Ruido y salvajismo: Lou Reed en tres tiempos

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A ocho años de la muerte del cantautor neoyorquino, aquí hay tres escalas insoslayables de su discografía, las que no sólo retratan su genio creativo, sino que también a un hombre cuyo estado de ánimo y personalidad definieron su leyenda.



*Transformer (1972)

Nueva York se da la mano con Londres. El cuero y las alcantarillas también le hacen un espacio al maquillaje y los brillos.

En términos geográficos y estéticos, así se puede sintetizar el segundo disco de Lou Reed, donde toda su imaginería urbana y testimonial desplegada en sus años en The Velvet Underground -en particular en el debut de 1967- aquí se canta a ritmo glam, con un sonido de mayor musculatura y acento melódico, sin extraviar la mirada oscura, tal como se plasma en algunos de sus mayores hits, los más grandes de la carrera del cantautor, como Perfect day, Walk on the wild side o Satellite of love.

Para conectarse con la época de las botas de plataforma y las voces andróginas, los días de Marc Bolan y Ziggy Stardust, Reed convocó como pilotos de su aventura a los nombres más idóneos para el giro, David Bowie y su guitarrista Mick Ronson, dupla estrella por excelencia del glam.

Fue también una vuelta de mano, luego que el propio Camaleón confesara que el álbum de la banana de los Velvet le cambió la vida y lo llevó a modificar su ruta creativa hacia composiciones de mucho mayor espesor lírico e instrumental. Entre amigos forjaron Transformer, una obra maestra de los 70 y el mejor título para celebrar a Reed.

*Metal Machine Music (1975)

Como Transformer, y como tantos otros, hay álbumes que se disfrutan por la calidad de sus composiciones y por el meticuloso trabajo de artesanía fina que hay tras sus temas. Pero hay otras producciones que valen como fotografía de época, como encarnación de un estado de ánimo, como provocación y desafío ante una industria que siempre espera y aguarda mega éxitos. Hay álbumes que rompen con todo aquello y le muestran los dientes a cualquier convencionalismo.

Es el caso de Metal Machine Music, por lejos el título más extraño de Lou Reed y uno de los más disonantes de la música popular. Y el asunto es literal: se trata de una obra difícil de escuchar desde sus primeras notas, emergiendo estridente, abstracto, sin estructuras, chocante, como una resaca insufrible tras una noche de excesos.

Quizás algo de eso tiene, luego que el propio músico lo grabara en 24 horas y como una suerte de venganza contra el sello RCA, que lo presionaba a diario por repetir el suceso de Transformer.

Con Metal Machine..., Reed demuestra que los creadores no sólo se explican por sus logros y triunfos, sino que también por sus costados incómodos, rabiosos, fuera de todo foco: es el trabajo que ayudó a alimentar la fama del líder de The Velvet Underground como un hombre gruñón y sin consideraciones por lo que dicta el resto.

New York (1989)

Salto en el tiempo y escala en las postrimerías de los años 80: no es el mejor período para los clásicos del rock, devorados por las nuevas tecnologías y desplazados por figuras del pop mucho más frescas y contemporáneas.

Lou Reed no es la excepción, ¿pero qué hizo el hombres de los lentes oscuros para soslayar la adversidad? Fácil: se refugió en el rock and roll de vieja escuela, en la crudeza de antaño, en las melodías sin pirotecnia que mejor sabía despachar. Para algunos especialistas, es uno de los álbumes que presagia la reconquista rockera de guitarras y fiereza que dominaría la primera parte de los 90.

Con otra Velvet Undergrpund en el elenco, la baterista Maureen Tucker -que por esos años también presentaba una muy interesante carrera en solitario-, New York es uno de los últimos grandes discos de Reed, asequible y bien dotado, otra muestra de un autor inquieto hasta su adultez. Y, por supuesto, dedicado a la ciudad que ayudó a perpetuar su leyenda.

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