Columna de Daniel Matamala: Personajes de comedia

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El poder ya no es lo que era”, afirma el analista Moisés Naím. Un buen ejemplo de esa mutación lo tuvimos esta semana. Grupos radicales intentaron impedir por la fuerza que el Festival de Viña del Mar se efectuara.

Atacaron el Hotel O’Higgins, apedrearon su frontis y quemaron autos.

Al día siguiente, hablando en La Moneda y flanqueado por su gabinete en pleno, el Presidente Piñera diagnosticó que “Chile ha tenido demasiada violencia” y convocó a “un gran acuerdo por la paz”. Este debe, especificó Piñera, “condenar a los que no condenan la violencia”.

En perfecta coreografía, al día siguiente lo más granado de la dirigencia de la ex Concertación publicó una carta titulada, precisamente, “es tiempo de un poderoso acuerdo nacional”. El who is who de la vieja guardia estaba al pie de página: José Miguel Insulza, Soledad Alvear, José Antonio Viera-Gallo, Óscar Guillermo Garretón, Sergio Bitar y, por supuesto, el lobista en jefe Enrique Correa, quien poco antes había publicado en la web de su empresa Imaginaccion una columna en tono similar.

La operación era clásica, perfecta. Pero cayó en el vacío.

Es que, sin que el poder pareciera enterarse, el tono de la conversación había cambiado con una rutina de humor, esa misma noche en que la violencia había amenazado con impedir el festival.

La presentación de Stefan Kramer generó una de las inflexiones más importantes de los cuatro meses de estallido social. Los vándalos en las calles representan el espíritu destructor del 18 de octubre, y la élite política tradicional sigue girando en torno a ella. Kramer, en cambio, llevó al país de vuelta al 25 de octubre: a esa energía populista de la marcha del millón, a ese sentido común de los chilenos que confían en hacer juntos los cambios.

Algo muy diferente al desprecio revolucionario hacia la cultura popular, a la que tildan de circo, de opio posmoderno para el pueblo. Los que intentaron “funar” la fiesta, atacando el Hotel O’Higgins y la van del propio Kramer, sólo demostraron una vez más su desconexión con ese pueblo al que dicen representar. Este festival es el más visto en siete años. Kramer llegó a un peak de 54,9 puntos de rating, el mayor para el evento desde 2012.

Es que el Festival de Viña es una de las poquísimas instancias que conectan al país entero en torno a un mismo contenido, junto a la Teletón y los partidos de la selección de fútbol. En el mundo de la posverdad y las cámaras de eco, Viña muestra una realidad compartida y revive la idea de formar parte de una misma sociedad.

La rutina de Kramer juntó talento, sentido común y la plataforma perfecta para recrear ese sentimiento compartido de una ciudadanía que se define a sí misma como opuesta a la élite, y que se unifica en la sátira transversal a esa clase política. Pero que, ojo, no convierte esa oposición en violencia rabiosa, sino que en energía positiva.

Es un abismo emocional entre ciudadanía y dirigencia. El 66% de los chilenos sigue esperanzado frente a los resultados de las movilizaciones (encuesta Criteria). Los directores de empresas, en cambio, creen que el país va por mal camino (85%), y que aumentará la polarización (99%, según Cadem / Vinculación).

“Una élite es una minoría organizada con capacidad de generar un orden en torno a sí misma. Esto es, una minoría organizada con capacidad de organizar”, dice el investigador Pablo Ortúzar. Nuestra élite política sigue estando organizada, y lo demuestra al escenificar sus representaciones habituales: una comparecencia del Presidente junto a su gabinete, una carta firmada por la crème de la crème del establishment.

Pero esa minoría organizada ha perdido la capacidad de organizar. Sus performances ya no provocan efecto alguno sobre la sociedad a la que pretenden ordenar. Los políticos siguen estando ahí, actuando como siempre lo han hecho: con sus muletillas, sus tics, sus timbres de voz. Pero ellos son ahora una pura mueca. Se han convertido, en ese sentido, en personajes de Kramer: en una simple cáscara, cuyas maneras y ornamentos, ahora despojados del aura del poder, se ven ridículos. Son reyes desnudos, carne de burla, personajes de comedia.

Los políticos de la vieja guardia quedan atrapados en lo que el cientista político Juan Pablo Luna describía, ya en 2016, como su “desviación ritualista”: “hacer lo mismo de siempre, aunque ya no funcione”. Ahora ellos convocan a un acuerdo entre ellos para resolver las cosas entre ellos. Tan gastado está su poder que deben intentar explicitarlo: será, dicen, “un poderoso acuerdo nacional”.

La carta apenas menciona en su penúltimo párrafo el plebiscito, y no se define sobre cómo votar en él. Tampoco lo hace el Presidente, cuyo gobierno ni siquiera puede pronunciarse ante la decisión política más importante en 30 años. Kramer, en cambio, dice: “yo apruebo”. Y acto seguido muestra empatía y respeto hacia quienes votan distinto.

El liderazgo ha sido reemplazado por la inducción constante al terror. “Este es el último día de festival y van a querer incendiar la Quinta Vergara”, decía el viernes Piñera. “No es posible ir a votar al plebiscito, con los niveles de violencia que vemos hoy”, complementaba la presidenta de la UDI.

Esta semana, la política tradicional les habló a los chilenos como a víctimas inermes, simples espectadores que deben confiar en que otros (los de siempre) resuelvan sus problemas.

Mientras, un comediante los trató como ciudadanos, protagonistas de la solución de esos problemas.

Queda claro cuál de esos registros fue más poderoso.


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