Columna de Héctor Soto: Aprendizajes tardíos

Foto : Andres Perez

Una vez que dejemos atrás la traumática experiencia que significó esta pandemia, los chilenos deberemos preguntarnos qué fue lo que nos llevó a ser uno de los países con más contagiados por millón de habitantes del mundo.



No todo está perdido en Chile. A esta conclusión se llega no solo a raíz del reciente estudio del Economist, que nos ubica entre los países de la Ocde que tuvieron un mediano desempeño en la pandemia (no de los mejores, tampoco de los peores), sino también porque, después de todo, el sistema político funcionó y fue capaz de llegar a un acuerdo para enfrentar la emergencia. Que costó mucho alcanzarlo, que tomó más tiempo del previsto y que el resultado se logró al margen de toda épica de futuro, bueno, es cierto. Pero el sistema respondió, si bien no tanto como ha respondido el sistema de salud y, en principio al menos, se trazó una carta de navegación para los próximos dos años. El logro es importante por dos razones: porque retira por un rato a la política chilena de la lógica de la polarización y porque vuelve a juntar dos hebras -la política y la tecnocrática- que hace tiempo se habían divorciado en las políticas públicas.

Sin duda que vendrán nuevas dificultades al momento de traducir las metas contempladas en el acuerdo a medidas concretas para ayudar a las familias y a las empresas más golpeadas por la crisis. Pero toda vez que las medidas, los proyectos y los programas sociales se mantengan dentro del espíritu del consenso alcanzado por el gobierno con los principales partidos de la oposición, ningún obstáculo debiera ser insalvable.

El golpe de la emergencia sanitaria ha sido feroz y ahora -lo más probable es que desde julio próximo- deberá empezar la etapa de la recuperación. Será un proceso largo, difícil e intrincado. Reaparecerán las impaciencias tanto de parte del gobierno como de los grupos más radicalizados del movimiento ciudadano. Ninguno de los proyectos de ley que se presenten bajo el amparo del Fondo Covid tendrá un parto fácil. Pero poco a poco, gradualmente, el país tendrá que retomar el ritmo de la actividad, entre otras cosas porque el escenario externo debiera seguir despejándose y porque los fundamentos de la economía chilena siguen estando sanos.

En retrospectiva, una vez que dejemos atrás la traumática experiencia que significó esta pandemia, los chilenos deberemos preguntarnos qué fue lo que nos llevó a ser uno de los países con más contagiados por millón de habitantes del mundo. Y ojalá seamos capaces de responderla con sinceridad. Hasta aquí se ha hablado mucho de que las autoridades no supieron ni lograron transmitir a la población la amenaza que entrañaba el incumplimiento de las cuarentenas, lo cual desde ya es bien discutible, porque todo el aparato comunicacional ha estado centrado en esto y los medios, tanto o más que informar, han estado metiendo miedo. También se ha puesto énfasis en los errores comunicacionales del Ministerio de Salud y en el prematuro lanzamiento por parte del Presidente de la nueva normalidad o del plan de retorno seguro.

De acuerdo: son factores atendibles y que eventualmente pueden haber incidido. Pero hay razones poderosas para suponer que el asunto va más allá de estas observaciones episódicas. No es menor lo que ha estado ocurriendo en Chile en los últimos ocho meses. De la noche a la mañana dejamos de ser una sociedad de conductas previsibles y disciplinadas y nos convertimos en un país imprevisible, de rechazos estruendosos y pulsiones desorbitadas. Rechazos por de pronto a la autoridad y a los acuerdos. Y pulsiones asociadas, sobre todo, a la idea de tirar por la borda tres décadas de crecimiento que, si bien no fueron capaces de reparar todas nuestras desigualdades atávicas, sí nos hicieron un país más igualitario que nunca antes en nuestra historia.

Era difícil que en un contexto así las cuarentenas de la autoridad sanitaria funcionaran como debieron. Si no funcionó ni siquiera el toque de queda en muchos barrios del país con ocasión de las revueltas de octubre y noviembre, ¿por qué tendría que haber funcionado ahora? Es más: esta vez también hubo grupos y sectores de opinión que abiertamente se propusieron boicotear las medidas de la autoridad sanitaria. Y el costo de eso, en medida importante, está reflejado en la enorme cantidad de contagios que llegamos a tener. Nada asegura que no volvamos a las cifras de las peores jornadas. La cantidad de nuevos casos sigue siendo extraordinariamente alta. Sin embargo, unida a una mayor severidad en la fiscalización que realizan Carabineros y las Fuerzas Armadas, comienza a instalarse en la conciencia pública una actitud distinta y se diría que en este plano algo, algo, muy poco, hemos aprendido en los últimos días. Aprendizaje tardío, desde luego. Nada muy nuevo ni tampoco muy sorprendente. La lección es que sin un mínimo de disciplina social no solo tendremos que despedirnos de estándares decentes de salubridad, sino también de toda noción de convivencia civilizada.

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