Columna de Max Colodro: El destino de Cuba



Fueron muchas generaciones de hombres y mujeres de izquierda las que vieron en la revolución cubana un ejemplo de dignidad y justicia social. En la década del ’60, la isla pasó a ser un engranaje decisivo de la guerra fría, pero nunca perdió esa aura de heroísmo que hizo de ella un bastión de resistencia frente al imperio y un ejemplo en la lucha contra las inequidades del capitalismo. Las voces disidentes, que desde siempre alertaron sobre los déficits democráticos de dicho sistema, jamás fueron atendidas. Para los que en alguna época de nuestras vidas fuimos devotos de la revolución, toda crítica a la gesta de Fidel y el Che, era simplemente una coartada de sus enemigos.

A comienzos de los ’90, la caída del muro de Berlín, el colapso del socialismo en Europa del Este y la desaparición de la Unión Soviética, dejaron a Cuba a la deriva, convertida en un museo viviente de la guerra fría. Un país sumido en la precariedad, que se esforzaba por mantener sus impresionantes logros en materia de salud y educación, ya sin los subsidios del campo socialista. Sofocada además por un embargo que desde el inicio hizo todo más difícil, y que fue siempre el argumento usado por Cuba y la izquierda para justificar la ausencia de democracia y las restricciones a la libertad.

Es cierto que el embargo tuvo efectos muy negativos en las posibilidades de desarrollo del país, y que no ha ayudado en nada a una apertura política del régimen. Pero no es verdad que sea el embargo lo que explica la dictadura cubana. En rigor, el modelo de partido único que prohíbe la existencia de opositores, donde no hay cabida para medios de comunicación y organizaciones sociales no controladas por el Estado, es el mismo que existió en la URSS, Polonia, la RDA y en todos los demás países de la órbita socialista, que nunca tuvieron embargo alguno salvo el de su propia ineficiencia. El sistema totalitario, la ausencia de democracia y de libertades que persiste en Cuba, se explica más bien por convicciones ideológicas, que amplios sectores de la izquierda compartieron siempre.

Hoy, en los tiempos de globalización del capitalismo, cuando la tecnología digital revoluciona las comunicaciones y las redes sociales generan una nueva subjetividad, Cuba está condenada a despertar de su pesadilla. Un proceso que ha sido sin duda demasiado largo, con muchas generaciones perdidas, familias separadas por el exilio, jóvenes sin futuro ni perspectivas. Una historia de sacrificios enormes, realizados en función de una ideología con tintes religiosos que, en la actualidad, no tiene un solo ejemplo de sociedad exitosa que mostrar.

Los cubanos empiezan finalmente a perder lo único que en las últimas décadas han tenido en abundancia: el miedo. Descubren que ese mundo que dio sentido a su destino trágico hace tiempo dejó de existir. Y que la revolución puede motivar aun cierta nostalgia, pero no posee en la práctica una molécula de futuro.

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