Haruki Murakami: “Mis relatos parecen autobiográficos, pero eso no es más que tramoya”

El exitoso autor japonés tiene un libro nuevo: Primera persona del singular. Parece que habla de su vida. Pero...



En un apartamento en el barrio de Aoyama, en Tokio, hay un hombre frente a su ordenador y suena Brahms de trasfondo. Nosotros no podemos verlo ni oírlo porque estamos en Barcelona y la entrevista se realiza por escrito. Las estrellas, ya saben, pueden escoger ese tipo de cosas, y el japonés Haruki Murakami lo es.

Si nos gustara hacer listas, por ejemplo, la de ‘los diez escritores globales del planeta’, uno de ellos –y de los pocos no anglosajones– sería, sin duda, este japonés nacido en Kioto en 1949.

Imaginamos el bullicio que lo rodea en Aoyama, una zona de tiendas de ropa, tecnología y restaurantes, con muchísima gente joven por la calle, vestidos de forma vanguardista el fin de semana y más formales los días lectivos (hay allí varias universidades y escuelas)...

Murakami tal vez los vea desde la ventana (“el cielo está despejado”, dice) mientras nos responde, bajo la música de Brahms, un compositor que no sonaba en el local de jazz que regentó durante muchos años, y que cerró cuando empezó a tener éxito escribiendo (éxito de verdad: hoy tiene hasta una línea de merchandising).

Este hombre esquivo con la prensa y que sigue corriendo a diario es autor de libros difíciles de olvidar, como Tokio blues, Kafka en la orilla o 1Q84, entre muchos otros. Ahora acaba de publicar Primera persona del singular, un libro de relatos sorprendentemente autobiográficos. La entrevista la traduce del japonés Juan Francisco González Sánchez, también traductor del libro al castellano.

-¿Es este uno de sus libros más autobiográficos? Junto a De qué hablo cuando hablo de escribir y De qué hablo cuando hablo de correr... Pero aquí parece que cuenta cosas más íntimas.

Puede que parezca que Primera persona del singular está repleta de elementos autobiográficos, pero no olvidemos que lo autobiográfico siempre ha formado parte de la articulación y creación novelística. Ello no significa que uno deba tomarse como autobiográfico lo que lea en ella, tal y como está escrito.

De hecho, para esta serie de relatos, partí de la idea preconcebida de la simulación biográfica, es decir, de hacer que los engranajes ficticios a los que acudo para tejer las tramas sean percibidos por el lector con un halo de realidad biográfica que, en realidad, no es más que tramoya.

Es cierto que uno puede encontrar, salpicados aquí y allá, detalles y pormenores que experimenté en mi propia vida, pero son los menos. La inmensa mayoría de los hechos narrados son ficticios. Créame: no se trata más que de un truco novelístico.

-¿De dónde surgen los tankas, esas composiciones poéticas que escribe un personaje en el relato Áspera piedra, fría almohada? ¿Los ha escrito usted?

Nunca antes había elaborado ese poema de métrica tradicional, el tanka, pero resultó que una noche tuve el capricho de escribir uno y, dicho y hecho, en una hora concebí una docena de ellos. Lo hice sin ningún propósito, pero al releerlos unos meses después se me ocurrió utilizarlos como base para un relato. De modo que, efectivamente, los tankas que aparecen en el libro no son obra de ninguna misteriosa joven, sino de mi puño y letra.

-”Un círculo con infinitos centros y sin circunferencia” es el concepto al que se enfrenta el protagonista del relato Flor y nata, una extraña forma que él acaba situando en su conciencia. ¿Por qué semejante forma?

Desde siempre he tenido dificultad con la geometría, de modo que me pone usted en un aprieto con semejante pregunta...

-Flor y nata empieza como un relato kafkiano y acaba siendo otra cosa, con moraleja incluida. Cuando empieza a escribir, ¿ya sabe usted el final?

Tanto al abordar los relatos como las novelas, nunca anticipo el desenlace. En esa irresolución preconcebida radica gran parte de la gracia misma del proceso de escritura. La fascinación radica en no saber qué va a encontrarse uno al doblar la siguiente esquina. Ni siquiera yo lo sé. Ahora bien, sea lo que sea aquello que le aguarda al protagonista, trato siempre de hacer de ello un elemento transformador para el personaje.

-Este cuento va claramente sobre el sentido de la vida. Pero, en realidad, todos los demás también, ¿no?

Este relato trata de subrayar que el desconocimiento que uno tiene de sí mismo como individuo, en su temprana juventud, no debe suponer un obstáculo para el tránsito hacia delante por la vida. No nos queda otro remedio que avanzar pese a nuestra ignorancia de lo que somos, y el relato muestra esta necesidad en la figura de un joven perplejo ante sí mismo.

Se trata de una historia de iniciación en la que el protagonista es puesto a prueba y guiado, arrastrado quizás, por las circunstancias y por quienes lo rodean.

Haruki Murakami

-La música y la escritura son lenguajes muy diferentes, pero usted los une en Charlie Parker plays bossa nova, sobre la aparición de un supuesto disco inédito donde el músico de jazz se atrevió con este estilo brasileño.

Escribí este relato a partir del título, tratando de ceñirme a una historia que lo justificara. De hecho, a menudo escribo guiado por el título; se me ocurre este primero y decido, después, adoptarlo y crear una historia a su alrededor, aun desconociendo por completo el contenido de lo que vaya a escribir. Es un truco que me funciona como estimulante para la imaginación.

-¿Escucha música mientras escribe? ¿Cuál?

Lo primero que requiero cuando me pongo a escribir es silencio. Ni siquiera echo mano de música de fondo, excepto cuando escribo otra cosa, algo no literario, como en este mismo instante. En casos como este, suelo decantarme por la música clásica, más que por el jazz o el rock.

-With the Beatles sí es un disco real. Esta banda ya dio título a una novela suya, Norwegian wood, que en español se llamó Tokio Blues. ¿Cuál fue su relación con los Beatles?

La década de 1960 fue la de mis años de juventud y, tanto para mí como para el resto de mi generación, la música de los Beatles constituyó un elemento decorativo en nuestras vidas, tan habitual como el empapelado con que solían revestirse las paredes de las viviendas. Más allá de que a uno le gustase o no, su música formaba parte del paisaje natural del acontecer diario, y esto es precisamente lo que me propuse contar en este relato.

-Aquí, el narrador muestra su estupor ante el envejecimiento de las chicas, ve cómo mujeres bonitas se transforman en ancianas y eso le perturba más que su propia vejez. ¿Le ha sucedido algo así?

Sí. En cuanto a mí, puedo admitir y aceptar, hasta cierto punto, que las huellas de la vejez se afiancen en mi rostro con el transcurso de los años, o cualquier otro cambio ligado a la edad. Pero constatar el deterioro del paso del tiempo en el cuerpo y el rostro de los demás me produce una honda impresión, difícilmente admisible y asimilable.

-A su narrador no le va mal con las chicas, aunque no sea muy lanzado y a veces hasta tímido. ¿Por qué?

Jamás había reparado en ello. ¿Por qué será?

-El trastorno de dislocación de la memoria, que padece un personaje, ¿existe realmente?

Quién sabe si no existe realmente una enfermedad de tal tipo. Toda enfermedad susceptible de ser imaginada podría también tener existencia en el mundo real, ¿no cree? Yo, al menos, así lo creo.

-Aparece su equipo de béisbol en un cuento que dibuja toda una poética de los segundones. ¿Le atrae la figura del perdedor?

Una de las ventajas de hinchar por un equipo de segunda línea, como el mío –que a veces a tenido más seguidores del equipo visitante en su propio estadio– es que sueles encontrarte las gradas del estadio medio vacías y no hay esperas innecesarias a la hora de comprar entradas. Un equipo así te da la oportunidad de aprender el bello arte de la derrota, que es de una profundidad mayor que el de la victoria.

-En Carnaval se detiene en la belleza femenina, describiendo a una mujer fea, sin eufemismos de ningún tipo, pero atractiva por otras cosas. ¿Podría haber escrito ese relato de joven?

A veces tengo la sensación de que mi criterio estético no coincide del todo con el del común de los mortales. Aquellas personas a las que se les atribuye una belleza incuestionable a menudo no son en mi opinión especialmente bellas y, por el contrario, aquellas a las que se supone feas no lo son tanto para mí.

Dicho desajuste me ha permitido vivir alguna que otra experiencia peculiar e interesante, y la escritura de este relato supuso, en cierto modo, una oportunidad para reflexionar sobre tales vivencias.

-¿Hay una mujer real que le inspirara Carnaval?

Puedo asegurarle que los personajes son, por completo, fruto de mi imaginación.

-¿Lo critican por no ser políticamente correcto? Pienso en el relato de la mujer fea, o en varias de sus novelas…

Llevo más de cuarenta años escribiendo novelas y he percibido una notable evolución en cuanto a lo que se considera o se deja de considerar políticamente correcto y, debido a esos cambios, algunas de mis obras primerizas tal vez no gocen hoy en día de una prensa demasiado buena entre cierto sector de lectores.

En cualquier caso, no uso las redes sociales ni estoy pendiente de quién me critica ni exactamente por qué motivo (y, naturalmente, me congratulo de no saberlo).

-Las Confesiones de un mono de Shinagawa son de lo más fantástico del libro. ¿Ha dosificado o retenido los elementos de este tipo en este recopilatorio?

Cuando escribo me dejo llevar por el estado de ánimo de ese momento; nunca me planteo dirigir el timón de la novela hacia un rumbo fijo. Solo una vez acabada, podría decirle a usted a qué puerto he llegado. Trazar cartas de navegación antes de ponerme a escribir no forma parte de mi modo de afrontar este arte.

-¿Cómo lo ha afectado la pandemia de Covid, en sus hábitos y vida cotidiana?

La vida del escritor no se ha visto tan afectada por el coronavirus como otros ámbitos, al menos en lo superficial. Es una vida de soledad frente al escritorio. Ahora bien, si me pregunta si me ha afectado de un modo más profundo, para poder responderle necesitaría ponerme a escribir una nueva novela.

-Aunque su literatura no es política, usted se ha comprometido con diversas causas, por ejemplo donó los 80.000 euros del premio Internacional Catalunya a las víctimas de Fukushima. ¿Qué tema social o político le preocupa en estos momentos?

Considero importante oponerse a movimientos y propuestas que, con la ley en la mano, reducen y limitan la libertad individual en aras de un supuesto beneficio social. No me parece aceptable ni en mi país ni en otros. Como señaló Martin Luther King: “No olvidemos que todo lo que Hitler hizo era legal”.

-¿Le molesta que salga tanto su nombre en relación al Premio Nobel? ¿Le gustaría ganarlo?

En lo que se refiere a los premios, los hay suculentos y los hay raquíticos. A quién conceder tanto unos como otros está en manos de gente ajena a mí. Y uno de mis principios es preocuparme solo de aquello que está en mi mano decidir o sobre lo que puedo intervenir... De modo que, ya ve, soy una persona bastante individualista.

-¿En qué proyecto está trabajando?

Permítame no revelar el secreto.

Primera persona del singular

Fragmento de Áspera piedra, fría almohada

Pese a ser la protagonista de la historia que me dispongo a narrar a continuación, no hay mucho que pueda contarles de aquella mujer de quien incluso he olvidado su rostro y su nombre, y de la que, no obstante,confío en que haya hecho lo propio conmigo.

Cuando la conocí, yo todavía me encontraba cursando segundo en la universidad y no había cumplido aún veinte años, mientras que ella debía de tener veintitantos. El azar nos llevó a coincidir mientras trabajábamos en el mismo turno de uno de esos empleos a tiempo parcial, y a que nos conociéramos allí, y las insondables chanzas del destino quisieron que pasáramos una noche juntos y que no volviéramos a vernos.

A mis diecinueve años, no sabía nada de los asuntos del corazón, ni del mío ni, por supuesto, del de los demás, y aunque de vez en cuando me veía sorprendido y zarandeado por los bandazos de la tristeza y la alegría, todavía era incapaz de entender que, entre ambos extremos, podía desplegarse todo un abanico de estados intermedios, lo cual me desconcertaba a menudo y me desanimaba bastante.

Pero hablaré de ella.

Los únicos detalles biográficos que conozco son que escribía tankas, es decir, poemas de métrica clásica japonesa, y que había publicado un poemario. Nada más. Y lo de publicado es un decir, porque lo cierto es que todo, desde la encuadernación realizada con hilo burdo de cometa hasta la impresión de sus páginas y su precaria cubierta, parecía haber corrido por cuenta propia. Lo llamativo del asunto es que un buen número de aquellas tankas se me quedaron profundamente grabadas en la mente, e incluso diría que en mi corazón, y nunca he llegado a olvidarlas pese al paso de los años; tankas de amor y de muerte en las que se rechazaba la separación nominal de ambos conceptos.

Un largo trecho / se interpone entre ambos, / mar infinito.

¿Fue acaso sensato / volar hasta Júpiter?

Áspera piedra, / en ti mi sien apoyo, / fría almohada, y el flujo palpitante / de mi sangre escucho.

Yacíamos ambos desnudos en la cama cuando ella me preguntó:

—¿Te molestaría que dijera el nombre de otro chico en el momento de correrme?

—No —repliqué.

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