La nueva vida online de los talleres literarios

Con la pandemia, los talleres literarios, habituales instancias de encuentro en torno a las letras pasaron de lo presencial a un forzado paso a lo digital. La experiencia no ha ido igual para todos. Consultamos a tres talleristas a respecto, quienes rescatan desde el cara a cara de lo presencial; a la posibilidad de no tener fronteras, en lo digital.



Se le acercó y le dio un abrazo cálido. Como si fuesen dos amigos que se reencuentran después de un tiempo largo sin verse, y que quisieran recuperar el tiempo apretándolo entre los brazos, con el cariño de la gente que se conoce de hace muchos años. Salvo que para Mauricio Redolés quien lo abrazó le era una perfecta desconocida.

“Yo estaba con mi pareja en un bar en la Plaza Yungay, de repente sale corriendo una chica bajita, de 1,50, y me abraza. Me dijo ‘¡Gracias por el taller!”, recuerda Redolés al teléfono con Culto. Sorprendido, al principio no la reconoció, y solo lo hizo cuando ella le comentó que había hecho un taller con él durante la pandemia y le dio su nombre. Tras la pantalla, ella se veía como “alguien grande, de 1,80″, y resultó ser lo contrario. “La pantalla es engañosa -agrega- .Te encuentras con los integrantes en la calle y no los reconoces”.

“También me pasó con otro cabro que estuvo en un taller de reparación de canciones que hice. Era un flaco re simpático en la pantalla, pero después lo vi en directo ¡y era guatón!”, recuerda Redolés. “Le dije: ‘Yo creía que erai más flaco’, y él me dijo: ‘Yo creía que erai más joven’, y me cagó”.

Mauricio Redolés

Mauricio Redolés, músico y poeta, siempre ha realizado talleres literarios, y la historia que comenta con entusiasmo tiene que ver con un fenómeno propio de nuestros tiempos. La irrupción de los talleres literarios online.

Los talleres literarios tienen una fuerte tradición en nuestro país, desde los realizados por Enrique Lihn y Luis Domínguez en 1969 en la Universidad Católica; el taller de José Donoso en los 80 (de donde salió buena parte de la llamada Nueva Narrativa Chilena, en los 90); hasta el de Pía Barros (de donde salieron Pedro Lemebel y Nona Fernández, por ejemplo). Siempre fueron instancias de encuentro y conversación en torno a la escritura y la creación de textos en narrativa y en poesía. Generalmente, en el living de alguna casa, entre tazas de Té, galletas y uno que otro picadillo.

Pero todo cambió con la pandemia del coronavirus, en 2020, y los talleres dejaron los mullidos sofá de las salas de estar para convertirse en versiones netamente online. Con la llegada de las vacunas y la creciente normalización de la vida, los talleres han pasado por un nuevo estado. Algunos optan por seguir online, otros, abogan por lo presencial.

La ausencia del cuerpo

La generación de talleristas sub-40, por edad, suele tener una relación fluida con los Likes, Reels de Instagram o selfies con “las mejores”. Hasta el 2020, cuando empezó la pandemia, la poeta Julieta Marchant solía realizar talleres de poesía en modo presencial, en su departamento, en Santiago Centro.

Editora en sus casas editoriales Bisturí 10 (con la que ha publicado a nombres como Mario Montalbetti o Anne Carson) y de Cuadro de Tiza, Marchant vio en el formato digital una especie de tabla de salvación más allá de la emergencia de la pandemia. Para ello, debió tomar una serie de medidas en su departamento. “En principio, por un hábito extendido respecto de la presencialidad, pensé que iba a quedarme derechamente sin campo laboral. Saliendo de ese primer temor, el segundo problema al que me enfrenté es que vivo en un edificio pequeño y antiguo, algo precario, y las compañías de internet son un desastre en mi barrio. La pelea con las compañías fue importante y al final cancelé los planes y llené mi casa de cajitas de internet móvil prepago de distintas compañías para echar a andar una forma aceptable de dictar clases”.

Julieta Marchant.

Metódica, Marchant comenzó lentamente el proceso de generar talleres vía online con una rutina definida de trabajo. “Partí en Skype y, con el tiempo, me di cuenta de que pagar un servicio Zoom mejoraba las condiciones. Fue como armar una casa, como se arma efectivamente una casa: lentamente, viendo qué funcionaba, qué tenía que ajustar, pensando en un presupuesto para hacer de esa casa algo habitable. Yo diría que al año empecé ya a llevar un ritmo y a acostumbrarme”.

Con el tiempo, comenzó a observar ciertos patrones de conducta en la gente que acudía a los talleres que daba vía Zoom. “Últimamente siento que lo difícil de sostener es el compromiso. Pareciera que la presencia del cuerpo genera un compromiso que lo digital, que lo instantáneo de lo digital, no. Hay gente que confía en que la sesión queda grabada y esa confianza desplaza la confianza en que la sesión se arma en el diálogo. Sé de talleres o clases en que algunxs asistentes simplemente ven las grabaciones y listo. Pero mi espacio es distinto, la grabación es un SOS, no un espacio estable. También yo solía dictar clases, a veces parecían seminarios, y tuve que modificar mi manera de enfrentarme a la educación en poesía: abrir el espacio a algo más colaborativo, donde yo hable menos e interpele más. La ausencia del cuerpo, entendí entonces, implicaba generar una presencia por otro lado, la presencia de la voz o, mejor dicho, de las voces”.

Por su lado, Victoria Ramírez, también poeta, siempre ha hecho talleres de poesía en modalidad online. Empezó en 2019 de manera online y esa modalidad la continuó en 2020. No pudo hacerlo en 2021, pero retomó este 2022 vía Google Meet. “Fue una experiencia enriquecedora. Si bien no fue mi idea inicial, con el tiempo fui aprendiendo distintas técnicas para hacer talleres más dinámicos y que pudiéramos conocernos en un ambiente cómodo y de confianza”.

“Creo que en un taller es fundamental sentirse cómoda o cómodo para mostrar textos y dejar fluir la escritura. También fue desafiante, en el sentido de preparar material audiovisual para el taller, e intentar que tuviera características similares a un taller presencial, donde es posible interrumpirse y comentar textos”, agrega la autora de Teoría del polen.

Victoria Ramírez.

Antes de ser tallerista, ella misma participó como alumna en otros talleres de poesía presenciales. De ahí que pudo obtener la experiencia de un taller presencial, y que asegura, es algo que añora. “Creo que lo que más extrañé fue el contacto cara a cara. Si bien hacíamos lecturas en voz alta, hay algo en la presencialidad que es imposible de reemplazar”.

De hecho, a mediados de julio, Ramírez tuvo la sesión final de su taller de poesía. Pero en vez de reunirse con los alumnos vía Meet, como lo hacía cada jueves, decidió ofrecer su departamento en el barrio Lastarria -en el cual llevaba poco tiempo instalada- para el cierre. Hoy comenta lo que sintió: “Hace poco pudimos hacer taller presencial con un grupo y sentí esa diferencia. La gente se relaja más, hay más bromas y podemos hablar al mismo tiempo”.

Pero a Julieta Marchant, el formato online le resultó cómodo, y reconoce que no extraña mucho los tiempos previos al Covid en ese aspecto. “Yo siempre quise ser una voz mientras dictaba talleres y ahora lo soy. A veces mi internet tambalea y tengo que apagar la cámara para agarrar estabilidad y efectivamente eso ocurre: ser una mera o pura voz. Quizá extraño la fluidez, internet tiene esa cosa medio robótica en que hablar e interrumpirse resulta torpe. La posibilidad de la interrupción como parte de la fluidez, a lo mejor, es algo que extraño”.

Con la pandemia, Mauricio Redolés se vio obligado a realizar talleres vía Zoom. Aunque no es el formato que más le acomoda, igualmente recata un par de aspectos de lo digital: lo primero, la posibilidad de no tener límites. “En los talleres que he hecho vía Zoom he tenido integrantes de otras partes de Chile, gente de Temuco, San Felipe, Puerto Montt, Valdivia, y es más, se ha inscrito gente de otros continentes, he tenido integrantes de Inglaterra, Alemania, Suecia y de Australia, sin ningún problema de contacto. Lo único era que un cabro alemán tenía que despertarse a las 3 de la mañana para meterse, y lo hacía”.

Además, rescata otros aspectos prácticos de lo online: “Te ahorras la locomoción, no tienes que andar de noche por las calles del barrio Yungay, que está muy peligroso, te evitas el frío de la noche, estás en un lugar calentito, te haces un té, te compras unas galletas”.

Ramírez destaca lo que le gusta el formato digital: “Por otra parte, respecto a lo digital me gustó la comodidad, podíamos compartir los textos en pantalla, ir subrayando, escuchar audios, videos, etc. Creo que en ese sentido trabajar con plataformas digitales puede ser muy entretenido. También está la comodidad de estar en casa y evitar los traslados en invierno. Para personas que trabajan todo el día puede ser un formato más amable”.

¿Digital o presencial?, ¿o híbrido?

A la hora de escoger, Mauricio Redolés se queda con lo presencial. De hecho, recientemente realizó un taller en esa modalidad con la Municipalidad de Santiago. “Lo que pasa es que vía online cuesta sincerarse más. Porque cara a cara alguien te pide hablar antes, te cuenta algún problema. La escritura es un proceso muy personal, en el fondo es desnudarse. Y eso requiere de cierto respeto, de honestidad, de transparencia, y hacerlo vía Zoom con gente que no conoces, surgen ciertos pudores y no siempre se logra una comunicación de 100%. Además, de manera presencial no se te corta la transmisión”. De hecho, anuncia que en agosto hará un par de talleres de Poesía y narrativa, para los cuales cualquier persona se puede inscribir en el mail: mauricioredolesproducciones@gmail.com.

Victoria Ramírez se sube al carro de lo híbrido, que combina digital y presencial. “Creo que me gustaría intentar algo híbrido. Ambos formatos tienen aspectos positivos y negativos. Ahora que se viene la primavera quizá me gustaría volver al formato presencial, se dan instancias de acercamiento que son muy útiles para la escritura. Corregir poesía en papel también es una experiencia distinta a la digital. Hay otra atención, otra relación con el texto. Creo que habría que aprovechar que ya estamos dejando atrás la pandemia y en ese sentido puede ser significativo abrir la experiencia del taller a la presencialidad con algunos módulos virtuales”.

Julieta Marchant es tajante: “No tengo ninguna intención de volver a lo presencial”. Y lo explica: “Yo soy una trabajadora independiente, lo que significa, entre otras cosas, que hago todo sola: desde al afiche, la convocatoria, hasta arreglar el espacio, hacer café, té, comprar galletas en la esquina, pensar, hablar, recibir gente en mi casa. No me di cuenta hasta la pandemia de lo invasivo que era recibir unas 20 personas a la semana en mi departamento, que es un espacio pequeño, hecho para una o dos personas. También de todo el tiempo que me tomaba acondicionar el espacio. Te diría que cerrar la puerta por dentro es algo que me impactó al principio pero que, a la larga, me causó alivio. No, no volvería a lo presencial, espero que nunca”.

Además, rescata que lo digital le dio cosas que nunca tuvo en lo presencial: “Sentirme poco expuesta, darle una primacía a lo que puedo decir, compartir con gente de otras regiones, de otros países, de otros continentes. Y gracias a ellxs, poder conocer autores o libros a los que no tengo acceso o de los que no tenía noticia. Y eso, extrañamente, también como autora me dio salidas que nunca tuve. En pandemia publiqué en tres países distintos donde jamás tuve contemplado publicar. Igual mi caso es quizá muy estrecho porque soy alguien reacia a viajar, a salir de su ciudad, de su cuadra, de su casa. Hasta ir a la playa me cuesta meses. Desde mi escritorio he estado en un montón de festivales internacionales, he dado charlas, talleres, clases magistrales. Para alguien que posee las limitaciones que tengo yo, que son más bien sociales, esas cosas hubieran sido prácticamente imposibles. Te diría, francamente, que me construí desde lo digital, que ahí construí cimientos, en la zona del pixel. Desde redes sociales y desde la pantalla. Consideraría, y estoy considerando, talleres específicos para instituciones, de breve extensión, que sean presenciales. Pero los que gestiono y organizo yo, los que tienen mi sello, mi firma, mi programa, mi ritmo, seguirán en digital. Si fuera por mí, me conformo con ser una voz que llega desde el otro lado y un pixel atento”.

Sigue leyendo en Culto

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.


Bautizado como CyberOne, el robot puede detectar emociones y caminar a 3,6 kilómetros por hora, y está dispuesto a competir con el Optimus de Tesla.