Un músico para deslumbrarse: Mdou Moctar, la tormenta de electricidad que llegó desde el Sahara

Mdou Moctar (al centro de negro) junto al grupo que lo acompaña en shows y grabaciones, con otros dos músicos nacidos en Níger y otro en EE.UU.

El guitarrista tuareg originario de Níger ha lanzado un álbum vibrante, donde consolida esa fórmula conocida como blues desértico: sonoridades y vocalizaciones africanas fundidas con distorsión y guitarras, como caravanas avanzando con dientes apretados en la mitad de una tormenta de arena.



Mdou Moctar (32) no sólo tenía escasísimas opciones de ser músico; ya convertirse en un artista con cierto reconocimiento más allá su Níger natal calificaba en su momento como milagro.

Pero sus últimas noticias son estas: acaba de lanzar un último disco, Afrique Victime (2021), bajo el sello Matador Records -una de las discográficas independientes más relevantes del planeta, la casa de bandas como Pavement o Yo la Tengo- y distintos medios especializados nuevamente se ven fascinados con su sonido áspero, duro, envolvente, que arremete como una tormenta de arena donde cuesta mantenerse de pie. En el léxico occidental, la prensa lo ha etiquetado como “el Jimi Hendrix del Sahara”.

Pero hace no demasiados años, el músico quizás enfrentó muchos de esos embates desérticos al crecer en la aldea de Abalak, en el desierto de Azawagh, al norte de Níger, como parte de las comunidaes nómades conocidas como Tuaregs, y que bajo sus propias formas de vida y organización se desplazan también por Argelia, Libia, Malí, Mauritania y Burkina Faso.

En ese destino colectivo, la música tradicional asoma como un componente básico para resguardar dialectos, tradiciones y experiencias. Aunque con matices.

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“Mis padres no tenían los medios para comprarme un instrumento y no lo habrían hecho. Para ellos, convertirme en músico significaría que yo era un delincuente, una persona terrible que bebía cerveza y tomaba drogas. Nunca les dije que quería tocar la guitarra, no me atrevía. Así que hice una”, aseguraba Moctar el año pasado en The Guardian, como una carta de presentación de una trayectoria que en sus inicios tenía forma de quimera: “Yo era de una familia religiosa y la música no era bienvenida, pero iba a escuchar a los músicos locales y soñaba con ser como ellos”.

En África, los músicos se topan con barreras casi inmediatas para su despegue en su propias escenas locales, no sólo reflejo de naciones sacudidas por guerras civiles o aún atoradas en lastres colonialistas, sino que también sumidas en precarias condiciones de grabación, con pocos estudios de nivel aceptable, sellos que con los años han ido desapareciendo y artistas de talento que combinan su oficio trabajando también en rubros que van desde la cocina hasta el transporte.

Ante ello, y en vez de lanzarse a la carrera formal de grabar discos o montar recitales, prefieren tocar en bodas, bautizos o eventos familiares, donde ganan más dinero y muchas veces de mera casualidad surgen álbumes completos: alguien graba la presentación en una cinta de cassette -muy común todavía en muchos países africanos- y luego activa el mano a mano que sirve para ganar algo de fugaz popularidad.

Fue en parte el origen trazado por Mdou Moctar. Tras ganarse un nombre en lo que se puede rotular como “el circuito” de matrimonios, y cantando en tamasheq -la principal lengua tuareg-, llamó la atención de un puñado de productores locales y terminó grabando su primer trabajo profesional en 2008 en Nigeria.

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Nigeria no sólo es el país más poblado de África. Desde los años 60 es uno de los lugares del continente que mejor conectó con el flujo musical de los grandes epicentros anglo, entregando sus propias versiones del funk, el soul, la música disco o el rock. Sin ir más lejos, Fela Kuti, la mayor figura de la música africana de todos los tiempos, nació en Nigeria.

En el caso de Moctar, para lograr un sonido más distintivo y para no quedar atrapado en los géneros vernáculos o rurales que había aprendido desde niño, decidió él mismo inventarse una guitarra. ¿Los materiales? Todos cogidos de una bicicleta vieja, donde el trozo de madera sirvió de mástil y cuerpo, y el freno hizo la función de las cuerdas.

Su debut no tuvo un gran impacto comercial, pero sirvió para encasillarlo dentro de un género (assaouf o desert blues, como se le denomina al rock de acento desértico que prevalece en esa zona) y para que detonar el mismo efecto que los shows levantados en los matrimonios: el boca a boca.

A través de pendrives y tarjetas de datos de teléfonos móviles, algunas de sus canciones se oyeron por buena parte del norte de África y una de ellas (Tahoultine) llegó a aparecer en Music from Saharan Cellphones, compilado realizado por el sello Sahel Sounds, con base en Portland, Oregon, y especializado en la música eléctrica ejecutada desde el Sahara.

Para su director, Christopher Kirkley, se convirtió casi en una obsesión grabar al nigerino en mejores condiciones y que materilaizara la riqueza de su música en producciones más amplias, que requirieran de más tiempo y cuyo lenguaje abrazara mayores variantes.

Cuando por fin se reunieron, Kirkley partió por lo elemental: le regaló una guitarra eléctrica para zurdos, enterado que el instrumentista no poseía una. De hecho, Moctar ni siquiera sabía que existían. A partir de ahí, materializaron una relación que ya cuenta seis títulos, todos bajo una geografía diversa que va desde la sencillez acústica hacia una combustión de estilos más agresivos, pero con el eje claro de maridar instrumentación africana con guitarras cuyo eco se remita al cancionero anglohablante. El Sahara nómade de la mano con Jimi Hendrix, Eddie Van Halen y Prince, a quienes ha enumerado como sus brújulas creativas.

Incluso, en 2015 ambos realizaron como ópera rock una adaptación tuareg de la película Purple rain de Prince. Ahí donde la versión original retrata a un niño de Minneapolis que intenta triunfar en la música pese a un entorno difícil, en la obra con protagonista africano la trama se enfoca en un joven talentoso que quiere ser estrella a pesar de las estrictas creencias religiosas de sus padres.

En cuanto al sonido que caracteriza a Moctar, hay dos instrumentos fundamentales: n’goni, una caja de resonancia confeccionada con calabazas gigantes, que posee entre 4 a 10 cuerdas y cuyo timbre agudo y brillante lo sitúa como antepasado del banjo; y el calabash, también construido a partir de una calabaza, eso sí mucho más grande y seca, que al golpearla entrega una vibración más dura.

Durante décadas, los músicos del costado ocidental de África amplificaron su música a través de megáfonos, parlantes antiguos o radios obsoletas, lo que le dio un inesperado toque de distorsión a las piezas que iban creando.

Cuando llegó el momeno de sumarles algunos riffs simples de guitarra eléctrica o pedales de distorsión, creando el llamado Desert blues, irrumpió una arquitectura musical que simulaba una caravana tribal moviéndose por las llanuras interminables, con tanta fuerza para aguantar el viaje como ensimismamiento para estar alerta a los detalles, como un trance donde el horizonte parece nunca acabar. Una suerte de psicodelia cruzando el Atlántico de vuelta, donde el vértigo alucinógeno resulta mucho mayor que en las urbes más estandarizadas.

Y esa la huella que va dejando a su paso Afrique Victime, la pieza que mejor resume el espíritu artístico del cantautor, abundante en vocalizaciones que parecen grandes prédicas comunitarias, sonidos metálicos que quiebran las canciones como relámpagos en medio de una lluvia torrencial y que, cómo no, sirven de telón preciso para letras que describen relaciones amorosas, derechos de la mujer todavía no resueltos y abusos de las grandes potencias coloniales.

En una entrevista reciente, Mdou Moctar precisó que el título del disco no era en lo absoluto casualidad. África nunca dejará de ser víctima, sea del menosprecio externo o del caos interno. Pero Moctar está para clamar por esa dualidad sin remedio en uno de los discos más vibrantes en lo que va del año.

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