Columna de Matías Rivas: Instantáneas

Fotografía del libro Chilenas, de Claudio Bertoni.

Reconozco que ver fotos lleva a preguntarse hasta qué punto han influido ciertos textos. Cómo miro y en qué me detengo no es casual. Me gustaría pensar que aún tengo la vista despejada, al menos por unos segundos.



Llevo semanas mirando fotos. Observo imágenes en libros, Instagram y en sitios web. Diluyo horas en este ejercicio hipnótico. La sensación de mirar en vez de pensar, alivia y distrae. Nunca se logra ver todo, se fugan los detalles, se vislumbra súbitamente. Lo que vemos siempre es una parte que oculta a otra, que está presente por omisión. Las panorámicas, desde la altura o la distancia, son perspectivas parciales, que se dan solo en ocasiones y sitios. El sentir con los ojos que todo se mueve y pasa es habitual. Retener lo advertido suele ser efímero.

Tengo grabada en la memoria una imagen de Diane Arbus. Capturó el momento en que una pareja está tirada en la cama: ella lo masturba a él. La pasión se percibe en la atmósfera. Ambos están abstraídos, entregados. Uno se pregunta cómo estaba ahí la fotógrafa, cuánta intimidad recoge y con qué fidelidad. Definitivamente conmueve. El realismo es tan nítido que sobra la información. Jamás sabremos qué relación hay entre esos amantes, ni por qué dejaron entrar a la artista. Es una foto poco habitual en la obra de Arbus, que se inclinó por retratar a los freaks, los inadaptados y los excéntricos. Este no es el caso: los personajes raros dan paso a cuerpos, gestos y poses que irradian entrega, intensidad. Fueron captados en el balbuceo, el susurro y el quejido.

Claudio Bertoni me contó que se había agotado de las fotos que parecen pinturas. Para eliminar ese tipo de representaciones decidió colgarse la cámara y no encuadrar, ya que creía estar adiestrado para componer según la cultura. Salen fotos casuales, salvajes, desnaturalizadas de su función de retener el instante. Tienen fuerza y cero retórica visual. Su libro Chilenas contiene este tipo de incursiones y aciertos. Las mujeres aparecen sueltas, desprendidas de la tensión que implica ser admiradas. Sus cuerpos no encubren sus defectos, tampoco los exhiben, solo fluyen en el paisaje de la ciudad con un involuntario encanto.

Muchos artistas contemporáneos consideran que encontrar imágenes es quizá más valioso que crearlas. Larry Sultan y Mike Mandel hicieron Evidence, en 1977, una obra basada en una serie de fotos pertenecientes a diferentes organismos públicos de Estados Unidos. Investigaron millones de documentos abandonados en las bodegas. Recogieron unos pocos con detención, que al sacarlos de contexto cobraron un sentido extraño, que roza lo demencial. Armaron secuencias que borran la objetividad que buscaban las fotos, les restaron seriedad y otorgaron humor.

Este tipo de obras liberan a las fotos de la responsabilidad de reflejar lo real, de estar sometidas a la nostalgia y la melancolía. Al eliminar el afán por simbolizar, la fotografía adquiere una dimensión oscura, menos obvia.

La obra de Aune Ainson tiene una frecuencia singular. Arma series con imágenes que ella toma de estacionamientos, tubos, paquetes, plantas de interior, muñecas de plástico, tipos descolocados, esquinas, paredes y paisajes, que expresan y connotan, pero evitan decir lo obvio. Sugiere emociones ambiguas, que oscilan entre lo privado y lo perverso, lo crudo y lo tierno. Distorsiona y comenta la realidad, no la intenta detener. Ainson se inclina por una estética que fluye y provoca sin complejos emociones fuertes. Es particular por su distancia hacia el documentalismo que caracteriza a los fotógrafos chilenos. No hay víctimas ni verdugos, sino objetos, cuerpos, superficies que se ligan por la gramática del deseo.

Reconozco que ver fotos lleva a preguntarse hasta qué punto han influido ciertos textos. Cómo miro y en qué me detengo no es casual. Me gustaría pensar que aún tengo la vista despejada, al menos por unos segundos. Se puede mirar por fuera o por dentro según la disposición de la intuición. Detectar y fugarse de los estereotipos es un propósito esencial de los artistas y críticos. Cuesta a estas alturas creer en el fotógrafo como testigo. Roland Barthes decía que eran “agentes de la muerte”. Son tantos los empeñados en ocupar ese espacio moral que no se distinguen. Se queman como las polillas de tanto acercarse a la luz.

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