Hubo un tiempo que fui hermoso: así es Rompan Todo, la serie documental acerca del rock latino

Charly aparece entrevistado y también apuntado como uno de los ejes del movimiento.

La producción de Netflix que retrata la historia del género en voz de sus protagonistas, y a la que tuvo acceso Culto en sus tres primeros episodios, es un viaje desde los años 50, y donde Chile parte representado con Los Jaivas y Víctor Jara. Se estrena el 16 de este mes.



Imagina que tus padres y abuelos se reúnen y te cuentan, como decía Sui Generis, de un tiempo en que “fui hermoso” y “libre de verdad”. Ahí están, viejos y arrugados, algunos sobrevivientes con evidentes secuelas, las heridas y cicatrices de los excesos a la vista. Entonces, te revelan la historia del rock latino.

Rompan todo, la serie documental de Netflix de seis capítulos que se estrena el 16 de diciembre, aborda el desarrollo del venerable género favorito de la juventud en el siglo XX, con especial énfasis en Argentina y México, mientras Chile, Uruguay y Perú asoman razonablemente como meros actores secundarios, al menos en los primeros tres episodios a los que tuvo acceso Culto. Por cierto, mercados menores para la plataforma en comparación a los trasandinos y norteamericanos.

Rompan Todo

La opción del director Picky Talarico, a cargo de videos para estrellas como Gustavo Cerati y Juanes, y los productores ejecutivos Nicolás Entel, cineasta argentino de vasta trayectoria, y el influyente músico ganador del Oscar, Gustavo Santaolalla, es retratar mediante un centenar de entrevistas y un extraordinario archivo de imágenes, cómo se gestó y adaptó en esta parte del mundo una cultura eminentemente anglosajona.

El primer rockero latino fue Ritchie Valens, el intérprete de La Bamba en los años 50. En México se decía que había nacido en Tijuana “pero era de Texas”, aclara el legendario rockero mexicano Javier Bátiz. El calendario marca 1959 como el año cero del rock en español con la irrupción de Enrique Guzmán, el líder de los Teen Tops, la primera banda de resonancia continental.

El relato establece cómo en sus primeros años el género estaba domesticado y comercializado por completo en manos de los medios masivos, con unos grupos mexicanos acartonados atentos a la matriz gringa, y sus consiguientes réplicas en la escena argentina y peruana. Aquí asoma un primer vacío en el relato, porque en gran parte de Latinoamérica, cada país tuvo su propia Nueva Ola con artistas de idénticas características, término soslayado por la investigación.

La fase siguiente es el desembarco de The Beatles, y sus consecuencias irreversibles, afianzado el formato banda y también la histeria colectiva. “Todo el cine golpeando el piso”, acota Pil Trafa de Los Violadores, al evocar la reacción del público en las funciones de las películas del cuarteto. “Lo que más influyó es que los temas eran de ellos”, apunta Hugo Fattoruso de la banda uruguaya Los Shakers, la versión charrúa de Los Fab four.

La llegada del hippismo y la consiguiente liberación sexual y la introducción de las drogas, que en este caso no pasaba de la marihuana, colisionan con los regímenes autoritarios dominantes desde México hasta Sudamérica. El rock es visto como una amenaza, al punto que en la nación norteamericana se declara proscrito a partir de 1971, tras el legendario festival de Avándaro, el Woodstock mexicano.

Chile aparece por primera vez por Víctor Jara y Los Jaivas, retratados como las primeras expresiones genuinamente originales del rock castellanizado. En el caso del cantautor asesinado por la dictadura en 1973, se cita su trabajo junto a Los Blops, y cómo esa alianza fue duramente criticada desde sus correligionarios, inmersos en un espíritu artístico reaccionario e intransigente. Con la banda de Viña del Mar queda establecido su carácter pionero para buscar alianzas entre un lenguaje musical electrificado y el folclor. Hasta ese momento, el rock latino liderado por México y Argentina era mera copia.

Dada la prohibición mexicana, el protagonismo del rock en español lo asume casi por completo la escena trasandina, dominada por los distintos proyectos de Luis Alberto Spinetta y Charly García. Sin embargo, en la Argentina de los 70, adelantada musicalmente en la región, “te metían preso por tener el pelo largo, por tener guitarra eléctrica, y por hacer una música que cumplía una función contracultural”, rememora Gustavo Santaolalla, quien emigró a EE.UU. en 1978.

El productor y músico Gustavo Santaolalla.

Rompan todo decide contar la historia del rock latino en boca de sus protagonistas. En ese sentido, es un deleite porque están las más grandes estrellas desde Enrique Guzmán hasta Mon Laferte, abarcando 60 años de historia.

Al concentrarse en los artistas y su “lucha contra el poder, la censura y la represión”, como ha promocionado Netflix, la mirada del documental tiende a la autocomplacencia y algunas visiones forzadas. Rompan todo acentúa el retrato heroico y contracultural obviando el negocio detrás.

Al menos hasta el tercer episodio, con la excepción de Sui Generis, no hay menciones a la industria, como se prescinde de historiadores, sociólogos, ejecutivos discográficos y periodistas que puedan aportar al contexto. Los artistas de Rompan todo se encargan sin querer queriendo de perpetuar que el rock y sus estrellas sólo responden al arte. Es una manera de contarlo, por supuesto. Pero aquí falta historia.

Jorge González aparece en uno de los capítulos de la producción.

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