Por Francisco AravenaLa música y el altar del tiempo
Grabando sobre la historia de Time, la canción de 1980 de The Alan Parsons Project, no me resistí a hacer una pausa para buscar la canción en YouTube -un vídeo sólo ilustrado por la imagen fija de la carátula del álbum The turn of a friendly car-, subí el volumen y me dejé impresionar, de nuevo, por la monumental estatura de la canción y la entrega vocal de Eric Woolfson cantando que el tiempo sigue fluyendo como un río hacia el mar.

Las canciones pertenecen a su época, pero la determinación de esa época es un derecho que pertenece últimamente a cada uno de sus auditores. Para alguien de mi generación -bordeando la cincuentena-, por ejemplo, la música de los 70 y la primera mitad de los 80 es en teoría sólo una banda sonora que acompaña en un segundo plano las escenas de infancia, soundtracks de la diversión de otros, de “los grandes”, de los que manejaban el auto y elegían qué radio sintonizar, de los que bailaban o conversaban festivamente mientras los niños improvisábamos camas de emergencia en algún living ajeno. Pero las canciones siguen sonando para siempre; sabemos cuándo empiezan pero nunca cuándo terminan, y nos siguen acompañando -a veces- hasta extremos insospechados. Una adolescencia escuchando las pocas radios que transmitían toda la noche hacia fines de los 80, por ejemplo, sonaba más a “adulto joven” que al glam rock o el synth-pop que dominaba la programación juvenil, aquella que era “para uno”.
Es la clase de evocaciones que me sacuden de cuando en cuando grabando las locuciones para nuestro programa Sintonía Crónica en radio Duna. Experiencias que uno asume como personales, particulares, hasta que uno mira alrededor. Grabando sobre la historia de Time, la canción de 1980 de The Alan Parsons Project, no me resistí a hacer una pausa para buscar la canción en YouTube -un vídeo sólo ilustrado por la imagen fija de la carátula del álbum The turn of a friendly car-, subí el volumen y me dejé impresionar, de nuevo, por la monumental estatura de la canción y la entrega vocal de Eric Woolfson cantando que el tiempo sigue fluyendo como un río hacia el mar, hacia el mar, hasta que se va para siempre. Hasta ahí, un pequeño momento personal.
Luego leí los comentarios. “¿Quién está escuchando en 2026?”, preguntaba el más reciente, posteado hace siete meses. La primera respuesta decía: “Mi hermano murió el 22 de noviembre del 22. Te amo hermano en el cielo”. Más abajo otro usuario explicaba: “Esta canción siempre tuvo un significado muy profundo para mí. Mi esposa dejó esta vida en 2023. Este año cumplo 80, ella habría cumplido 76. Le dejé instrucciones a mi hijo para que toque esta canción en mi funeral”.
A esas alturas la lectura de los comentarios ya resultaba más emotiva que la canción misma. O más bien, parecían unirse a la letra, a su significado, con la misma música. “Tengo 68 años y tengo un cáncer en etapa 4 y habiendo perdido muchas personas que he amado tanto, aprecio cada momento que pasa”, decía otro.”Mi padrastro murió hoy”, apuntaba otro. “Te amo, Mike. Fuiste tan bueno con mamá”. Más abajo: “En memoria de mi hermoso hijo Tommy , 27 de agosto, 1999 - 4 de septiembre 2019”, anotaba una mujer (Feliz cumpleaños, Tommy).
Es sólo un ejemplo, sólo una canción. Pero es una gran canción y un gran ejemplo de cómo una obra puede ser adoptada de manera tan íntima por tanta gente para acompañar y recordar momentos tan determinantes de su vida. Una canción, dicho sea de paso, que hace que personas de hasta 80 años concurran hoy a internet a compartir sus grandes amores y dolores. Es un altar y una postal de amor y duelo -que son lo mismo- que pensé que podría valer la pena compartir hoy, quizás haciendo eco de ese desconocido que apuntó: “Bienvenidos a 2026. Seamos más amables entre nosotros este año”.
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