Culto

Godard, Ford y Baker

Godard, Ford y Baker

Una joya. El reestreno de Le Mepris (El desprecio) en funciones del Cine Arte Normandie califica como acontecimiento. Primero, no es usual que una película vuelva a la pantalla grande después de 60 años. Segundo, se trata posiblemente de la mejor película de Jean Luc Godard, que filmó cuando tenía 33 años. Y, tercero, la copia que se exhibe está remasterizada y corrige las deficiencias de las versiones que circulaban en DVD. Protagonizada por Michel Picolli y Brigite Bardot, e inspirada en una novela de Alberto Moravia, Le Mepris es una película sobre un matrimonio sometido a presión. El protagonista es un guionista de cine que está vendiendo su trabajo (¿también su alma?) a un productor americano empeñado en filmar La Odisea. Está casado con una bella mecanógrafa a la cual no le reconoce gran inteligencia. En algún momento ella siente que su marido se la está cediendo al productor. Él no cree estar haciendo eso y dice adorar a su mujer. Pero casi siempre hay algo que no cuadra. Ella está insegura. Y él se hace el desentendido. ¿Hasta qué punto ese matrimonio es de verdad y puede soportar tales desinteligencias? Godard filmó una película bellísima acerca de la fragilidad de los sentimientos y le sacó a Brigitte posiblemente la mejor actuación de su vida. También esta fue la cinta que coronó a Picolli y que puso a Fritz Lang, gran director del cine clásico, a cargo de un personaje inolvidable. La cinta, además de una historia romántica cruzada por la tragedia, también es una gran reflexión sobre el cine. Parte importante de la película fue rodada en la extraordinaria casa de Curzio Malaparte, en la isla de Capri,

Revelación. Tal como protagonista de El burgués gentilhombre, que hablaba en prosa sin saberlo, Richard Ford viene a descubrir ahora que sus novelas también son políticas. Su iluminación ocurre pasada la curva de los 80, aunque confiesa que él viene dando vueltas al tema desde hace años, concretamente desde 1989, cuando en Hamburgo un joven alemán con cara de mateo le preguntó si un cuento que Ford acababa de leer en el auditorio podía corresponder a lo que llamó “realismo social”. Ford, que tampoco tenía muy claro si eso se parecía al realismo socialista, lo negó y le dijo que él y su obra eran enteramente apolíticos. Pero el tema le quedó dando vueltas, hizo memoria de sus despreciables años en Misisipi, estado retardatario y conservador, y con el tiempo llegó a elaborar un concepto tan amplio de novela política -la que registra los efectos de la Historia o de la vida pública sobre la vida de las personas- que hasta Caperucita Roja podría calificar en esa categoría. El tema debe haberle parecido relevante, como que recoge estas reflexiones, mezclándolas con autobiografía, en un librito que en realidad es más atractivo que bueno: En palabras sencillas, editado por Feltrinelli (2026, tapas duras, 126 pp). Como Ford tiene una especial serenidad en su escritura, como su prosa transmite sinceridad, como él es un tipo entrañable y el discurso de ese ensayo efectivamente es muy simple, en ningún momento es difícil seguirlo, no obstante incurrir a menudo en ideas confusas y en un número de citas y referencias literarias abiertamente superior al requerido. Así y todo, imposible negar que Ford es un grandísimo novelista, por mucho que haya acostumbrado a abusar su poco de la extensión en sus libros. Nadie, por otro lado, podría subestimar su aporte a las letras estadounidenses en títulos como El periodista deportivo o en esa obra maestra que fue Incendios. Notables son también muchos de sus cuentos reunidos en Rock Spring, De mujeres con hombres o Pecados sin cuento. Claramente, sin embargo, En palabras sencillas no está a la altura de ese legado.

Youtuber. Puesto a seleccionar los mejores estrenos del año, creo que pondría Obsesión, una modesta cinta de terror exhibida hace poco, en un muy destacado lugar. No es chiste. Se trata de una modesta película de terror -de terror adolescente, como manda la ortodoxia- y cuenta la historia de un chico perdida y platónicamente enamorado de una compañera que, en lo que parece ser un buen día, compra en una tienda esotérica un producto que garantiza el cumplimiento de los deseos más recónditos. Ni corto ni perezoso, el protagonista pide que la chica con que sueña pase a quererlo. Y, bueno, ahí comienza el problema, porque el hechizo se cumple y se va a transformar en una pesadilla infernal. No es por este lado -un poco adocenado, intercambiable- que la cinta se hace querer. Es por su puesta en escena. Obsesión está protagonizada por un joven traumado que, si es no derechamente impotente, por timidez, inexperiencia o problemas de masculinidad, nunca consigue tomar el control de los deseos que alentó. Lo mejor de la cinta, aparte de Inde Navarrette, en el rol de la chica deseada que se va volviendo cada vez más siniestra, es el manejo de la profundidad de campo. Hacía tiempo que no se veía una cinta tan cuidada en términos de composición. Son varias las escenas donde los personajes discurren con naturalidad y sin mayor conciencia del entorno, mientras son observados desde el fondo del plano por una mirada a la cual el espectador no se puede sustraer. A partir de ahí se articulan varias secuencias que no solo son meritorias. La verdad es que son notables. Esta es la primera película de Curry Barker, quien viene del mundo youtuber. También fue en el caso de Kane Parsons, el director de Backrooms, también de este año, pero que me interesó poco. Obsesión, en cambio, invita a poner ojo en el futuro de este realizador.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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