La polémica (y censurada) exposición en que Nicanor Parra colgó a los Presidentes de Chile

Obras Públicas se llamó la exposición montada en el Centro Cultural La Moneda en 2006, que reunió la obra plástica del antipoeta. Entre los artefactos, llamó la atención la pieza El pago de Chile, en que se mostraba a los presidentes de Chile colgados, una idea que enfrentó al equipo de Parra con el ministerio de la Cultura, por la resistencia a permitir la obra en las entrañas del poder. Acá, la trastienda de un episodio bullado que retrata al Parra provocador y transgresor.



Faltaba poco para las 20.00 horas del 18 de agosto de 2006, y la entonces presidenta Michelle Bachelet bajaba desde su oficina en La Moneda hacia el centro cultural ubicado en los subterráneos del palacio presidencial. Sus tres pisos se encontraban repletos de invitados que se encontraban ahí para presenciar la noche inaugural de la exhibición Obras públicas, una exploración en la que se abordaba la obra de Nicanor Parra en distintos formatos: sus artefactos, sus escritos, sus videos, e incluso su colección de imágenes descargadas de Internet a sus 92 años.

Pero una de las piezas que había recibido toda la atención en los días previos había sido El pago de Chile, en la cual aparecían todos los presidentes de la historia republicana del país colgando de una pared en el hall central del Centro Cultural La Moneda. La pieza había causado una batalla entre los Parra y el Ministerio de Cultura ampliamente difundida en los medios, generando un debate en torno a la censura y la libertad de expresión.

El mismo Nicanor, reacio a las apariciones públicas, había viajado desde su hogar en Las Cruces para asistir a la ceremonia de apertura, y fue recibido como todo un rockstar por los invitados que repletaban el centro cultural. A su llegada, la multitud presente empezó a abalanzarse contra él casi aplastándolo contra una muralla.

La mandataria arribó al espacio cultural, y el antipoeta la saludó con un beso en la mano. Tras recorrer juntos la serie de obras, Bachelet, con su habitual estilo, hizo una observación. “Como presidenta en ejercicio es imposible que no me llame la atención aquella galería con mis ex colegas. ¿Me agregará cuando me vaya, don Nicanor?

El plan

Morgana Rodríguez fue quien ideó la exposición. Gestora cultural, formaba parte del directorio del centro que había sido inaugurado en enero de ese año. Se acercaba la fecha de cierre de su exhibición inaugural, una colección de arte mexicano, y buscaban una exhibición que fuera igual de potente para sucederla. Rodríguez, cercana a Nicanor y la familia Parra, pensó inmediatamente en su obra.

El centro inició las gestiones, y originalmente le ofreció parte del recinto para exponer las obras, pero el espacio parecía demasiado pequeño como para abordar a un artista de tal envergadura como Nicanor. Su hija Colombina, en conversación con Culto, recuerda: “Transmitimos que Parra, por el espesor de su obra se merecía La Moneda completa. Morgana accedió a todos los requerimientos y con su entusiasmo logró que la directiva apoyara la idea.”

Con esto, la familia Parra comenzó a preparar lo que sería una de las exhibiciones más completas del antipoeta. Se armó un equipo de 15 personas, entre las cuales se encontraban Pato Fernández (a quien se le encargó seleccionar piezas de su extensa obra escrita), Colombina, Hernán Edwards y a Cristóbal “Tololo” Ugarte, nieto del antipoeta. En su casa de Las Cruces, Nicanor movió todos los muebles de su hogar para hacer espacio a los “trabajos prácticos” que serían parte de la exposición, haciendo difícil caminar dentro de ella, recuerda Tololo.

“Me pareció que Pato Fernández era una de las pocas personas que comprendía la antipoesia en todas sus dimensiones, además lo había ayudado a armar una edición de The Clinic especial de Parra. Sentí que vibraba con su obra y que le divertía mucho. Se armó un gran grupo de personas entusiasmadas y empezamos a jugar”, detalla Colombina.

Nicanor siempre fue un artista espontáneo. Colombina recuerda una ocasión en que iban en un auto por el litoral central, y el artista les hizo parar. Nicanor bajó a recoger botellas de vidrio hasta llenar el auto, las que luego se convertirían Las botellas vacías del autor, trabajo práctico que expondría en Obras públicas.

“Trabajar con el era como estar en una montaña rusa -detalla Colombina-. Podía darte vuelta todo y convencerte rápidamente de que esto otro era infinitamente mucho mejor, en el camino iba haciendo cambios no menores como cambiar el título de la exposición cuestión que implicaba un sin número de cambios de diseño pero era incuestionable que cada vez llegaba a algo más preciso entonces había que estar listo para dar una vuelta carnero”.

El pago de Chile también surgió de esta espontaneidad. Corría el mes de julio, faltando solo un par de semanas para la apertura de la exposición, y Colombina visitaba junto a su padre el espacio para ilustrar la disposición de las obras. Entraron al hall central del museo, y al verlo el antipoeta gritó entusiasmado: “¡Aquí hay que colgar a todos los presidentes!”

“Apuntó con el dedo donde debían ir colgados -agrega Colombina-. Los cuerpos colgados tenían que estar repartidos en todo el espacio. Lo que me trasmitía era la sensación de cuerpos lo más parecido a cuerpos humanos”.

A los costados de este sector, frente a otra gigantografía titulada Poleras globalizadas que mostraría camisetas con los símbolos del comunismo y el nazismo, colgarían los presidentes de Chile en fila; de Bernardo O’Higgins a Ricardo Lagos, pasando por José Manuel Balmaceda, Arturo Alessandri y Salvador Allende. La intervención, según contaba Nicanor en ese entonces, estaba inspirada en los “juicios de residencia” de la época colonial, en los que se hacía rendir cuentas a un gobernante después de su mandato y enfrentar posibles acusaciones frente a su gestión.

Colombina detalla cómo se construyeron las figuras. “Se armaron en material liviano porque estábamos demasiado encima para hacer algo más complejo. La visualización quizás podría haber sido más potente si los cuerpos hubieran sido más reales. Pienso en que quizás si los hubiera construido Papas Fritas, artista al cual mi padre admiraba, hubiera sido mas preciso en lo que quería pero las figuras cumplieron la función”.

Morgana postuló la idea a la entonces ministra de Cultura Paulina Urrutia, pero inmediatamente fue rechazada. La ministra le argumentaba que era una idea complicada, que debía buscar la forma de que Nicanor modificara su idea o que simplemente desistiera, porque la consideraba como una provocación muy delicada.

La gestora lo vio como una censura, pero inicialmente intentó hacer llegar la sugerencia de una forma en que Nicanor no se sintiera pasado a llevar. “Le dije que podía ser delicado, y Nicanor respondió al principio que estaba de acuerdo, pero al pasar los días nos dijo que no se sentía cómodo, que sentía que le estaban poniendo cortapisas”, contaba en una entrevista a La Tercera en 2006.

Colombina también fue a hablar con la ministra por su cuenta. “Le pedí una explicación de por qué no podíamos colgar a los presidentes, y con los ojos llorosos y afónica me contestó algo así como ¡Pero cómo no te das cuenta que estamos en La Moneda! ¡Cómo vamos a hacer eso aquí!’ En cualquier otra parte si, pero aquí estamos en las huevás de La Moneda! La palabra huevás, puesta en boca de alguien que se suponía debía mantener cierto decoro, me impactó.”

Mientras todo esto ocurría, y los primeros artículos sobre la situación se publicaban en la prensa, Nicanor Parra estaba fascinado con el entrevero. “A mi papá le encanto esto que se estaba produciendo. Se reía y gozaba, veía lo confundido que estábamos todos con esta propuesta de nada político”.

La compositora recuerda una conversación de su padre con Tololo, cuando este tenía 14 años, mientras ella y su equipo intentaban salvar la situación.

“Puede usted ir y colgar a los presidentes?”

“Bueno.”

“Esto hay que hacerlo Tololo. ¿Usted se atreve?”

“Sí, yo los cuelgo.”

“Estamos al otro lado entonces. ¡El Tololo los cuelga!”

Esto era una forma de decirles que si no los colgaban ellos su nieto lo haría, o más bien, presionarlos a concretar algo tan “simple” que hasta un niño de 14 años era capaz de hacerlo. “Los pingüinos saben!” solía repetir.

Rodríguez siguió insistiendo en reuniones entre el directorio y el ministerio, hasta que en una ocasión se tuvo que enfrentar a la ministra, rehusándose a modificar la exposición. Días después sería desvinculada del centro, citando razones “administrativas” altamente cuestionadas: la ministra afirmó que el despido había sido decidido por el directorio del centro cultural, pero luego se supo que la decisión había pasado exclusivamente por ella.

Para Colombina, en todo el asunto “hubo censura. No intento. Hubo mucha tensión y malos ratos para nosotros y para mi padre por suerte, diversión. No fue un momento agradable. Ellos tendrían que haber entendido quién era Parra. Haber confiado en que se trataba de Parra sin explicaciones”.

Así, la misma hija del antipoeta se hizo cargo personalmente de la situación. “Le dije (a la ministra) con quién tengo que hablar para explicar la obra, porque tenemos que colgarlos. Nos sentamos frente al directorio. Explicamos el por qué y cómo se haría, lo mismo que ya habíamos informado antes. La reacción fue la de recién haber entendido todo”.

Las autoridades ceden

Quedaba una semana para el inicio de la exposición. El Centro Cultural La Moneda sostenía conversaciones tensas, y la cobertura periodística del conflicto ponía en aprietos a Paulina Urrutia dentro de la opinión pública. Hasta que el viernes 11 se aprobó la obra cuestionada: tomó la insistencia de uno de los miembros del directorio, que decía que sobre el costo de vetar la obra sería mucho mayor al de simplemente exhibirla, para que se le diera luz verde.

Las gigantografías fueron impresas rápidamente y colgadas durante el jueves siguiente, en un ambiente frenético y tenso. “Tuvimos que actuar casi como la primera línea, casi con pañuelos en la cara para colgar a los presidentes.”

Pero la molestia con respecto al despido de Morgana Rodríguez seguía presente, y durante la inauguración varios invitados vistieron una chapita con su nombre en modo de protesta. En tanto Nicanor, el hombre de mil ideas por minuto, ya expresaba su intención de hacer nuevas incorporaciones a la exposición.

La obra seguiría su curso, siendo exhibida hasta el 6 de octubre y siendo visitada por más de 160 mil personas. Tololo recuerda las filas eternas que hacía la gente para poder ver parra creer y su “adrenalina colectiva por encontrarse por fin en un museo con algo que estaba vivo y que sentían propio”.

En 2014, el centenario de Nicanor Parra, El pago de Chile volvería a ser exhibido como parte de la exposición Voy y vuelvo organizada por la Universidad Diego Portales. La institución pretendía promocionar la exhibición en las gigantografías publicitarias de Santiago, pero las empresas a cargo de estas se negaron, argumentando que era “ofensiva para las autoridades”. La situación motivó a Carlos Peña, su rector, a escribir una carta que acusaba un nuevo intento de censura al autor y destacaba: “Es difícil encontrar un acontecimiento que muestre mejor cuán poco grato puede ser Nicanor Parra para el poder.”

Colombina coincide con esta opinión sobre su padre. “Se sentía en el ambiente que estábamos pasados de la línea divisoria entre arte y poder. Pero a mi padre eso le encantaba. Se reía a carcajadas y siempre quiso transgredir desde la no autorización. La obra, para él, agarraba mucho más fuerza siendo censurada, entonces toda la gente que se oponía finalmente estaba trabajando para él”.

Hace menos de un año, la obra fue instalada en uno de los salones del Palacio de La Moneda, un hecho que para la hija del antipoeta resulta irónico después todo lo ocurrido. “Cada presidente que venga será colgado una vez finalizado su periodo. Es una obra que no se cierra nunca.”

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