Columna de Daniel Matamala: Las uvas de la ira

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Una ola de pesado fatalismo recorre la clase dirigente. Columnas en diarios como este, cartas al director, entrevistas y opiniones de los think tank favoritos del poder económico repiten una y otra vez los mismos conceptos: “se jodió Chile”, “la democracia en jaque”, “barbarie”, “volvemos a la mediocridad”. ¿Es así de negro el futuro?

Los que pintan este escenario fatalista son los mismos que, hasta el 17 de octubre pasado, repetían el mantra de Chile como “el oasis de América Latina”. El país era próspero y la gente estaba dedicada al feliz consumo. Apenas había naturales dolores del crecimiento, un difuso “malestar de la modernidad”. Los aguafiestas que hablaban del hastío social, la rabia acumulada contra la élite y el temor de la clase media no eran más que “odiosos” y “resentidos”.

Ahora, los mismos que “no lo vieron venir” se han reinventado como agoreros del desastre. Y esa ya es una buena razón para tomar con cautela sus profecías.

Los Chiles paralelos de la élite y la ciudadanía se evidencian hoy. Mientras la clase dirigente vive como un duelo el retiro de parte de los fondos previsionales, la ciudadanía celebra un triunfo. “Por fin hay una buena noticia para todos”, decía el jueves una mujer en la fila de la AFP. Hay que tomar en serio esa sensación. Si la élite quiere reparar la fractura, tiene que aprender a perder. El retiro del 10% puede ser un paso hacia la sanación de la República, no hacia su destrucción.

Chile no está condenado al fracaso. Está en un momento crítico, una encrucijada en que debe renegociar la distribución de poder. Y hay ejemplos virtuosos de lo que puede salir de ello.

“En los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas, las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, (…) listas para la vendimia”. Ese bello y terrible fragmento es parte de “Las uvas de la ira”, la novela en que John Steinbeck relata las penurias de la clase trabajadora en medio de la Gran Depresión que comenzó en 1929 en Estados Unidos.

Steinbeck pasó años escribiendo crónicas sobre los padecimientos y abusos de la época para The San Francisco Sun, y tras leer su novela (o ver la película homónima de John Ford) parece evidente que la ira social que retrata estaba lista para una violenta vendimia.

Pero sabemos que eso no pasó. En cambio, las reformas del New Deal rebarajaron el poder, limaron los abusos, disminuyeron la desigualdad y dieron lugar a una larga era de prosperidad capitalista y paz social en los Estados Unidos.

Otro ejemplo es Suecia: a fines del siglo 19 y principios del 20, estaba entre los países más desiguales, corruptos y antidemocráticos de Europa Occidental. Los principales cargos del Ejército y la administración pública estaban a la venta y el 1% más rico acumulaba el 60% de la propiedad privada.

El sistema electoral funcionaba como una sociedad anónima. Las personas tenían una cantidad de votos proporcional a sus ingresos, propiedades e impuestos. El 80% de los hombres adultos (y el 100% de las mujeres) tenían derecho a cero votos. En el otro extremo, en las “elecciones” locales de 1871 hubo 54 municipios en que un solo magnate tenía más de la mitad de los sufragios, por lo que podía elegirse a sí mismo sin más trámite.

Sin embargo, según describe el economista Thomas Piketty, “una movilización popular excepcional entre 1890 y 1930 impulsó la transformación de un régimen propietarista exacerbado en un régimen socialdemócrata”. El proceso fue tenso, pero básicamente pacífico y constructivo: la élite cedió a la presión y accedió gradualmente a un nuevo reparto del poder. El sufragio universal se instaló en 1921. Impuestos progresivos y un Estado benefactor construyeron el modelo escandinavo que se convirtió en referente para el mundo entero.

La misma renegociación virtuosa ocurrió en 1945 en países como el Reino Unido y Francia, que se debatían entre la miseria de la posguerra, el fantasma de la revolución proletaria y la amenaza de los tanques soviéticos. El nuevo pacto (impuestos progresivos, Estado benefactor, sindicatos fuertes) dio origen a la Edad de Oro del capitalismo occidental, marcada por décadas de crecimiento, equidad y paz social.

¿Puede Chile seguir ese camino?

Veamos el caso del sistema previsional. Lejos de ser una tragedia, la reforma del 10% ha abierto una oportunidad de consenso única. La izquierda, que veía el 10% como un primer paso para llevar el 90% restante a un fondo común, se ha disparado en los pies. Por primera vez, la gente considera que esos fondos previsionales sí son suyos, y no aceptará que se los quiten. El pilar de capitalización individual está más fuerte que nunca, para alivio de las grandes empresas y el mercado de capitales. Por otro lado, la derecha ha comprobado que quemarse a lo bonzo en defensa de las AFP es absurdo. Un acuerdo legítimo y razonable es más probable que nunca antes.

Hay otros pactos posibles: impuestos progresivos junto a una reforma del Estado para volverlo más eficiente, como propuso Andrónico Luksic. O aprovechar nuestra posición privilegiada en la economía verde para saltar del rentismo a la innovación.

Los viejos paradigmas caen frente a nuestros ojos. The Economist anuncia el fin de la era monetarista de Milton Fiedman, y el comienzo de una nueva época empujada por el gasto estatal, que puede involucrar “más poder de negociación de los trabajadores”, “inversión pública verde”, “más innovación” y el avance de la renta básica universal.

El mayor riesgo no es el movimiento, sino el inmovilismo de los que quieren que nada cambie. Hay amenazas, como la espiral de violencia callejera y represión estatal que ya vivimos en el estallido. Pero Chile no está condenado a la vendimia de esas uvas de la ira. En esta encrucijada, aún estamos a tiempo de convertirlas en los frutos virtuosos de un nuevo pacto social.

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