Columna de Héctor Soto: ¿Todo de nuevo?

Manifestación frente al Palacio de La Moneda.



Es lícito preguntarnos qué ha cambiado en Chile entre fines del año pasado y el momento actual. En realidad, son muchas cosas; más de las que en principio se pensaría. Por ejemplo, no deja de ser significativo que, de un año a otro, dentro del mismo arco opositor que en diciembre último estuvo a seis votos de destituir al Presidente de la República en la Cámara de Diputados, ahora hayan surgido voces que han parado en seco la iniciativa de un grupo de tránsfugas de adelantar las elecciones presidenciales y legislativas para abril próximo. No, no, señores, parecen haber dicho: no queremos ser el Perú, que parecía ser nuestro modelo.

Por lo visto, no todo está perdido en Chile, entonces. La idea de derribar al gobierno actual, de mandar a Piñera a buena parte, de sacarlo a tirones o piedrazos de La Moneda si se hace el duro, parece haber retrocedido un poco. Al menos hay quienes -aun apretándose la nariz cuando invocan su nombre- reconocen que el Presidente tiene un mandato legítimo y que una robusta mayoría ciudadana le encargó la conducción del Estado por cuatro años. Eso ya es algo, por mucho que este reconocimiento esté asociado en numerosas bancadas parlamentarias al propósito de hacer todo lo posible para que su administración fracase y no pueda gobernar. Efectivamente, son cosas distintas. La tentación de botar al gobierno es profundamente antidemocrática, así se trate de un golpe duro o de un golpe blando. La de negarle la sal y el agua, en cambio, puede ser antipatriótica y poco generosa, pero está dentro de las reglas del juego democrático.

Entre las máscaras que han caído en los últimos meses, por supuesto que hay que apuntar las de quienes diciéndose y sintiéndose muy demócratas sucumbieron al vértigo de las asonadas y revueltas de fines del año pasado. Era la calle, era el pueblo, se dice, quien pedía la renuncia del Mandatario. Por segunda vez en menos de 50 años la izquierda volvía a coquetear con la idea de que todas las formas de lucha son válidas para imponer sus dinámicas y legitimidades. Cuesta creer que ese error, que le costó al sector y a Chile torturas, persecuciones y desapariciones, entre otros padecimientos, haya vuelto a reaparecer no en un partido como el PC, que en verdad nunca se movió a ahí, sino en colectividades que vivieron procesos atendibles de renovación. Hay un tema generacional de por medio, desde luego. Los procesos de renovación que hicieron los padres avergüenzan a los hijos, que buscan parecerse no a sus progenitores, sino a sus abuelos, como si el mundo de hoy fuese el mismo de los años 60.

Este factor es probablemente el que más mantiene al país que somos en estos momentos colgando en la cuerda floja. En su apasionante ensayo histórico-político Chile indócil, un libro espléndido, recientemente publicado por Ediciones Tajamar, Max Colodro sostiene que el país nunca ha terminado por procesar y sanar las tres grandes rupturas que vivió en las últimas seis décadas. El golpe al latifundio, que representó la reforma agraria, el intento de conducir al país al rebaño de los socialismos reales que encabezó Allende y la tentativa del gobierno militar de construir un nuevo Chile desde una institucionalidad distinta y sobre las bases de la economía liberal. Su tesis es que nada de esto pareciera haber arraigado mucho y que ahora, de una manera u otra, todo vuelve a estar de nuevo en juego en el proceso constituyente que partió con el reciente plebiscito. Es provocativa su hipótesis. Y también un poco descorazonadora, porque significa volver a disyuntivas, a dilemas, que creíamos superados.

¿Será que los chilenos estamos atrapados en el tiempo circular, como en la película de El día de la marmota? Son muchos los que sueñan que ojalá así sea, porque quieren jugar a los bandidos, así sea por un rato. Pero hay razones para pensar que el tiempo histórico nunca es tan repetitivo, borgeano y recurrente. Y no solo porque la historia se repita la segunda vez como comedia, según pensaba ese señor barbón que ahora vuelve a tener gran rating. Se diría que los ciudadanos, ya que no las élites, que suelen ser descabelladas o ilusas, algo aprecian, algo aprenden y algo cuidan. La manada ya no es tan fácil de arrear. Podrá ahora haber un grupo que está dejando la Plaza Italia y acercándose más a La Moneda. Pero no es más que eso: un grupo. Es difícil que la gente vuelva a comprarse quimeras que, aparte de concluir en estrepitosos fracasos en todo el mundo, conversan poco no solo con el Chile actual, sino también con la realidad. Y conversan aún menos -nada- con el futuro, con el conocimiento, la tecnología y la autonomía individual.

Es mucho, efectivamente, lo que la próxima Constitución pondrá en juego. Pero ¿todo? No embromen. ¡Qué cansancio!

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