Beatriz Allende: esplendor y tragedias de una vida revolucionaria

De las tres hijas de Salvador Allende Gossens, “Tati” fue la más cercana, desempeñándose en La Moneda durante su presidencia.

“Tati”, segunda de las tres hijas de los Allende Bussi, abrazó la causa del “Che”, fue puente entre su padre y el MIR y se quitó la vida a los 34 años. Una historiadora británica reconstruye hoy su biografía.



Con 30 años recién cumplidos y un embarazo avanzado, Beatriz Allende Bussi despertó temprano junto a su marido, el consejero de la embajada cubana Luiz Fernández Oña, el martes 11 de septiembre de 1973. Un miembro del GAP, la guardia personal del Presidente Salvador Allende (padre y suegro, respectivamente), llamó para alertarlos de un golpe de Estado en curso.

Tras enviar a su hija de dos años, Maya, a la casa de una amiga en los faldeos cordilleranos, Beatriz partió con un chofer cubano camino a La Moneda: su padre había pedido que la llamaran para exigirle quedarse en casa, pero ni siquiera dieron con ella. “Era imposible detenerla”, recordaría Fernández Oña.

Integrante de la “secretaría privada” del mandatario (integró su círculo íntimo, pero sin participación plena), llegó al palacio poco antes de las 9. Llevaba consigo un maletín negro con el subfusil Uzi que le había regalado Fidel Castro y con una pistola Colt Cobra. Llegó, según sugieren su historia y sus convicciones, dispuesta al sacrificio de su propia vida si era necesario. Como el “Che”, a quien admiró como a pocos en este mundo. Pero no fue ese su destino, y no porque no lo buscara.

Una vez al interior de La Moneda, se dedicó a quemar documentos sensibles y a seguir las indicaciones paternas de comunicarse con el MIR y con los nexos cubanos y pedirles que no se acercaran a La Moneda. Pero el próximo requerimiento presidencial tendría un “tono militar” y se dirigiría tanto a ella como a las otras seis mujeres en el lugar: debían retirarse de inmediato. Su hermana Isabel, que posiblemente no había tomado una pistola en su vida, estaba entre esas mujeres. Pero a Beatriz, que algún entrenamiento armado había tenido, le negaron quedarse a pelear como en su minuto le habían negado combatir en Bolivia. Menos ahora por su embarazo que por el hecho de ser mujer, sin que sirviera para estos fines el que muchos la consideraran “el hijo que Allende nunca tuvo”.

Todo indica que ella pretendía esa mañana quedarse -y eventualmente inmolarse- en la casa de gobierno. Según plantea la historiadora británica Tanya Harmer, el solo hecho de que alguien con su trayectoria y su manejo no tuviera previsto un lugar seguro al cual llegar tras salir de palacio es indicativo de la presunción de Beatriz Allende de que resistiría junto a su padre en La Moneda. “También es indicativo”, se lee en la biografía, “del estado general de la resistencia descoordinada de la izquierda ante un golpe que tantos venían esperando por meses”.

Porque, como sugiere el propio título (Beatriz Allende. A Revolutionary Life in Cold War Latin America), el libro publicado este año por la historiadora británica no se atrinchera en lo íntimo ni en lo individual, sino que los instala en contextos mayores, como parte de ejes diversos. Sólo hecha esa operación queda a la luz una figura que, encarnando ambigüedades y contradicciones colectivas, es “una vía para entender un mundo, una época y una generación”. Alguien que tuvo un rol mucho más determinante que el que consigna la historia o el que retiene la memoria. O al menos eso vio Harmer.

Ser un puente

No obstante la rica tradición de historiadores-biógrafos que se observa en el Reino Unido, la idea de investigar una vida no se le había atravesado a Tanya Harmer hasta que percibió algo singular cuando trabajaba en lo que sería su libro El gobierno de Allende y la Guerra Fría Interamericana (2013, publicado en inglés dos años antes).

Provista como estaba de los métodos y objetivos de una historia transnacional, a esta académica de la London School of Economics le llamó la atención que sus entrevistados mencionaran continuamente a “Tati”, como le decían los cercanos a la hija “del medio” de las tres que tuvieron Salvador Allende y Hortensia Bussi.

El libro de Tanya Harmer fue publicado este año por The North Carolina University Press.

“Su nombre surgió varias veces como una persona muy importante, clave, para la relación entre Chile y Cuba. Me puse a preguntar quién era, y resulta que no podía encontrar mucha información”, cuenta a La Tercera (los libros de Marco Álvarez y Margarita Espuña sobre el personaje aparecerían más tarde). Iniciada esa tarea, otros ítems la inquietaron, tales como los intentos de una mujer por ganarse un lugar en un mundo tan masculinizado como el de los guerrilleros. Pero, también, el lugar más bien borroso que hoy ocupa Beatriz Allende. Menos para romantizar que para entender.

Y todo parte por casa. Si por largos años y hasta llegado el Golpe la relación con la madre es distante y difícil, la cercanía con la figura paterna es clara y desembozada desde temprano, expresándose por distintas vías. Ya en su etapa escolar, a fines de los 50, se unió a la JS, la juventud del partido que el padre contribuyó a fundar en 1933 y del que había sido candidato presidencial en 1952 y 1958. Y mantendría la militancia tras entrar a la U. de Concepción (1960) a estudiar Medicina, la carrera del padre.

Observa, sin embargo, Harmer que, por mucho ascendiente e influencia que hubiera, el género de Beatriz, la distancia generacional y los rápidos cambios en Chile y en el extranjero a fines de la década de 1950 (además de la derrota en las presidenciales de 1958 y la Revolución Cubana en 1959), marcarían diferencias entre la deriva política y las experiencias de cada quien. Beatriz se mantuvo en la Juventud Socialista, pero la convicción de quien vio en sus privilegios el gatillante moral del gesto revolucionario la llevó a acompañar la radicalización de sus jóvenes correligionarios, que en la segunda mitad de los 60 no podían ser menos que sus contrapartes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en cuya dirigencia despuntaron su amigo Miguel Enríquez y su primo Andrés Pascal Allende. En 1968 se unió a los “elenos” del Ejército de Liberación Nacional (ELN) que querían seguir los pasos de Ernesto Guevara en suelo boliviano.

Poco antes, y como parte de una gira internacional en la que participó junto al Salvador Allende presidente del Senado, había aterrizado en La Habana. Era octubre de 1967: padre e hija debían seguir camino a Santiago, pero ella optó por quedarse. En principio, para hacer un entrenamiento de guerrilla que finalmente se redujo a una práctica de tiro. Pero no sólo eso. Casada desde hacía tres meses en Chile con su correligionario Renato Julio, inició una relación secreta con el mencionado Fernández Oña: un funcionario de inteligencia que reportaba al Ministerio del Interior cubano y que desde 1963 veía los vínculos con organizaciones y movimientos en Chile. El hombre con quien hablar desde Chile si se quería acceder al gobierno cubano.

El affair y su compromiso revolucionario consolidaron sl lazo emocional con la isla, plantea el libro. Poco después se involucraría en las operaciones revolucionarias del régimen. En tanto, su matrimonio con Renato Julio terminaría muy poco después de haber comenzado.

De vuelta en Chile, donde más tarde se casaría e instalaría con Fernández Oña, Beatriz ofició en distintos momentos de nexo o de puente entre La Habana y Santiago, entre La Habana y el MIR, entre el MIR y el PS, entre su padre y el MIR. No entre Salvador y Hortensia, eso sí: para cuando la UP fue gobierno, era habitual que los fines de semana su madre y sus hermanas partieran a la residencia presidencial de Cerro Castillo, mientras Beatriz acompañaba a su padre a Cañaveral, la casa precordillerana en que residía Miria “Payita” Contreras, su compañera de trabajo en La Moneda, que fue también su amiga, al tiempo que amante de su padre.

Pero todo ese juego de equilibrios al que jugaba Allende Bussi se vino al suelo el “Once”. Prontamente, partió como refugiada top a una Cuba más triste y menos romántica. Allí se convertiría en una suerte de embajadora de la memoria del padre, así como de la solidaridad con Chile. A partir de diciembre de 1973, su principal rol en los esfuerzos de resistencia consistió en administrar las finanzas de la izquierda mediante la distribución de fondos de solidaridad hacia Chile a través de una cuenta bancaria que ella controlaba en Cuba. Una tarea que Harmer considera crucial, no exenta de desencuentros y frustraciones, y a la que renunció en 1977. Por primera vez en su vida se convertía en “dueña de casa”, a cargo de las labores domésticas y de la crianza.

El 11 de octubre, ya separada de Fernández Oña, le dio un último uso al arma que Fidel le había regalado seis años antes, la misma que había llevado a La Moneda. Acaso un último guiño al padre. La agencia Prensa Latina reportó al día siguiente que se disparó a causa de la depresión y de las “heridas sicológicas” del Golpe.

Borrado como le parece que está su recuerdo, ello no hace según Harmer menos controvertida a Beatriz “Tati” Allende (o quizá lo controvertida, más bien, hace aconsejable no hablar de ella): “Respecto de la decisión entre la vía armada y la vía constitucional, o de las divisiones de la izquierda, hay quienes la creían culpable de empujar a su padre en una dirección. Para otros, él tuvo la culpa, porque no la escuchó lo suficiente. Y está también la forma en que la dictadura chilena la usó como encarnación de la mujer manipulada por la Revolución Cubana. Ninguna de estas interpretaciones le hace justicia”.

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