Columna de Héctor Soto: Escenarios extremos



¿Tendrá sentido comentar la dimensión de la actual crisis política? Puede ser entretenido hacerlo, sobre todo por la cantidad de peleles, impostores, oportunistas y tránsfugas que han aparecido y por la creciente devaluación de las instituciones. Lo sabíamos: momentos así son los que junto con sacar a veces lo mejor de las personas, también pueden extraer de ellas lo peor.

Por lo mismo, más útil que comentar puede ser indagar hacia dónde nos está empujando la contingencia. Curiosamente, se trata solo de una crisis política. La emergencia sanitaria ha comenzado a remitir -no sabemos hasta cuándo- y día que pasa, atendido el avance del proceso de vacunación, Chile está comprando inmunidad ante el virus. Este solo hecho daría para echar las campanas al vuelo. El horno, sin embargo, no está para celebraciones y, a pesar de las buenas noticias, el ánimo ciudadano sigue por los suelos.

Según los expertos, tampoco la bancarrota es económica. Todas las proyecciones de organismos internacionales y del propio Banco Central dicen que Chile recuperará este año los niveles de actividad previos a la pandemia e incluso los previos al estallido. Es cierto que la Bolsa y el dólar han acusado el impacto de los últimos disparates, y que el Fisco está gastando como país en guerra, pero hasta aquí todo acontece dentro de los márgenes que la economía permite y ninguna de sus variables parece estar especialmente descuadrada.

Donde sí el país está ardiendo es en el plano político. Se observa un generalizado desbande y la máquina trituradora de confianzas y prestigio llegó a un punto en que ya funciona sola. De su dinámica nadie tiene el control. No lo tiene, desde luego, La Moneda, que está aislada tanto de la ciudadanía como de su coalición política, y tampoco lo tiene el Congreso, férreamente unido para boicotear todas y cada una las decisiones del gobierno, pero patéticamente fragmentado a la hora de entregar no digamos un proyecto de país, sino al menos una mirada de futuro para Chile. Por supuesto que el escenario es riesgoso. Ante el vacío de poder una posibilidad es que vuelva a recuperar fuerza lo que en su momento se llamó “la calle”. La otra es que haga su aparición un líder cuyo carisma, junto con transformar el malestar en confianza, pueda ordenar el caos, marcar rumbos y abrir horizontes de futuro, que es lo que hasta aquí nadie ve. Como se ha dicho muchas veces, la mesa perfectamente podría estar puesta para un liderazgo de estatura histórica, para alguien que además de prometer un camino de salida exija de todos los grupos un sacrificio, porque de otro modo esto en ningún caso se ordenará. El problema es que también está disponible para un liderazgo populista y mesiánico, al cual son varias las figuras que desde hace rato están concursando. Recientes encuestas señalan que es la diputada Pamela Jiles quien lleva amplia ventaja en estas canchas y hay que ser o muy despistado o muy caradura para recibir la noticia con sorpresa. Era completamente previsible el desenlace, luego que medio país se comprara su discurso y que todo el arco opositor -tanto el de matriz socialdemócrata como el de perfil más radical- bailara al compás de su música. Así las cosas, entonces, no es en absoluto un delirio preguntar si acaso no es ella quien ha de venir.

La otra pregunta inevitable es si el Presidente logrará terminar su mandato. La cátedra, que muchas veces simula saber lo que no se sabe, tiende a pensar que sí, que lo terminará. Lo cree, sin embargo, no necesariamente porque la oposición se haya reconciliado con la idea de respetar los mandatos democráticos (disciplina que también pasó a pérdida en medio de la embriaguez del estallido), sino porque al Presidente ya le queda poco y porque ese poco está perforado por un calendario electoral que no deja espacio ni para un respiro. Aun así, la pulsión golpista y el sueño de botar a Piñera a como dé lugar siguen teniendo un rating no despreciable entre las dirigencias políticas y parlamentarias más sobregiradas. En diciembre del 2019 faltaron apenas seis votos para despachar a Piñera. La Constitución dispone que, acusado el Presidente por la mayoría de los diputados en ejercicio, quedará suspendido de sus funciones hasta que el Senado se pronuncie. Y el Artículo 29 establece que en caso de vacancia del Jefe del Estado, faltando menos de dos años para que su mandato expire, el Congreso Pleno deberá elegir por mayoría al sucesor (parlamentario o no) por el tiempo que le reste del período.

Qué duda cabe que este escenario es todavía más extremo y puede ser un despropósito siquiera imaginarlo, en especial ahora que comienza una nueva fase de acercamiento entre el Ejecutivo y el Legislativo en torno a mínimos comunes. En buena hora. Pero la política chilena se ha vuelto tan disparata que nadie puede garantizar que, al ritmo de las deserciones recientes, lo que es una locura hoy en dos semanas o tres meses ya no lo sea tanto. Bueno, es así como los países caminan al desastre.

¿Quién dijo que en Chile la historia es lenta? ¿Y quién que éramos una sociedad sensata?

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.