30 voces únicas de la música chilena

Cinco voces de distintas épocas y estilos: Violeta Parra, Jorge González, Arlette Jequier (Fulano), Claudio Valenzuela (Lucybell) y Cecilia.

Ese canto que escuchas apenas unos segundos y sabes de inmediato de quién se trata. La singularidad es la regla para elegir, sin orden particular, las voces más memorables de nuestra historia.



Carlos Cabezas

“Me gusta tu voz hermano muy parecida a david bowie” (sic), reza un comentario en Youtube sobre Nobody knows I’m here (2020), la canción de Carlos Cabezas para la película homónima, como en Twitter alguien evocaba caminatas rumbo al colegio escuchando Electrodomésticos sin entender una palabra. Los Electro fueron un cortocircuito maravilloso en medio del rock latino, un bocado de avant garde, una transmisión interrumpiendo la oferta habitual con la voz de Cabezas proveniente de otra dimensión. Los géneros se adaptan a su garganta -electrónica, rock, blues, boleros-, y no al revés.

Álvaro España

Nunca se ha dicho con más convicción la sentencia “y me siento tan imbécil” como lo escupe la voz de Fiskales ad-hok en No estar aquí. Álvaro España es un cantante en la esquina opuesta de lo que entendía hace más de medio siglo por buena voz. El punk bajó de una patada esa norma. España esquiva las melodías y si las dibuja, el trazo es duro, rabioso, dolido.

Jorge González

“Una voz que grita algo, apenas si se entiende”, ironizaban Los Prisioneros en Somos solo ruido, una mofa a las críticas reiteradas a Jorge González cuando se convirtió en la voz de los 80. Para el paladar de los entendidos de aquel tiempo, con los baladistas de los 70 como referentes, González era el símbolo contrario. Con los años, esos mismos baladistas fueron emulados por el músico, junto con abarcar el punk, el rap, el folclor urbano y la electrónica con el trasfondo personalizado de la canción de autor.

Claudio Valenzuela

Lucybell es una de las grandes bandas chilenas de todos los tiempos. Han sobrevivido a severos cambios de alineación donde el único miembro inamovible es Claudio Valenzuela, a pesar del talento de Eduardo Caces y Cote Foncea, y de la importancia fundacional de Gabriel Vigliensoni, Francisco González y Marcelo Muñoz. Sin Valenzuela, la banda sería imposible. Parte radical del sonido Lucybell se basa en su canto, donde el sexo y el romance apasionado son parte de la química.

Cecilia

Cecilia fue punk antes del punk irritando a las audiencias más conservadoras con su desparpajo escénico, en medio del orden de postal de La Nueva Ola. El “beso de taquito” se convirtió en uno de sus gestos desafiantes, como toda leyenda de la música cuyos movimientos son únicos. De la misma manera, su voz trepaba escalas con la energía de un relámpago iluminando la noche, para luego revolotear primorosa en canciones de amor apasionado.

Fernando Ubiergo

Cuando la música juvenil hecha en Chile era casi inexistente -sobrevivía apenas una generación de cantantes de los 60 eternizados en Sábados Gigantes-, Fernando Ubiergo irrumpió con una estampa que en algo recordaba la buena onda hippie, con historias densas sobre aborto adolescente (Cuando agosto era 21), reflexiones existenciales (El tiempo en las bastillas) y la desaparición de un estudiante (Un café para Platón), cantada en el Festival de Viña en plena dictadura. Ubiergo entonaba con una tranquilidad y dulzura que enamoró al país del “apagón cultural”, haciendo trova por los costados y con una popularidad enorme, una especie de versión local de Peter Frampton con contenido.

Chinoy

La voz de Mauricio Castillo, más conocido como Chinoy, provoca reacciones radicales. Tan simple y rotundo como que se le ama o se le odia, no hay manera de huir de esa encrucijada que provoca una desconcertante garganta aguda, sin saber muy bien si canta un hombre o una mujer. Chinoy se ha movido entre el folclor urbano, el rock y la electrónica, como encarna sin competencia la imagen del artista maldito con trazos de genialidad y desborde.

Zalo Reyes

Hubo un periodo en que el personaje era más grande que el cantante. Frases como “¿cuándo vai a ir pa la casa?”, y los ingeniosos alcances a los rasgos caucásicos del segmento acomodado en estelares bajo régimen, dejaban en segundo plano un pequeño gran detalle: Zalo Reyes era un magnífico cantante de baladas, el mejor que hubo en Chile entre los 70 y 80. Personalizó la gran tradición romántica electrificada en clave rock por Los Ángeles Negros y Los Galos, con una voz calma y sentida capaz de levantar vuelo sin esfuerzo.

José Alfredo Fuentes

El “Pollo” es el primer ídolo con todos los papeles en regla en la historia del pop chileno. Causó furor juvenil y tenía club de fans cuando La Nueva Ola ya había cruzado el umbral de mayor éxito. Fuentes se mantuvo fiel a la tradición del cantante melódico con un estilo dominado por cierta prestancia y garbo, como si cantar fuera un asunto completamente natural, complementario a su encanto y carisma que luego le permitió desarrollar una exitosa carrera como animador.

Juan Carlos Duque

Las cosas como son. Juan Carlos Duque desafinaba incluso en las grabaciones, pero su estilo deudor de la balada italiana épica y triste, se reconocía de inmediato. Asociado al Festival de Viña por clásicos de la competencia como Promesas (1979) y Ausencias (1982) -que perfectamente podrían ser parte de una obra conceptual sobre el amor fallido-, Duque ha sido más que un intérprete sino también un autor y productor romántico, de lo mejor que hubo en Chile entre los 70 y 80.

Ana Tijoux

Desde el aterrizaje de Makiza cuando el milenio se despedía, Ana Tijoux destacó instantáneamente en una escena donde escaseaban las voces femeninas. Más allá de las implicancias de género, lo dicho cautivaba tanto por la pluma como la forma. “Da lo mismo mi nombre, lo importante es lo que hago, valorar el hombre por la calidad de su trabajo”, frasea elástica en La Rosa de los vientos, el primer hit de su ex grupo. Desde entonces, Tijoux es una de las artistas más sólidas y cautivantes de la escena chilena, reconocida globalmente y dueña de un talento que no es muy común en la cultura hip hop: el dominio de la melodía.

Beto Cuevas

Mucho se ha insistido sobre la influencia de Mark Hollis (Talk Talk) en el estilo vocal del líder de La Ley, aún cuando en su mistura artística también asoman Elvis Presley y Simon LeBon, al menos en los años formativos. A pesar de cierta resistencia en sus credenciales rockeras por una parte del público y la crítica, Beto Cuevas es amo y señor de una impronta vocal y escénica definitiva. No hay ni habrá otro como él.

Cristóbal Briceño

La cabeza de bandas ineludibles de los últimos 20 años como Fother Mockers y Ases Falsos posee una capacidad de síntesis fenomenal de lo que significa ser cantante popular en Chile en más de medio siglo. En el canto de Briceño está la música cebolla con raíz en el bolero, la balada romántica hispanoamericana y las réplicas nacionales, esa genealogía dorada donde caben Buddy Richard, Germaín de la Fuente, Patricio Renán y Zalo Reyes. Todos estos nombres y otros -Jorge González por cierto- han sido martillados y trabajados por el músico en un estilo absolutamente propio, chillón y crispante.

Alejandro de Rosas

“Hecho en la TV” podría ser la etiqueta de este baladista clásico de finales de los 80, asociado a la pluma de Scottie Scott y de voz característica en reductos como Sábados Gigantes, ¿Cuánto vale el show? y Venga Conmigo, y el festival OTI, donde obtuvo el segundo puesto en dos ocasiones. El recurso caprino, el mismo del “Pollo” Fuentes y Eddie Vedder, fue la marca registrada de Alejandro de Rosas en una seguidilla de éxitos como No quiero verte así, Todo el amor del mundo y Huracán.

Pablo Herrera

En 1986, el año de ebullición del rock latino, Pablo Herrera se introdujo por un flanco desatendido: la canción romántica. En una época en que las bandas y los solistas se guiaban por una batalla entre sintetizadores y guitarras eléctricas, el compositor y cantante viñamarino era el símbolo de la guitarra acústica tal como Alberto Plaza, pero sin el empaquetamiento parroquial de este último. Herrera inscribió suficientes éxitos para ir al Festival de Viña como concursante y registrar uno de los últimos títulos memorables de la competencia -Dame una oportunidad en 1992-, y luego integrando el show en 2000, junto con recorrer con éxito los países andinos hasta Colombia. En la voz de Herrera no hay acrobacias, sino un ambiente mullido para el amor.

Pedro Messone

Uno de los primeros ídolos pop del país creó un estilo propio decidido a dotar al folclor del garbo propio de los crooner enmarcado en salones de hoteles y casinos. Para Pedro Messone la canción ligada a la tradición podía ser interpretada con voz de etiqueta y así lo hizo durante su extensa trayectoria, iniciada como cantante principal de grupos vocales, para luego encaminarse como uno de los más grandes solistas de la música chilena de todos los tiempos, símbolo de voz prístina y gallarda.

Tommy Rey

No deja de ser curioso que una voz tan tranquila, grata y lejana de la estridencia como la de Patricio Zúñiga Jorquera, la identidad tras Tommy Rey, sea sinónimo de fiesta y carrete. Revestido con las armas de un baladista, Tommy Rey lidera por 39 años la orquesta tropical más tradicional y respetada del país. Si a ese periodo se suman las dos décadas como la voz de La Sonora Palacios, Tommy Rey es el monarca indiscutido de la música bailable hecha en Chile.

Don Rorro

Fue en una tocata en La Cúpula del parque O’Higgins que Rodrigo Osorio apareció con un look de chalas, bermudas, camisa, corbata y gorra. Una epifanía para Sinergia, la noche en que Osorio se convirtió en Don Rorro, un hombre promedio que canta en una banda que bordea el metal y el funk a la chilena, una voz que opta por el relato histriónico, sarcástico y humorístico, antes que la melodía tradicional.

Victor Jara

“Yo no canto por cantar ni por tener buena voz”, entona Víctor Jara en Manifiesto. Sin embargo, en lo que respecta a ese verso, cuesta coincidir con una de las mayores leyendas de la canción popular chilena. En Víctor Jara, el intenso contenido se realza gracias a un registro que transmite epopeya, reivindicación, denuncia, melancolía y nostalgia, a veces todas esas características reunidas en una sola composición -El derecho de vivir en paz, por ejemplo-, o por separado, como sucede en el relato sencillo de El Cigarrito, o la evocación contenida en Te Recuerdo Amanda.

El Macha

Aldo Asenjo dice que no le preocupa mucho la técnica, que solo canta. Aún así, el líder de La Floripondio, Chico Trujillo y Bloque Depresivo, es un extraño caso de vocalista que sólo mejora con los años. Saltó del rock esquizofrénico de su banda original, a un repertorio que se remonta en el tiempo hasta los días en que la bohemia pre rocanrolera era dominada por boleros y música tropical. Su voz es como una sirena que despierta estados de euforia, juerga y relajo.

Florcita Motuda

Bajo ningún designio Raúl Alarcón tenía chance de convertirse en estrella pop, ni por aspecto ni contexto. Lejos de los cánones de belleza de los años 60, integró la primera camada de bandas de rock chilenas, para desarrollar en la siguiente década un personaje insólito en medio de la represión, Florcita Motuda, gestor de un pop grandilocuente y pegajoso con toques de folclor, que le permitía obviar los convencionalismos. Florcita solía desafinar en medio de coros épicos, detalle que daba absolutamente lo mismo, gracias a un ingenio a prueba de gobiernos de facto.

Álvaro Henríquez

Veníamos del rock latino, donde las voces eran diversas pero escasamente naturales, para seguir en los 90 en un régimen parecido, donde los vocalistas seguían asumiendo personajes con registros que tenían de todo, menos espontaneidad. Al mando de Los Tres, Álvaro Henríquez era la antítesis de la pose afectada. Desde el insuperable álbum homónimo de 1991, la estrella más grande que ha dado Concepción impuso su canto tranquilo y emotivo con cancha. La facilidad de sus melodías recuerda la invitación permanente de The Beatles, todos pueden cantar. Pero solo uno lo hace como Álvaro Henríquez.

Eduardo Gato Alquinta

En la medida que Los Jaivas mutaron y crecieron, la voz del Gato Alquinta hizo lo propio. Hay varios cantantes en él, todos únicos. A veces es un hombre sencillo y festivo -En la quebrá del ají, Foto de primera comunión, Mambo de Machaguay-. En otras, es la voz de muchos hombres: el lamento y la resistencia taladrante de Indio Hermano, la épica de Todos Juntos, Pregón para iluminarse y Sube a nacer conmigo hermano, o la melancolía de La Conquistada. Canción del sur se adelantó 20 años al OK Computer de Radiohead (1997) en sintetizar belleza y desolación.

Germaín de la Fuente

Su nombre es tan rotundo que marca un antes y un después en la escena chilena y la música romántica latina. Como vocalista de Los Ángeles Negros, Germaín de la Fuente definió el manual de la música lacrimógena de exportación, la canción cebolla según el rótulo peyorativo. Las acrobacias de un barítono acostumbrado al vibrato ansioso de drama, pasión y vulnerabilidad, junto a las consecuencias del carrete y los años, pasaron factura al conmovedor registro de Germaín, como también se ha puesto innecesario énfasis en ese punto. Lo trascendente es su manera de cantar, una escuela en sí misma.

Lucho Gatica

Que The Beatles jugueteara cantando Bésame mucho en las grabaciones de Let it be, más esas fotos conversando relajado con Elvis Presley, reflejan el alcance universal de Lucho Gatica, el artista chileno de mayor repercusión de todos los tiempos. Su primera gira internacional en 1953 tuvo como destinos nada menos que Colombia, EE.UU., España e Inglaterra. ¿Qué hizo para revolucionar un género asentado como el bolero? Inclinar la interpretación hacia el romance y la elegancia, antes que el martirio.

Violeta Parra

Violeta Parra trabajó incansablemente para darle valor y dignidad a la tradición campesina desde el canto y la artesanía con un plus sustancial: esa tradición no era una pieza de museo, sino una herramienta de reivindicación social, y también una manera de expresar intimidad desde el amor apasionado, hasta la vulnerabilidad y el dolor. Como si se tratara de una matrioshka, hay varias versiones vocales de Violeta Parra para retratar amores, penas, rabias, alegrías, nostalgias y reflexiones, en un gigantesco abanico de una artista universal. Gracias a la vida concita su voz en un punto sublime para un análisis existencial abrumador, una celebración con resonancias fúnebres, una forma de decir adiós con gesto inmortal.

Pancho Sazo

Venía del rock cantando covers y algunas composiciones propias con Los Sicodélicos, quienes entre guitarras, ritmos beat y letras en inglés, intercalaban instrumentos autóctonos. Pancho Sazo era bajista y cantante, hasta que fue reclutado por los hermanos González para cerrar la alineación de Congreso en 1969. Desde entonces, es una de las voces más reconocibles de Chile, cálida y profundamente melódica.

Arlette Jequier

Una generación rockera local completa rayó con Mr. Bungle en los 90 por estrellar jazz y rock. Sin embargo, Fulano venía en la misma desde fines de los 80, desafiando las convenciones con álbumes complejos y de impecable sonido. Este era un sexteto y al frente estaba Arlette Jequier, una virtuosa del jazz contemporáneo, cantante y clarinetista, cuya voz era capaz de trazar los dibujos más complejos, cantar enrabiada o sarcástica, en un proyecto que tempranamente mostró su descontento con la transición.

Alejandro Pino

Jirafa Ardiendo es un grupo extraordinario y singular en la historia del pop local en los últimos 20 años. Inquietos, facturaron discos dominados por la electricidad y el desprejuicio, una especie de Radiohead sin depresión. Independiente de la exuberancia musical que los transportaba del dream pop al rock guitarrero chasqueando los dedos, uno de los atractivos indiscutidos es la voz y carisma de Alejandro Pino. El cantante de La Serena despliega una modulación juguetona, envolviendo y desarticulando palabras hasta alterar su sentido. No importa lo que dice sino cómo.

Fiebre

En el ranking de las figuras interruptus de la música popular chilena Cristián Freire, más conocido como Fiebre, podría ocupar perfectamente el primer lugar. Oriundo del thrash, pronto descubrió que podía hacer música con más variables que la paleta metalera -”para qué tocar una sola cuerda si puedo tocar las otras cinco”-, iniciando un tránsito que lo llevó a un pop rock con elementos de jazz y rockabilly con link a Los Tres, aunque su audacia lírica sobrepasaba el promedio. El álbum Mujer elefante (1999) es, lejos, la obra más subvalorada de aquella década. Allí Fiebre dejó establecido un registro vibrante que contenía deseos en áreas recónditas imposibles para los filtros actuales.

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