Columna de Rodrigo González: La Decisión de Partir: Un detective insomne en Busan

El talento siempre respira por algún orificio y el autor de Oldboy (2003) muestra bastante en esta película que sigue el clásico patrón de la femme fatale, el investigador atribulado y los muertos en el armario.



Esta película es mejor que la suma de cada una de sus partes. Confeccionadas con arduo afán de rompecabezas, las enrevesadas subtramas que dan forma a La Decisión de Partir parecieran abrumar al espectador tan sólo a los minutos de iniciada la historia. Se evidencia el interés del director surcoreano Park Chan-wook por hacernos entrar en un mundo de vueltas de tuercas, cada una más compleja que la anterior, más satisfechas de sí mismas y más lejanas al entendimiento del común de los mortales.

Los thrillers suelen tener esa condición de base y a muchos les encanta. El problema es que lo que está sobreescrito puede dinamitar el puente de una buena historia y, sobre todo, castrar el poder seductor de las emociones más básicas de los personajes. Para ponerlo en términos simples: cada vez que estamos a punto de caer rendidos ante los trágicos sentimientos de los dos personajes centrales de La Decisión de Partir, Park Chan-wook y su co-guionista Jeong Seo-kyeong desconciertan con un acertijo narrativo que desvía el genuino deleite del corazón.

Sin embargo el talento siempre respira por algún orificio y el autor de Oldboy (2003) muestra bastante en esta película que sigue el clásico patrón de la femme fatale, el investigador atribulado y los muertos en el armario. Para empezar, la utilización de la escenografía natural de la ciudad de Busan (al sur de Corea), donde transcurre gran parte de la historia, es de magnífica categoría dramática. No podía ser de otra manera tratándose de un estilista preocupado de los detalles como Park.

Ese fondo de urbe costera va rodeando cada una de las andanzas del detective Jang Hae-joon (Park Hae-il), un insomne crónico que trabaja en Busan y visita una vez por semana a su esposa Jeong-ahn (Lee Jung-hyun), científica de una planta nuclear en Ipo, a unas pocas horas de distancia. Metódico, obsesivo, pulcro y preocupado de aparentar y ser un policía de gran nivel, Hae-joon es asignado a un caso en apariencia bastante fácil: un hombre aficionado a escalar montañas murió al caer desde el pico de un cerro y la primera en ser interrogada es Song Seo-rae (Tang Wei), su atractiva esposa china.

En el cuartel de policía se encuentran Hae-joon y su compañero policía Soo-wan (Go Kyung-pyo) con la viuda en cuestión, quien parece no estar particularmente acongojada por la muerte del cónyuge. Al realizador, como pasa a veces con los clásicos autores del cine negro, le basta una toma de Seo-rae y otra de Hae-joon para informarnos de que entre ambos se ha generado una conexión que atentará contra cualquier investigación habitual de un caso más bien de rutina.

Es el tipo de escenas que Alfred Hitchcock inmortalizó en Vértigo (1958) a través de los rostros de James Stewart y Kim Novak y que cada quien ha imitado con mayor o menor fortuna en la historia subsecuente del cine. La mujer fatal es Seo-rae, el detective a la deriva es Hae-joon y el resto es un mundo ancho y ajeno a esta tragedia de amor.

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Aunque se trata de una investigación básica realizada en ratones, el científico que dirige el estudio, Baptiste Piqueret, asegura que los resultados "son prometedores".