Columna de Ernesto Ottone: La Aldea Potemkin

04 DE AGOSTO DE 2021/VALPARAISO La Presidenta del Senado, Yasna Provoste, ofrece un punto de prensa, al terminar la Sesión de Sala del Senado, en donde se aprobaron las modificaciones al Código de Aguas. FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO



Catalina la Grande (1729-1796) fue una emperatriz de Rusia muy importante. Siendo alemana se convirtió en patriota rusa al casarse con Pedro III de la dinastía Romanov, quien no le hacía el peso.

Catalina era culta, ilustrada, ambiciosa y muy enamoradiza. A Pedro, en cambio, le gustaba jugar en sus aposentos con soldaditos de plomo. Terminaron peleándose duramente. Pedro murió en prisión en 1762, se dijo que de hemorroides, aunque nadie le creyó.

Catalina inició un largo reinado durante el cual realizó algunos actos humanitarios y otros menos , pero sobre todo expandió el imperio ruso e impulsó las ciencias y las artes.

Pese a llevarle 10 años y lucir una contextura muy robusta, se enamoró de un joven teniente, Grigory Potemkin, hombre audaz y de grandes virtudes militares y de estadista. Formaron una pareja que sin ser exclusiva por ninguno de los dos lados, no se disolvió nunca y atravesó su reinado, extendiendo el imperio en medio millón de kilómetros cuadrados.

Grigory, convertido en príncipe por Catalina, condujo dos guerras contra el imperio otomano, conquistando Crimea. Por razones de propaganda organizó un largo viaje de la emperatriz por el río Dniéper para mostrarle “la Nueva Rusia”.

El problema era que durante la navegación lo único que se veía era un gran peladero. Preocupado, nuestro astuto Grigory hizo fabricar una fachada de aldea de madera y cartón que se iba trasladando a medida que avanzaba la real barcaza, soldados disfrazados de campesinos saludaban en cada ocasión a la emperatriz, frente a la aldea de mentira.

Aunque algunos autores dicen que se trata de un mito, la historia trascendió el tiempo, haciéndose sinónimo de una ilusión engañosa.

De pronto tengo esa misma sensación frente a la campaña presidencial de la actual candidatura de la centroizquierda: lo esperable sería que ella representara una opción reformadora y progresista, que adopta una propuesta de metodología de gobierno marcada por un camino de cambios persistentes y graduales, que combinan libertad y mayores niveles de igualdad a través de medidas no polarizantes y mayoritarias destinadas a diferenciarse de la visión conservadora y también de las rupturas abruptas que plantea la izquierda radical.

Sin embargo, el tono del discurso de campaña, la ausencia de crítica al populismo ambiente, la cercanía de posiciones con la izquierda radical, tienden a quitarle contenido a la singularidad de la propuesta reformadora. De no enmendar rumbos, la tendencia a transformar el concepto de centroizquierda en una coreografía, en una aldea Potemkin y no en un espacio real con un significado político propio, claro y singular.

Ello puede, además, tener efectos electorales negativos. Quienes se sienten atraídos por una posición de izquierda radical, preferirán votar por el producto original y no por el sucedáneo; ello parece de toda lógica.

De otra parte, quienes sienten que esa candidatura, pese a llevar el nombre de centroizquierda carece de un talante reformador y que en buena parte no representa su pensamiento, se desmoralicen, se alejen de las urnas o, lo que es peor, emigren políticamente en busca de nuevos horizontes.

Lo curioso de este gran malentendido es que sucede justo en el momento en que la izquierda democrática y moderada recupera posiciones en el mundo, particularmente en Europa.

Con el triunfo de la socialdemocracia en Noruega, nuevamente las grandes democracias escandinavas, aquellas que tienen el mejor desempeño mundial, tanto en competitividad como en igualdad y justicia social en el mundo contemporáneo, son gobernadas todas por la socialdemocracia, ya sea en solitario o como parte central de coaliciones más amplias.

En Alemania, la socialdemocracia que algunos consideraban “morta e sotterata” (muerta y enterrada) acaba de convertirse en la primera fuerza en las elecciones y es probable que dirija una coalición de cambio y continuidad que reemplazará el largo y exitoso período conducido por Angela Merkel.

Pero también en Europa del Sur la presencia de la izquierda democrática tiende a reforzarse, ya sea en el gobierno, como en Portugal y en España, o como eventual eje de resistencia al avance del populismo de derecha, como sucede con el Partido Democrático en Italia.

Podemos extender este análisis a Nueva Zelandia en Oceanía y, desde otra tradición política, a Canadá o los Estados Unidos, donde el gobierno demócrata encabezado por Biden desarrolla una política a la vez de crecimiento económico y de una distribución del ingreso más equitativa, apartándose de la barbarización que impulsó Trump.

Se comienza a observar en el mundo democrático un cambio por impulsar políticas que no ahonden la brecha de desigualdad y que generen mayor cohesión social, que tiendan a reforzar los sistemas democráticos erosionados por las tendencias desregulatorias que llevaron al crecimiento de las desigualdades, a la concentración de la riqueza, al surgimiento de tendencias autoritarias y a la desilusión con las tendencias democráticas.

Es todavía muy temprano, sin embargo, para asegurar que este esfuerzo será exitoso y si los nacionalismos y populismos perderán fuerzas y volverán a ser tendencias marginales.

Si bien eso no lo sabemos, sí sabemos que en el esfuerzo para lograrlo, quienes juegan un papel decisivo son las fuerzas progresistas y moderadas y no los radicalismos que prometen sueños y cosechan pesadillas.

En nuestra América Latina, incluyendo a Chile, andamos una vez más con el paso cambiado respecto de las tendencias positivas que comienzan a aparecer embrionariamente a nivel global. Por el contrario, estamos llenos de refundaciones sin base, de mesianismos sin destino, mientras la región se aleja del desarrollo y el bienestar y pululan impostores, frescolines de profesión y personajes improvisados.

La política en serio pareciera no tener cabida, un reformismo honesto y eficiente tampoco. Por ese camino seguiremos asistiendo a debates presidenciales como el primero que vimos, en donde se habló de muchas cosas, algunas de ellas muy contingentes, pero no se dijo casi nada relevante sobre crecimiento económico, distribución del ingreso, volver a la disminución de la pobreza, mejorar la calidad de la educación, la creación de puestos de trabajo formales, de tributación progresiva y de reforzamiento de la inserción del país en el mundo global.

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