Columna de Óscar Contardo: La vía de los desesperados

Cacerolazos



La rabia se ha mezclado con la incertidumbre y el resultado es una pócima que se bebe a sorbos, de sabor variable y regusto amargo. Lo que nos depare el siguiente trago es una incógnita.

El apoyo que concitó el proyecto para retirar parte de los ahorros individuales destinados a la jubilación es el resultado de la desesperación de millones de personas, no de la adhesión a un plan claramente articulado. También es el símbolo de una revancha en contra de una élite que vive a su propio tiempo y que de tanto en tanto se reconforta enviando cartas al director cuando se siente contrariada por los extraños a su ambiente, alertando en esas cartas sobre las posibilidades ciertas de que el mundo se acabe si algo cambia. Una pauta habitual. Así reaccionó antes frente a las propuestas más variadas, desde la necesidad de prolongar la dictadura hasta los peligros de una ley de divorcio; a veces el enemigo es el marxismo en sus distintas manifestaciones; otras, el demonio del libertinaje. La advertencia apocalíptica ha sido tan utilizada que se ha vaciado de sentido, tal como sucede con las palabras y las ideas que se repiten como latiguillos cada vez que un fenómeno resulta demasiado complejo como para analizarlo en detalle; entonces más vale invocar frases hechas, como llamados a la unidad espurios o las advertencias sobre el acecho de enemigos implacables. Un diccionario del temor que, dadas las condiciones, resulta inocuo frente a los miedos ya instalados, eso que están viviendo efectivamente, aquí y ahora, millones de personas: el desempleo, las deudas, la enfermedad, la pobreza, el hambre y la muerte.

En julio se cumplieron cuatro años desde la marcha que convocó a medio millón de personas en la Alameda de Santiago para protestar por el bajísimo monto de las pensiones brindadas por el sistema creado en 1981. Era un reclamo que muchos venían advirtiendo desde hacía décadas, pero que había sido ignorado por un sector político que prefirió desentenderse del asunto. Pudieron hacer algo antes, pero no quisieron. Sin embargo, durante estas últimas semanas los mismos representantes parlamentarios y autoridades que antes miraban al techo cuando les pedían reformar el sistema de AFP se condolían porque el monto de las pensiones podría disminuir aún más con la posibilidad del retiro masivo del 10 por ciento. La duda que resulta es evidente: era realmente esa su preocupación o era la manera en que el proyecto afectaría el flujo de dinero hacia el mercado de capitales. Claramente, retirar dinero anticipado de la jubilación no es un plan que alguien en circunstancias normales pensaría como el ideal, a menos que estuviera al borde del despeñadero económico, que es justamente lo que están sufriendo cientos de miles de hogares, familias que apenas han recibido apoyo del Estado. Bastó que el proyecto avanzara en su trámite parlamentario para que el gobierno aumentara los fondos de ayuda antes negados y acusara a los impulsores de esparcir ideas populistas. No hubo reflexiones sobre el modo en que la indolencia del oficialismo había contribuido a que las cosas llegaran hasta donde estaban llegando. Como es costumbre, las autocríticas no existieron. La culpa era de “la calle”, de las redes sociales y de manipulación oscura de una oposición fragmentada, cuyo rol ha sido por largos períodos irrelevante. El camino hasta este punto no fue trazado de un día para otro, ni es obra de un complot alienígena, es una cadena de irresponsabilidades compartidas que reventaron por una emergencia pésimamente manejada.

Estamos enfrentando el fin de algo, no sabemos muy bien de qué, cada quien postula su propia hipótesis según sus deseos o miedos; tampoco podemos conjeturar qué será lo que viene, porque nadie -ni el oficialismo ni la oposición- parece tener una propuesta más allá de una reacción puntual frente a una oportunidad de lucirse en medio de la crisis. El tiempo denso de la cuarentena nos arrastra hacia un sitio incierto, y es posible que en ese tránsito hacia un nuevo comienzo, la multitud maltratada y cabreada se encandile con quien le prometa soluciones simples e inmediatas -las más brutales- que aplaquen su incertidumbre y satisfagan sus deseos de desquite contra quienes en lugar de asumir la tarea de abrirle un futuro, la abandonó a su suerte en medio del colapso.

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