sus consecuencias. “Los acuerdos del Tratado de Versalles -que pusieron fin a la guerra- fueron determinantes en la reafirmación de su compromiso con los derechos de los trabajadores -detalla el historiador y académico del Instituto de Historia de la PUC, René Millar Carvacho-. En ese documento se instaba a los países a que dictaran una legislación protectora de los obreros, porque solo de esa manera se evitarían conflagraciones en el futuro”.

El “León”, por entonces un abogado de 51 años que había hecho fortuna representando a oficinas salitreras además de ocupar puestos en la Cámara y el Senado, encarnó una fuerza diferente. “Se presentó como un reformista, en contra del orden establecido, representante de los sectores populares y de las provincias, con un discurso anti oligárquico”, explica Millar. Lo enfatizó en uno de sus fogosos discursos de campaña. “Quiero ser una amenaza para los espíritus reaccionarios, para los que resisten toda reforma justa y necesaria”. Era parte de un estilo.

Estilo que alimentaba el fervor popular. Más de alguna vez, el político fue subido a una silla por sus seguidores y llevado en alza. La prensa de la época consigna que incluso hubo gente que sacaba el estuco de su casa para usarlo como medicamento. En las giras a regiones, era recibido por multitudes en las estaciones ferroviarias, donde se le esperaba con bandas de música de gremios obreros que interpretaban el Himno Nacional, la Canción de Yungay o la Marsellesa. Los “¡Viva Alessandri!” se escuchaban rotundo, mientras obreros y trabajadores lanzaban sus sombreros al aire.

Ese estilo fogoso e intenso, que presentó en su campaña senatorial de 1915, fue el que le valió su apodo. Aunque en rigor, al primero que le endilgaron el mote fue al Teniente coronel Eleuterio Ramírez, abatido por un balazo en la batalla de Tarapacá (1879), durante la Guerra del Pacífico.

En lo esencial, el programa de gobierno de Alessandri no era muy diferente al de Barros Borgoño, por cuanto ambos ofrecían algunas reformas sociales y la promulgación de leyes laborales sobre condiciones de trabajo y previsión, como lo ha establecido la historiografía. Pero a diferencia de las serias disertaciones de su rival en salones, lo suyo era una forma novedosa de hacer política. Directa, franca, campechana. Haciendo gala de su carácter.

Arturo Alessandri Palma. Colección Biblioteca Nacional.

Julio Pinto explica que en lo medular, la candidatura del “León” apelaba a “la convocatoria abierta a las clases populares, en su voluntad de apoyarse en su movilización, y en trasladar la política desde los salones a la calle. Eso era una ruptura bastante radical para las prácticas políticas de la época”.

Para el historiador y académico Sergio Grez Toso, Alessandri aprovechó la creciente polarización política en momentos en que las organizaciones de trabajadores estaban en un momento de crecimiento. “Su encendido verbo, de marcados rasgos populistas, electrizó a las masas en un momento en que el movimiento obrero se encontraba en alza, pero sin haber alcanzado aún la maduración y niveles de conciencia que exhibiría décadas más tarde”.

Luis Barros Borgoño, un intelectual y político de 64 años, era lo opuesto. “No tenía dotes oratorias y su discurso quedaba condicionado por el academicismo heredado de su pasado como profesor universitario -detalla René Millar Carvacho-. A esto agregaba un mensaje de orientación conservadora, en el que se acentuaban ideas referentes al orden y la tranquilidad, lo que no implicaría el inmovilismo, pues postulaba el desarrollo educacional y el despacho de una legislación social, tanto o más avanzada que lo planteado por Alessandri.

Luis Barros Borgoño. Colección Biblioteca Nacional.

“Canalla dorada” (para referirse a la oligarquía), o “chusma inconsciente”, eran algunas de las expresiones que se recuerdan hasta hoy como parte de ese discurso del “León”. Con el uso de palabras y giros del habla popular, entusiasmaba a las masas y se hacía parte de una crítica a la élite. “Su discurso, más que anti aristocrático, es anti oligárquico, contrario a quienes controlan el poder en beneficio propio -explica Millar- recalcaba, en sus intervenciones que ‘pese a quien pese’, es decir, de los defensores del orden establecido, de los abusos, de los explotadores del pueblo, sería presidente de la República.”.

Para Julio Pinto, Premio Nacional de Historia 2016, hay una posible segunda lectura “no necesariamente excluyente”, sobre esa forma de hacer campaña. “En un sentido más profundo, su lectura de la ‘cuestión social’ lo hizo convencerse que si no se lograba reintegrar al mundo popular a la institucionalidad política, las consecuencias podían ser mucho más serias: de nuevo la amenaza de la revolución…”.

“Aguárdate que Alessandri, Cielito Lindo, te baje el moño”

Entrando al invierno, la figura del candidato ocupó todos los espacios. Por entonces, tal como detalla la historiadora Sol Serrano en su ensayo “Arturo Alessandri y la campaña electoral de 1920”, era común la declamación de versos y canciones en su honor en especial cuando hablaba a las multitudes desde el balcón de su casa. En las calles se repartían volantes con su imagen y poemas de alabanza; se estrenó una obra de Teatro llamada “Alessandri sí”; e incluso, en un circo se reproducía, en un gramófono, un discurso suyo.

Por esos días, en calles, cantinas y salones, una canción comenzó a entonarse al calor del entusiasmo. “Ay, Ay, Ay, Ay, Barros Borgoño, aguárdate que Alessandri, Cielito Lindo, te baje el moño”, decía el estribillo. Era una adaptación “a la chilena”, de la canción popular mexicana “Cielito lindo”, compuesta en 1882 por Quirino Mendoza y Cortés. Para la posteridad quedó como una suerte de símbolo de la campaña.

“[El ‘Cielito lindo’] se cantó más que el Himno Nacional. Cantábanla con o sin luz, dentro y fuera de casa, en los tranvías, en las victorias, en donde hubiera trabajadores. Y de dia y de noche el grito de iViva Alessandri! dominaba las calles, las fábricas, los cuarteles, el campo y todo lugar”, recuerda el escritor José Santos González Vera en su libro de memorias, Cuando era muchacho.

En campaña, el candidato recorrió buena parte del país; estuvo en Curicó, Valparaíso, entre otras ciudades. Antes de ser proclamado ya había visitado algunas de estas, por lo que tenía algo de trabajo avanzando. Habitualmente usaba el tren, deteniéndose incluso en algunas estaciones intermedias para hablar a la gente que se congregaba a verlo. Evitó los salones tradicionales y solía hablar con su estilo fervoroso en las plazas o en los balcones de los hoteles donde se hospedaba. En ocasiones solicitaba no contar con protección policial, a fin de evitar enfrentamientos y estar más cerca de sus partidarios.

Como sea, el “estilo Alessandri” no pasaba desapercibido.

Arturo Alessandri Palma. Biblioteca del Congreso.

Los discursos altisonantes, las concentraciones masivas y las canciones, generaron inquietud. De allí a que la coyuntura internacional estuviera presente. Especialmente desde un lado. “La revolución rusa fue utilizada por la propaganda de la candidatura de Luis Barros Borgoño -explica René Millar-. Se presentó a Alessandri como un agitador que encendía el odio de clases y que su triunfo traería la miseria y el hambre tal como ocurría en la Rusia revolucionaria. Por su parte, la candidatura de Barros Borgoño enfatizó el carácter de hombre serio, responsable, representante de los defensores de la paz social, del orden, contrario a cualquier tipo de violencia y partidario de buscar la armonía entre el capital y el trabajo”.

Un inserto de la Unión Nacional publicado en El Mercurio en mayo de ese año, lo mostraba algo así como un Lenin criollo que lideraba pandillas de calicheros, obreros y campesinos . “El candidato de la Alianza Liberal ha tenido especial empeño en fomentar la división de clases, suponiendo antagonismos y odiosidades que en realidad no existen. Cuando habla de clases privilegiadas, necesariamente da a entender que existen otras que son oprimidas, ya que no se concibe el privilegio sin concebir la existencia de una víctima de ese privilegio”.

La campaña se desarrolló bajo un clima de alta tensión política. Y faltaban todavía algunos sucesos que sumarían todavía más crispación al ambiente.

Ese día viernes

Hasta que llegó el día. Viernes 25 de junio de 1920. En las urnas los chilenos debían elegir al nuevo mandatario. Quienes llegaron a votar vieron los nombres en la papeleta: Alessandri, Barros Borgoño, y un inesperado tercer competidor: Luis Emilio Recabarren, del POS (Partido Obrero Socialista).

La postulación de este último –quien se encontraba en prisión- había surgido de una manera espontánea. “La iniciativa de llevar a Recabarren de candidato respondió básicamente al núcleo militante de Antofagasta, y solo logró algún eco en las provincias salitreras”, cuenta Julio Pinto. El postulante no tuvo mayor incidencia en la definición de su propia aventura presidencial.

En rigor, la carta de Recabarren fue sostenida solo por los activistas más acérrimos “sobre todo los que se alineaban con las ideas anarquistas”, explica Pinto. Nunca tuvo un peso real. El mundo popular, en su mayoría decantó por la candidatura del “León”.

Luis Emilio Recabarren

“El grueso del movimiento obrero sí apoyó a Alessandri, en las urnas y en la calle. Así lo reconoce en sus memorias nada menos que Juan Chacón, ya entonces militante del POS y futuro dirigente del PC”, señala Julio Pinto.

“Sí, también fui alessandrista el año 20. Como gran parte de la clase obrera. Nos emborrachábamos con la ilusión y el ‘Cielito lindo’, por muy fochistas, socialistas que fuéramos muchos”, confesó Chacón Corona. Sergio Grez agrega que el nombre de la brigada muralista “Chacón” se debe justamente en memoria de este dirigente.

“Se trataba de ‘un saludo a la bandera’, como lo reconocería décadas más tarde Elías Lafertte en sus memorias, que implicaba un elevado grado de estoicismo de los socialistas, pues significaba marchar contra la arrolladora marea alessandrista en el mundo popular, incluso en las propias filas socialistas y fochistas”, señala Sergio Grez.

“También, el partido levantó la candidatura de Recabarren como reacción a su encarcelamiento, por disposición del juez de Tocopilla, que lo acusaba de desacato, sedición, ‘partición en sociedades ilícitas’ y calumnias”, agrega René Millar.

Para Grez, la candidatura de Alessandri fue vista como una suerte de “vía corta” por los militantes de movimientos obreros, que la privilegiaron por sobre la de Recabarren. “Los ataques verbales del ‘León’ a la oligarquía y las promesas de reforma social suscitaron grandes esperanzas. Las ilusiones ganaron a muchos socialistas y a algunos anarquistas que vieron en Alessandri la posibilidad de un cambio real a corto plazo, sin los sacrificios que significaba la militancia en el movimiento obrero”.

De hecho, añade que la campaña de Recabarren comenzó a efectuarse 25 días antes de los comicios y solo pudo realizarse de manera clara en el Norte Grande.

Recabarren, quien para esos entonces tenía casi 44 años, era un destacado dirigente de las organizaciones obreras. Oriundo de Valparaíso, se había iniciado desde joven en el trabajo como obrero tipógrafo. Esa experiencia la usó para fundar varios periódicos y publicaciones que fomentaban la solidaridad entre la clase trabajadora. Centró su trabajo activista sobre todo en las salitreras. Militó primero en el Partido Demócrata, pero luego, descontento, fundó el POS.

En esa elección de 1920, tal como lo establecía la vigente Constitución de 1833, los chilenos elegían Presidente de la República a través de un sistema indirecto, de electores, tal como el que rige actualmente en Estados Unidos. Cada región elegía una cantidad de electores diferente: Santiago era la mayor con 22, le seguían Concepción (14), Valparaíso (13) y Antofagasta (12).

Por esa paradoja que se da en los sistemas electorales, Barros Borgoño obtuvo más votos que Alessandri (83.100 contra 82.083), pero obtuvo menos electores que el “León”: 175 contra 179. El fogoso nieto de un titiritero italiano había ganado la elección. Pero aún no podría terciarse la banda presidencial.

Resulta que la votación no fue tranquila. Por esos años, las maquinarias de fraude electoral y de cohecho hacían que los comicios fuesen cualquier cosa, menos transparentes. “El cohecho era un fenómeno urbano, de ciudades y pueblos. En los campos prevalecía la voluntad patronal ejercida con indisputada autoridad sobre los inquilinos, e incluso sobre los pequeños propietarios adyacentes a la hacienda”, señalan en Historia del siglo XX chileno (Ed. Sudamericana, 2001) los historiadores Sofía Correa, Consuelo Figueroa, Alfredo Jocelyn-Holt, Claudio Rolle y Manuel Vicuña.

“La violencia fue el denominador común ese día en muchas regiones del país. La Alianza Liberal, a través de las ligas contra el cohecho se dedicó a impedir por la fuerza la votación de los adictos a la candidatura de Barros Borgoño en las zonas urbanas; las acciones más violentas de estos grupos se registraron en las ciudades de Santiago, Rancagua e Imperial. A su vez, partidarios de la Unión Nacional cometieron atropellos de diversa índole en muchas localidades rurales”, señala Millar Carvacho en su libro La elección presidencial de 1920 (Ed. Universitaria, 1981).

Teatro Municipal. Colección Biblioteca Nacional.

Alessandri, acompañado por una multitud, votó en los salones de la Municipalidad de Santiago. “Hubo una agrupación considerable de gente que me acompañó desde la sala de la Municipalidad y siguió hasta mi casa -detalla en sus memorias-. Reunidos allí dispararon una cantidad enorme de tiros de revólveres para manifestar que estaban armados y exteriorizar así su propósito de defenderse y de rendir la vida si fuere necesario para impedir que se les arrebatara el triunfo”.

Otro factor a considerar en esta elección fue el escaso número de personas que votaron. Según la legislación de esos años, solo podían sufragar los hombres, mayores de 21 años y que supieran leer y escribir. Esto hacía que el padrón electoral fuese muy bajo. Quienes estaban inscritos en los registros electorales, eran –según datos del Registro Electoral- 383.331 varones, sin embargo, esa jornada votaron solo 166.115. Es decir, un 9% del total de la población masculina del país.

Quedaban aún todavía algunos años para que a las mujeres se les permitiera participar en las elecciones. Recién pudieron participar en las municipales en 1934, y en las presidenciales, en 1952.

Arturo Alessandri Palma. Biblioteca del Congreso.

A la vista de los resultados, Alessandri obtuvo un mayor apoyo sobre todo en el norte grande –donde había ejercido como Senador-, en Santiago, y al sur del Bío-Bío. Por su parte, Barros Borgoño concentró su apoyo en las zonas rurales -donde la influencia de los latifundistas era fuerte-, el norte chico y Aconcagua.

“En Santiago, Valparaíso y Concepción, lugares de fuerte implantación del POS y de la FOCH, arrasó la candidatura de Alessandri que recibió incluso el apoyo activo de militantes socialistas y dirigentes fochistas”, señala Sergio Grez.

¿Y Recabarren? Obtuvo solo un 0,4% de los votos y la mayoría fueron en las provincias salitreras de Tarapacá y Antofagasta, justo donde se había concentrado su campaña. Por supuesto, no obtuvo ningún elector.

Tanto Alessandri como Barros Borgoño se proclamaron vencedores, hasta que se dieron a conocer los resultados ya expuestos. Sin embargo, dadas las acusaciones de cohecho y fraude desde ambos lados, y dado el escaso número de personas que votaron, al Congreso Pleno –según lo estipulaba la Constitución de 1833- le correspondía oficiar como Tribunal Calificador de Elecciones.

Para Alessandri y sus partidarios la noticia no era buena. Temían que el Parlamento no reconociese su triunfo, debido a que había una pequeña mayoría a favor de la Unión Nacional. Por lo tanto, el “León” decidió apelar a la presión popular para que se reconociese su triunfo, y lanzó una idea: que fuese un Tribunal de Honor el que determinase al ganador.

La tensa espera y “La guerra de don Ladislao”

La gente se congregaba sagradamente todos los días frente a la casa de Alessandri desde que se conocieron los resultados. Hombres, mujeres y hasta niños con vítores expresaban su alegría y escuchaban las encendidas arengas del candidato. En Historia del siglo XX chileno estiman en 10 mil personas las que participaban en cada manifestación masiva de apoyo que tuvo el “León” por esos días inciertos. El fervor era total. En la calle estaba claro de que si se no se reconocía la victoria de Alessandri, ardería todo.

Pero el partido también se jugaba en los salones del Club de la Unión, las terrazas del Club Hípico o en el vestíbulo del Teatro Municipal, como era la norma de la política en esos tiempos. Ambas candidaturas comenzaron a negociar la idea del Tribunal de Honor. Desde la Unión Nacional, en un principio se mostraban partidarios, pero con renuencias, pues no querían que este fuese el órgano que determinara al triunfador, como quería Alessandri.

En eso estaban cuando llegó una noticia sorpresiva.

El 12 de julio de 1920, se produjo un golpe de Estado en Bolivia. Pero esta vez, las esquirlas llegaron a Chile. Resulta que el líder de la junta de gobierno que se instauró en el país altiplánico, el abogado Bautista Saavedra, se declaró partidario de recuperar la provincia de Antofagasta, en manos de Chile desde el Tratado de Paz de 1904.

Saavedra se hacía eco de lo que venía ocurriendo en Perú desde inicios de año. Mal que mal, solo habían pasado 36 años desde el fin de la guerra del Pacífico y los ánimos de nuestros vecinos estaban caldeados.

“La Asamblea Nacional del Perú, a comienzos de enero, había acordado desahuciar el Tratado de Ancón y, con posterioridad, había iniciado una activa campaña en contra de Chile ante las cancillerías extranjeras, al mismo tiempo que realizaba gestiones para la compra de armamento”, señala Millar en su citado libro.

Desde el gobierno de Juan Luis Sanfuentes tomaron nota de esta situación, y el ministro de Guerra y Marina, Ladislao Errázuriz Lazcano –un hombre cercano a la candidatura de Barros Borgoño- decretó la movilización y el envío al norte de un contingente de 10 mil hombres, con el fin de defender la frontera norte ante un eventual ataque de nuestros vecinos.

Por supuesto, el hecho de que esto ocurriera en medio de una contienda electoral, y en medio de las negociaciones por un Tribunal de Honor causó sospecha en los partidarios de Alessandri, quienes vieron en la maniobra una artimaña del gobierno de Sanfuentes –partidario de Barros Borgoño- para arrebatarle el triunfo al “León”, dado que en el Ejército había una gran simpatía por la candidatura de la Alianza Liberal.

Arturo Alessandri Palma. Biblioteca del Congreso.

El mismo Alessandri se refiere a esos días en sus memorias: “Muchos creyeron que esta era simplemente una estratagema para tener fuerza y elementos como afianzar, en el momento oportuno, la actitud del Congreso, arrebatándome por un golpe de mayoría el legítimo triunfo alcanzado en las urnas. Yo era de los que también creía esto”.

Pero la oposición a esta “guerra”, que terminó por recibir el nombre de “La guerra de Don Ladislao”, también se dio en la sociedad civil. Y un actor importante fue la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH). A través de un manifiesto, el organismo –declarado como un ente pacifista- manifestó un voto de protesta contra esta movilización y exigió al gobierno que entregara al país los motivos exactos que justificaban el envío de soldados al norte. Esto provocó la indignación del Ejecutivo y de los partidarios de Barros Borgoño.

Lo que no sabían los jóvenes de la FECH, era que lo peor estaba por venir.

En la mañana del 21 de julio, un tren con reservistas partió hacia el norte, y fue despedido entusiastamente, con cánticos, aplausos y pañuelos, por los partidarios de la Unión. A continuación, se dirigieron en masa a La Moneda, en medio del fervor patriótico. Ahí, el Presidente Sanfuentes se dirigió a la masa acompañado del senador unionista Enrique Zañartu. Lejos de poner paños fríos, Sanfuentes pronunció un discurso donde condenó “la propaganda antipatriótica” que había en el país.

Desde ahí, un grupo enfiló a la sede de la FECH, en esos entonces, ubicada en la calle Ahumada, la cual asaltaron y saquearon. “Sacaron los libros y los quemaron en la calle, rompieron los muebles y los acusaron de tener un retrato de Augusto Leguía, Presidente del Perú, en su sala de conferencias y colgaron en la puerta un cartel que decía: ‘Se arrienda esta casa. Tratar en Lima’”, cuenta la historiadora Sol Serrano en su ensayo “Arturo Alessandri y la campaña electoral de 1920”.

La policía no intervino mientras los saqueadores realizaban su destructiva labor. Solo actuaron al final para tomar detenidos…a los dirigentes de la FECH. Todos fueron procesados, entre ellos, iba el poeta Domingo Gómez Rojas. Su situación traería consecuencias.

Domingo Gómez Rojas. Colección Biblioteca Nacional.

Pero la estela de desgracias de ese 21 de julio no terminaría ahí. En la noche, un grupo de manifestantes a favor de la candidatura de Barros Borgoño recorrió las calles de Santiago. Como consigna Millar en su referido libro, el piquete “se cruzó con algunos contramanifestantes, anarquistas según las informaciones de prensa y la posterior investigación judicial”. En la friega, una bala perdida dio muerte al joven conservador Julio Covarrubias Freire.

Cerca de él, un estudiante de derecho de la UC, Alberto Hurtado Cruchaga, intentó auxiliarlo. Pero el futuro santo de la Iglesia chilena recibió un garrotazo en su cabeza, que no le dejó mayores secuelas.

Pero la muerte de Covarrubias, y el ataque a la FECH no serían lo último. “Otro grupo, compuesto por civiles de derecha, policías y militares asaltó e incendió la Federación Obrera de Magallanes (FOM) en Punta Arenas, causando numerosas víctimas fatales”, relata Sergio Grez.

La violencia se había tomado la campaña presidencial y la tensión iba en aumento. A la Unión no le quedó otra que aceptar la propuesta de Alessandri, y el 10 de agosto dio su aprobación a la idea. Como en una apretada final de un campeonato, la elección se iba a definir por un detalle. Un palmo. Una línea muy delgada.

El fallo

El Tribunal de Honor se compuso por personeros que daban garantías a ambas candidaturas. Ismael Tocornal y Emiliano Figueroa –por ser exvicepresidentes de la República-, Fernando Lezcano (aunque luego fue reemplazo por Abraham Ovalle, debido a su fallecimiento repentino) por ser presidente del Senado; Ramón Briones, presidente de la Cámara; más otros tres nombres, los de Armando Quezada, Luis Barriga y Guillermo Subercaseaux.

Ambas candidaturas acordaron, en las bases del Tribunal, que si ninguna candidatura obtenía mayoría absoluta, correspondía a este determinar quién había sido elegido. La candidatura de Barros Borgoño, ante las circunstancias que atravesaba el país, decidió simplemente ceder.

Así, el Tribunal actuó recibiendo todos los reclamos de fraude y cohecho que se habían cometido durante las elecciones, con el fin de verificar cuántos electores contaban efectivamente ambos candidatos.

Sin embargo, la tensión social volvió a acrecentarse el 29 de septiembre con la muerte de Domingo Gómez Rojas, quien resultó herido por la policía tras su detención. “Entre los procesados estuvo el poeta Gómez Rojas, que, como consecuencia de la prisión y de los sufrimientos que allí tuvo, salió de la cárcel para el cementerio, provocando una irritación sin límites en el público y en los amigos de la Alianza Liberal”, cuenta el mismo Alessandri en sus memorias.

Su funeral fue apoteósico, y Alessandri fue invitado. Según consigna la revista “Juventud”, de la FECH, en abril de 1921 (cuando pudo volver a salir a las calles tras el saqueo que destruyó la sede y su mobiliario), el “León” declinó la invitación porque argumentó: “Aún no soy Presidente de Chile”. Hoy, la plazoleta ubicada frente a la facultad de Derecho de la Universidad de Chile lleva su nombre.

Funerales de Domingo Gómez Rojas. Colección Biblioteca Nacional.

Para ese septiembre, la futilidad de la supuesta guerra contra Perú y Bolivia había quedado de manifiesto.

Sin embargo, en sus memorias, el mismo Arturo Alessandri le da algo de crédito a Errázuriz. “Más tarde, con muchos antecedentes a la vista, adquirí el convencimiento y la certeza en orden a que el ministro de la Guerra procedió de absoluta buena fe para prevenir lo que creyó sinceramente un peligro habida consideración a los informes que se le daban”.

El 30 de septiembre, el Tribunal de Honor dio su fallo. Tras revisar los escrutinios y reclamaciones, estimaron que Alessandri había obtenido 177 electores, y Barros Borgoño, 176.

¡El “León de Tarapacá” había triunfado por un solo voto electoral!

Alessandri asumió la Presidencia el 23 de diciembre de 1920. Volvería a hacerlo 12 años después, para el período 1932-1938. Foto: Archivo fotográfico Museo Histórico Nacional.

En rigor, lo que el Tribunal hizo fue reacomodar los resultados de cada reclamación de modo que el triunfo de Alesssandri quedara asegurado. “Del análisis de la labor del Tribunal, queda la impresión de que algunos de sus miembros no se atrevieron a dar un resultado desfavorable al candidato que una parte considerable y bulliciosa de la opinión ya daba por elegido”, señala René Millar Carvacho en su citado libro.

“Sin embargo, también pareciera que otros lisa y llanamente estimaron que Alessandri había triunfado -al margen de la apreciación de los fraudes- y, por lo tanto, consideraron legítimo adecuar los fallos de determinadas reclamaciones para dejarlo con un elector más”, agrega Millar.

El 6 de octubre, el Congreso Pleno ratificó la decisión del tribunal y así, Arturo Alessandri Palma quedó ungido como Presidente electo. Asumió su cargo poco tiempo después, el 23 de diciembre. En la ceremonia de traspaso del poder, al “León” se le cayó la piocha de O’Higgins. “Mal augurio me acompaña; la insignia del mando se me quiere escapar”, le dijo al Presidente del Senado, como anticipando los sinsabores de su mandato.

¿Qué significó la candidatura de Alessandri? “Logró, en 1920, un gran apoyo popular y de importantes sectores medios porque encarnó la idea del cambio y de la reforma social en un contexto de profunda crisis social, económica y política -se explaya Sergio Grez-. La llamada “cuestión social” con su secuela de desgracias para los más pobres, las reiteradas crisis de la industria salitrera desde el término de la Primera Guerra Mundial a fines de 1918 y el profundo desprestigio de la República Parlamentaria, habían colocado a vastos sectores de la población en estado de disponibilidad para transformaciones profundas”.

“Arturo Alessandri era un político con una habilidad especial para captar los requerimientos del momento y responder con presteza a las demandas y circunstancias que se presentaban -explica René Millar Carvacho-. Él tuvo muy claro que, en 1920, la sociedad había experimentado cambios profundos y no podía mantenerse el statu quo. Si pretendía alcanzar el poder necesitaba responder a las demandas y al sentir de los nuevos sectores urbanos, mayoritarios, para ganarse su adhesión”

“[Él] estaba íntimamente convencido de que estaba encabezando una nueva etapa de la historia de Chile y más allá de su temperamento fogoso o de su egocentrismo (...) encontró una respuesta y un eco porque no era un caudillo en el desierto sino un conductor de emociones difusas y vagas, pero reales”, escribe Sol Serrano en su ensayo ya citado.

Para Julio Pinto, el apoyo popular también se explica por un factor clave. “Tras siglos de descuido e indiferencia, tras la negación tajante de que en Chile siquiera existiese una cuestión social, y que fuera responsabilidad del Estado hacerse cargo de ella, el solo reconocimiento de esa realidad, y la aparente voluntad de intentar resolver sus peores expresiones, debe haber resonado muy fuerte en los oídos populares. Por ponerlo en términos actuales, era una promesa de ‘reconexión’ tras siglos de ‘desconexión’”.

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