Columna de Óscar Contardo: Los años en disputa



Annie Ernaux, la recién galardonada premio Nobel de Literatura, recrea en su libro Los años un viaje temporal desde la posguerra hasta la primera década del siglo XXI. Arranca cuando en Normandía, su región de origen, se padecía la escasez generalizada, obligando a la gente a vivir “en la proximidad de la mierda”, y sigue una ruta que acaba cuando los países desarrollados experimentan “la profusión de todo” mientras la crisis climática acecha.

El recorrido del libro -no sé si llamarlo novela, autobiografía impersonal o biografía colectiva- está repleto de imágenes y emociones enhebradas con precisión científica y cosidas a los cambios políticos y sociales, que por muy franceses que sean, alcanzan un tono universal, comprensible y familiar incluso para quienes habitamos las periferias del planeta. En Los años aparece el país famélico en reconstrucción y la nación en ascenso; cuando Argelia aún era parte de Francia y cuando dejó de serlo; la época en que De Gaulle se erigía como el mástil de un navío nacional, y el momento en que simplemente comienza a ser desdeñado y olvidado. Ernaux pasa de los fulgores de Mayo del 68, con una juventud cargada de cuestionamientos, al momento en que los ideales de las revueltas callejeras son transformados en objetos de diversión. Auges y desplomes, esperanzas y frustraciones. Los grandes marcadores de época se entrecruzan con los triviales y pequeños: el momento en que las nuevas clases medias se mudaron a las casas de los suburbios; los éxitos musicales de la radio y la moda de los filósofos en las tertulias en la televisión; el modo en que imperceptiblemente la Iglesia dejó de representar lo que solía haber representado. “Pasábamos al lector de DVD, a la máquina de fotos digital, al MP3, al ADSL, a la pantalla plana, no parábamos de pasar. Dejar de pasar significaba envejecer”. La narradora registra usos, costumbres, rutinas, hitos y formas de distinguir lo que se considera importante de lo irrelevante, lo hace sin nostalgias, sin hacer juicios sumarios sobre lo bueno y lo malo. La flamante escritora premio Nobel se acerca al mundo, y a la forma de vivirlo, auscultando la pulsión política siempre presente, pero a la manera en que un etnógrafo hace preguntas y recoge muestras, un modo tan distinto al de otros escritores e intelectuales premiados por la academia, que se pasean con un bolso lleno de respuestas y reproches para los pueblos que no se conducen o no votan como se supone deberían hacerlo.

Cuando leí Los años fue inevitable hacer un paralelismo con la propia historia reciente, la local, en este borde del mundo que suele considerarse a sí mismo como una excepcionalidad autónoma y distante no solo de los vicios vecinos, sino también de las virtudes que les atribuimos a las viejas naciones de ultramar: nos cuesta pensarnos latinoamericanos, pero hemos sido afrancesados, anglófilos y norteamericanizados. Cultivamos un complejo de colonia isleña que cobra distintas formas, la más reciente e inesperada, la importación de voces políticas españolas -Cayetana Álvarez de Toledo y Pablo Iglesias- para explicarnos a nosotros mismos lo que nos ocurre. Buscamos su aprobación o su consejo. No está claro qué los hace a ellos expertos en nosotros, pero hay quienes sí los consideran como tales. Habría que pedirles primero, a la diputada y al fundador de Podemos, que les explicaran a sus compatriotas más jóvenes en qué consistía España antes de que Franco muriera en 1975 y dejara como heredero de su dictadura -saltándose las reglas dinásticas- a un rey que a la larga resultó ser un corrupto protegido por la Constitución, los medios y las autoridades políticas.

Creo que la fascinación actual por la opinión de los dirigentes ibéricos tiene que ver con nuestra historia más reciente; sigue una tradición surgida en las postrimerías de la dictadura, cuando la experiencia española cumplía el rol de un modelo a seguir: los peninsulares habían pasado del franquismo al felipismo y eran acunados por esa Europa rica que antes se resistía a mirarlos como iguales. Moderna y democrática, ya no era la España folclórica del caudillo, sino la del naranjito, la movida y Almodóvar. Para muchos chilenos y chilenas la experiencia española debía ser, por lo tanto, el espejo en donde buscar un reflejo propio. Pero había una cordillera y un océano de separación. Los ahora llamados “30 años” comenzaron con una decepción: la del destape a la española que no fue y que era muy improbable que ocurriera.

Pero la transición no era una carrera de obstáculos o una competencia deportiva. No tiene sentido evaluarla en esos términos. Los 30 años, que de un modo absurdo muchos políticos y políticas han transformado en una vidriera en donde disponen trofeos que reclaman ser admirados, y otros tantos, en un foso de desperdicio del que deberíamos alejarnos como se hace cuando algo huele a podrido, son una historia compartida, un caudal espeso de experiencias, como las registradas por Ernaux, que a veces confluyen y en ocasiones se separan. No se trata de buscar un punto medio, sino de atender que debatir sobre el valor de un periodo de tiempo -lo que sea que eso signifique- como si se tratara de un archivo de disposiciones gubernamentales, índices económicos y kilómetros de carretera pavimentados, sería tan sensato como reducir la biografía de alguien a su ficha médica. La forma que tuvo la transición se explica por la manera en que la dictadura se impuso, lo que, a su vez, encuentra sus raíces en un orden -social, cultural- que la precedía y que permanece, a pesar de todos los esfuerzos por dejarlo atrás. Trozar el tiempo en hitos políticos sólo funciona en retrospectiva para no abrumar nuestro entendimiento y concedernos la fantasía de un poder de análisis que siempre será insuficiente. A su vez, en una sociedad fragmentada y desigual, en un mismo periodo conviven distintas generaciones con muy diversas expectativas y juicios sobre lo que consideran apropiado para su bienestar.

Los 30 años son, como el libro de Annie Ernaux, una pieza de memoria compartida marcada por hitos y ritos de paso, pero también por el resultado de experiencias atravesadas por las condiciones de clase y de género de cada quien, por las grandes causas que se levantan en el momento, por las tecnologías que marcan las rutinas de entretenimiento y por las expectativas económicas del minuto. Del mismo modo, la separación entre pasado y presente puede ser una línea inasible, fantasmal o como señala la premio Nobel francesa en Los años: “La distancia que separa el pasado del presente quizás se mida por la luz esparcida por el suelo entre las sombras, deslizándose por los rostros, acentuando los pliegues de una falda, por la claridad crepuscular, sea cual sea la hora de la exposición, de una foto en blanco y negro”.

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