La Catedral de Notre Dame, una joya gótica entre las llamas

El incendio que sufrió la emblemática iglesia de París no es solo un atentado contra la arquitectura, sino contra 850 años de historia europea. El edificio construido entre 1163 y 1245, ícono de la arquitectura gótica, era Patrimonio de la Humanidad y ya en 2017, André Finot, su portavoz, alertaba de su deterioro: "En todas partes la piedra está erosionada, y cuanto más sopla el viento, más todas estas pequeñas piezas siguen cayendo".


Imposible imaginar París y las inmediaciones del río Sena sin su imponente fachada. Con sus gárgolas de piedra al acecho e icónicos rosetones firmemente asentados en el imaginario colectivo e históricamente vinculados al arte y la literatura, la Catedral de Norte Dame de París posee un enorme valor arquitectónico y simbólico para los parisinos y para la cultura occidental.

Hoy, un incendio del que aún se manejan escasos detalles, atentó contra el edificio, considerado una joya de la arquitectura gótica. Construido entre 1163 y 1245, sin embargo, el siniestro es también un atentado contra 850 años de historia europea: en su interior se coronó emperador Napoleón Bonaparte en 1804, se beatificó a Juana de Arco en 1909, se celebró la misa de liberación de la ocupación nazi en 1944 y, tras los atentados de 2015, se ofició un servicio en memoria de las víctimas. La emblemática iglesia ya sufrió daños por un incendio en 1871, durante la Comuna de París.

Tesoro invaluable en peligro

Levantada en la Ile de la Cité, junto al río Sena, dos torres de 69 metros cada una realzan su fachada. Sobre sus tres pórticos centrales se encuentra la Galería de los reyes, formada por 28 estatuas que representan a los reyes de Judea e Israel. Durante la Revolución francesa, dichas estatuas fueron destruidas pues se creía que representaban a los reyes de Francia, por lo que las actuales son réplicas de las originales. Algunas pueden verse actualmente en el Museo Cluny.

Al subir los 387 escalones que conducen a la parte superior de las torres, sus 13 millones de visitantes al año podían ingresar y conocer de cerca el mismo campanario en el que vivió el mítico Jorobado de Notre Dame, personaje principal de la obra Nuestra Señora de París, del escritor francés Victor Hugo (1831).

En medio de ambas torres, el techo de la nave central es custodiado, por un lado, por un elefante pigmeo y un pelícano anclado por el pico. Por el otro, en cambio, la parte más macabra, por un demonio de torso humano y cabeza bestial que devora a un pequeño ser humano.

“En su interior todo cobra magia”, dijo alguna vez el artista Nicolas Coustou, quien esculpió la monumental Piedad en el siglo XVIII que preside la catedral. A su alrededor hay una serie de efigies del rey Luis XIII, obras de Guillaume Coustou, y también Luis XIV, de Antoine Coysevox. Ambos monarcas aparecen arrodillados en actitud de súplica, y son escoltados por un ejército de ángeles. El espacio destinado al coro, en tanto, aún conserva parte de la sillería de madera que fue colocada en este espacio en el siglo XVIII. De diseño típicamente barroco, abundan los detalles tallados.

De sus bellos y famosos vitrales, en tanto, varios de ellos fueron destruidos en pleno siglo XVIII, cuando el edificio tuvo una de sus más significativas restauraciones, entre 1844 y 1864. Sobrevivieron solo tres rosetones dedicados al Antiguo Testamento. En ellos predomina el color morado, señal de espera y de esperanza de la venida del Mesías. En tres círculos, están representados 80 personajes: profetas, reyes, jueces y sumos sacerdotes. En el centro se encuentra la Virgen con el Niño Jesús, y simboliza el paso al Nuevo Testamento.

La catedral también albergaba algunas reliquias relacionadas a la Pasión de Cristo: la corona de espinas que supuestamente llevó Jesús, un fragmento de la Vera Cruz y uno de los clavos con los que se habría crucificado. Todas ellas fueron compradas por el rey Luis IX al Emperador de Constantinopla hacia el año 1239, y desde 1806 permanecen en su interior.

El órgano de Aristide Cavaillé-Coll es otra de sus joyas, y la plaza de organista titular de Notre Dame es uno de los más altos honores a los que puede aspirar un músico. Entre quienes lo han conseguido destaca Louis Verne, organista entre los años 1900 y 1937.

El tiempo no había pasado en vano por la catedral. Ya en 2017, André Finot, portavoz de la catedral, decía a The New York Times: “En todas partes la piedra está erosionada, y cuanto más sopla el viento, más todas estas pequeñas piezas siguen cayendo. Está girando fuera de control en todas partes”. La semana pasada, 16 esculturas que permanecían también en su interior, habían sido retiradas para ser restauradas. Quizás ya era demasiado tarde.

“Ella (la catedral) es una anciana”, declaró entonces Monseñor Patrick Chauvet, Decano de la U. de Notre Dame de París. “Tiene 855 años de edad, y de vez en cuando necesitas un lavado de cara para que todo siga siendo hermoso”, agregó.

Seguir leyendo