Aníbal Mosa: Los fantasmas del amo de Colo Colo

Aníbal Mosa. Foto: Patricio Fuentes

Los peores días del empresario, quien quería pasar a la historia como presidente del Cacique, pero no por la campaña que está llevando a su equipo a la B. El ánimo está cerca del colapso y su conflicto con el plantel por haberlo llevado a la AFC todavía está en serio riesgo de judicializarse.


El típico cachamal, ese palmazo en la nuca que no se ve venir por estar despistado. Jorge Valdivia, el autor, y Aníbal Mosa, la víctima. Más de alguno recibió el hoy presidente de Blanco y Negro, en uno de sus tantos viajes con el plantel de Colo Colo, cuando su complicidad con los jugadores era tal, que la dinámica en el avión generaba risas más que sorpresa. Días felices para quien el miércoles se quedó varios minutos inmóvil en la tribuna del Monumental, perplejo, hundido, culposo, mientras su equipo se retiraba de la cancha derrotado por Curicó Unido y sentenciado a ser colista absoluto de la tabla de Primera División. Días felices que se ven muy lejanos.

El dirigente de 53 años ha tomado Colo Colo como el proyecto más importante de su vida. Fue así desde que se unió a ByN, a fines de diciembre de 2010, tras comprar el 11,06% de las acciones del club (que le pertenecían a Sebastián Piñera), a cambio de US$ 5,8 millones. Esa misma tarde, citó a un periodista en un café Tavelli de la zona oriente de Santiago para contarle que soñaba con llevar las riendas del equipo de sus amores. Un objetivo que alcanzó por primera vez en abril de 2015, tras invertir casi 2 millones de dólares para ampliar su propiedad en el club. Eso, más su primera alianza con la Corporación (que nunca se ha roto), le permitieron llegar a la testera. La perdió en abril de 2018 con el retorno de Gabriel Ruiz-Tagle, pero la recuperó en 2019, con la guerrilla de poder desatada en la concesionaria.

No es un secreto que Mosa es de carácter muy pasional. Lo ha demostrado frente a cámaras y micrófonos. Quienes han trabajado con él lo describen como un tipo de piel, cercano, casi siempre buena onda. Esos casi, sin embargo, en estos meses de infierno que ha vivido Colo Colo, se han vuelto cada vez más recurrentes. De esa autoridad que llegaba a Macul regalando Súper 8 ya queda poco. En el Monumental relatan que, cuando va, ya no se pasea por las instalaciones. Su rutina se ha vuelto estar encerrado, frente a un computador, sosteniendo constantes reuniones con sus asesores. Las emociones las desata durante los partidos, aunque claro, en este 2020 han estado más ligadas a la frustración que a la alegría.

Sin salmón ni jugadores

El portomontino perdió en esta temporada su tesoro más preciado: la cercanía con los jugadores. La decisión de mandarlos al Seguro de Cesantía, apoyado en la Ley de Protección al Empleo, lo rompió todo. Nunca más fue igual. En la casa del Cacique lo relatan con la historia del salmón congelado. Hasta hace no mucho, el empresario, de su bolsillo, enviaba cada cierto tiempo al plantel kilos de salmón para que fueran repartidos entre ellos. Era común que en los congeladores del camarín estuvieran bolsas del producto, a disposición de los futbolistas. Hoy, esa regalía ya no se ve.

El sureño está golpeado. Su segunda etapa en el cargo más importante de Colo Colo era para él la oportunidad de pasar a la historia, pero en el éxito, no en el fracaso deportivo e institucional que hoy tiene a Colo Colo último, con la carga del descenso directo sobre su espalda y con deudas y pérdidas millonarias. Ni siquiera la traumática determinación de mandar a la plantilla a la AFC salvó la decadencia económica, puesto que la Dirección del Trabajo determinó que el proceso fue irregular y sentenció que al primer equipo se le debe reponer cerca de $ 1.200 millones. Ese triunfo financiero que se exhibía en septiembre, en comparación a los otros grandes, quedó prácticamente en nada. Sin contar las multas, los contratos comerciales interrumpidos y todos los efectos de la pandemia, que todavía no se pueden valorizar completamente.

La coronación de la crisis, desde el punto de vista dirigencial, llegó con el caso de Matías Zaldivia, quien tras sufrir el corte del tendón de Aquiles fue enviado por el club a la ACHS para que gestionara su licencia médica y el cobro de su salario en la isapre (rebajado en un 90%) . La divulgación de este conflicto obligó a Mosa a romper un largo silencio ante los medios. “Yo no voy a venir a ocultar o maquillar situaciones que todos saben. Yo sigo teniendo la confianza en que vamos a restituir la confianza de nuestros jugadores. Nos vamos a reunir con ellos. Situaciones como la que ocurrió con el Mati no ayudan mucho. Nosotros vamos a retomar nuestras relaciones buscando lo mejor para Colo Colo. Hicimos un mea culpa y dejamos nuestras diferencias de lado por el momento difícil que atraviesa el club”, expresó el timonel albo el 29 de octubre.

El 9 de noviembre se anunció que la paz con los futbolistas ya estaba sellada. “Está todo ok, se le comunicó al plantel de jugadores y se da por terminado (el conflicto)”, lanzó Harold Mayne-Nicholls, vicepresidente del directorio, la gran apuesta de Mosa, también fallida desde el prisma implacable de los resultados y la tranquilidad al interior del club. El acuerdo por los sueldos adeudados según la resolución de la Inspección del Trabajo, sin embargo, no se ha firmado. No toda la plantilla está a favor de la propuesta directiva, de cancelar la mitad de los $ 1.200 millones que estableció la DT. La denuncia en tribunales laborales contra ByN sigue en pie y el juicio se mantiene con fecha 7 de diciembre para su inicio formal. En el Sifup, al menos, no han recibido la notificación de los jugadores de Colo Colo para retirar el caso.

El día del positivo

“Salí premiado con el Covid”. El mensaje llegó temprano a los celulares de las principales autoridades del Cacique. El presidente informaba así que estaba infectado del virus que ha remecido al mundo en 2020. El diagnóstico lo conoció en Brasil, en el viaje de los albos a enfrentar al Athletico Paranaense por Copa Libertadores, aunque el contagio se produjo en Chile. Más bien fue una sospecha que luego se confirmó, al conocer el positivo de su actual pareja en Santiago. Como un reflejo de lo que ha vivido los últimos meses, el directivo pasó de la risa al sufrimiento en horas. En Brasil se le vio mal. Se encerró y pidió desayuno a la pieza y que le renovaran el stock de mascarillas y alcohol. Luego se movió solo en la van, mientras que Marcelo Espina y su asesora Militza García se trasladaron en el bus del plantel. Nadie en la gira se enteró de nada. Muchos pensaron que su aislamiento era por reuniones importantes.

Después vinieron los rumores de pasillo sobre que tuviese Covid 19. Con otra derrota internacional a cuestas, el presidente se devolvió a la capital chilena separado de la delegación, abatido. Por el resultado y seguramente por el resultado de los exámenes que se realizó. Su contagio provocó la suspensión del partido entre Colo Colo y Antofagasta y otro incendio en Macul, que incluyó un conflicto fuerte con la ANFP, que solicitó, sin éxito, después de firmar el aplazamiento del partido, que se le quitaran los puntos a Colo Colo por su actuación negligente.

Lo de su distancia con los futbolistas, en este caso, fue para bien. Antes era cercano a los jugadores, pero en los viajes este año se le ha notado siempre solo. El contacto con Esteban Paredes, su gran aliado en el camarín, se ha reducido al mínimo. Y este año, también producto de los protocolos anticovid, solo ha podido bajar al camarín después del 0-0 ante La Calera (12 de septiembre), acompañado por Harold y Marcelo Espina, el gerente deportivo. Ahí realizó un llamado a la unidad, revelan desde el plantel, pero en respuesta solo recibió indiferencia.

El comentario de jugadores y funcionarios en el Monumental, que el mismo Paredes se lo manifestó directamente, es que Mosa destacaba por “tener calle”. Ahora, recalcan, es una persona que consulta todo y perdió su esencia. Hoy su círculo cercano lo componen Juan Carvajal, Mayne-Nicholls, Espina y el presidente del sindicato José Luis Gatica.

Otro de sus vínculos claves es el que tiene con el Club Social, que aporta dos miembros al directorio y que le permite tener mayoría en todas las decisiones. En otras palabras, de acuerdo a todas las votaciones en la cúpula (salvo la relacionada con el sueldo de Harold, que exigía quorum), el portomontino tiene la facultad de hacer lo que prefiere, administrativamente hablando. La consulta al directorio es prácticamente un protocolo.

Con la corporación, muchos ven que hay una relación de conveniencia. Quizás, la única vez que el CSyD votó en contra de algo impulsado por Mosa fue en el apoyo a Pablo Milad. Sin embargo, la postura de la corporación también tiene que ver con su rechazo a todo lo que representa el llamado Bloque Vial, que tiene cuatro de nueve asientos en la mesa.

Según cercanos, Mosa ha sabido llevar una relación de necesidad dentro del club. La ha cultivado con funcionarios que heredó de administraciones pasadas, incluso, como Alejandro Paul, el gerente general, o Samuel Pérez, gerente comercial. Corta y descorta, según el día.

La nube negra se instaló sobre el timonel albo. Ni la práctica de yoga bikram (presume su elongación tocándose la punta de los pies con la palma de la mano) le ha servido para descargar las malas energías. Siempre preocupado de su imagen y de lo que se publica sobre él, aunque no tiene redes sociales. Ahora está abocado en salvar el barco, porque dice que no lo abandonará. Debe definir con su mesa si llegan más refuerzos. Tiene hasta el martes para ello. ¿Vuelve Valdivia? Es una posibilidad. ¿Volverán los cachamales? Eso está más difícil.

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