El largo camino para adoptar en el Sename

Un video en redes sociales volvió a levantar la pregunta sobre cuál es el mejor destino para los niños que viven en hogares de menores. Muchos piensan que ser adoptados. Pero la verdad es esta: no hay muchos en esa condición y, además, el proceso no es simple.


Bastó con la difusión de un video a través de redes sociales el martes por la tarde para que, una vez más, las falencias del Sename volvieran al debate público: una vecina de la Residencia Familiar Carlos Antúnez, ubicada en Providencia, registró desde su celular los gritos y llantos que se escuchaban desde el patio de atrás, revelando una presunta vulneración de derechos al interior del centro.

El video dio pie a una investigación por parte del organismo y reacciones de autoridades. Pero también dejó una pregunta abierta: ¿por qué esos niños no están bajo el cuidado de una familia? El sistema funciona de la siguiente forma. Un menor, que por orden del tribunal de familia tuvo que ser separado de sus padres transitoria o indefinidamente, puede seguir varios caminos: la residencia, vivir con una familia de acogida que los cuide por un tiempo determinado, o como último recurso, ser declarados susceptibles de adopción.

Esta última es la más compleja de todas. Bien lo saben Javiera Lecaros (29) y Diego Infante (33). Lecaros es socióloga, y su marido, psicólogo. Viven hace cuatro años en Puerto Varas, y después de muchos tratamientos y exámenes en los que finalmente se les diagnosticó una infertilidad por causa desconocida, postularon en octubre de 2019 al proceso que había en su región: “La paternidad asociada a la adopción siempre estuvo considerada en nuestro proyecto de vida, mucho antes de saber que nos costaría ser papás. La infertilidad, de alguna manera, aceleró ese proceso. Por lo que fue una decisión sin mucho cuestionamiento”, cuenta Diego Infante.

Lo que no sabían era que el proceso no estaba exento de trabas, y lo comenzaron a notar desde el principio: tras cada reunión que tenían, las respuestas se podían demorar meses. Eso, sumado al estallido y la pandemia, hizo que la espera comenzara a ser angustiosa: la pareja cuenta que en octubre de ese año los centros del Sename se fueron a paro, sin turnos éticos. Luego, con la pandemia, se congelaron los procesos de adopción y dejaron de recibir respuestas. “Cada vez que preguntaba en qué estaba nuestro caso, nos trataban como si fuésemos niños ansiosos. Nos decían: ‘tranquilos, si ya van a ser papitos’. Cuando en realidad mi angustia no era por ser mamá, era porque mientras el proceso se demoraba, había muchos niños que estaban siendo vulnerados, cuando podíamos estar cuidando a uno aquí en nuestra casa”, dice Javiera Lecaros.

En el camino, también hubo situaciones incómodas. En cada entrevista, Lecaros e Infante sentían que de alguna manera, quedaban bajo la discrecionalidad de cada funcionario: “La gente incluso nos decía que nos fuéramos en buena con ellos, que había que tratarlos bien. Porque finalmente sabemos que de ellos depende que podamos ser padres”, recuerda Lecaros.

Pero lo peor vino con las entrevistas psicológicas, que es cuando se evalúa si el matrimonio es idóneo o no para ser padres adoptivos. “El proceso psicológico es desnudarte frente a un externo que no te conoce. Es un nivel de exposición muy alto, tuvimos que abrir nuestras cuentas corrientes para certificar que éramos capaces de tener más de un hijo. Y eso está bien, pero ese nivel de rigurosidad y transparencia no lo tiene la propia institución”, dice Diego Infante.

Javiera Lecaros y Diego Infante, viven hace 4 años en Puerto Varas.

Aprobados o rechazados

Esa forma de hacer las cosas tiene una razón: “Aquí en Chile se ponen todos los recursos en la preadopción. El Sename quiere encontrar a la pareja ideal. Porque que un niño sea devuelto por una familia es un fracaso absoluto”, explica Felipe Lecannelier, doctor en psicología e investigador de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago.

En ese proceso también cuentan las subjetividades. Le pasó a Gloria Gracia (36), una mujer que tras postular al proceso junto a su marido, se les rechazó la idoneidad. “Nos explicaron en las primeras reuniones que el 85% de los matrimonios que quieren adoptar no son idóneos y solo el 15%, sí. Eso en base a tu historia de vida y a un examen psicológico”, cuenta ella. El hecho de que haya tenido cáncer hace 10 años, dice que fue uno de los argumentos para determinar que no estaban preparados para ser padres adoptivos. Aunque eso tenía solución: desde la fundación San José le dijeron que si es que hacía una terapia recuperativa, podía haber posibilidades de volver a ser evaluados.

En eso estuvo durante dos años. Una vez dada de alta, volvieron a entrar a la misma etapa que habían dejado en pausa. Pero volvieron a ser rechazados: “Cuando terminó el taller, nos dijeron que ‘los cinco matrimonios que estaban en la sala estaban listos para ser papás. Nos recomendaron incluso que compráramos una cuna, porque antes de dos meses nos iba a llegar nuestro hijo. Teníamos todo listo hasta que, nuevamente, la fundación nos dijo que no éramos idóneos”.

Gloria Gracia y su esposo Felipe Ugarte.

Sobre esto último, la directora de la Fundación San José, Soledad Yáñez, tiene una explicación: “El taller es una instancia grupal. Son cinco matrimonios que pasaron la terapia o la evaluación, pero este sigue siendo evaluativo y formativo. Puede pasar algo importante o surgir algún tema que no se haya resuelto para completar su idoneidad”.

Aunque para Lecannelier quizás el desenlace habría sido distinto si le hubiera tocado otro profesional: “Antes de los 35 o 40 años es imposible que no te haya ocurrido alguna depresión o situación importante. Encontrar a los padres perfectos es una fantasía. Ellos piensan que todos los problemas de salud mental repercuten en los niños y eso no está evidenciado”.

Javiera Lecaros y Diego Infante, en cambio, corrieron mejor suerte. En mayo de 2020, llegó el correo que venían esperando desde hace siete meses: ambos habían sido declarados idóneos para adoptar. El primero en abrirlo fue Infante y, emocionado, llamó a su esposa para contarle. Pero Lecaros sintió algo distinto: “No me generó ninguna ilusión. Para mí, era un timbre más dentro de todo este proceso extremadamente burocrático”.

Los peros

Existe una razón importante que explica toda la burocracia del proceso: la adopción dentro de la red Sename es el último recurso al que se acude. Los menores que permanecen en residencias de protección y en familias de acogida no necesariamente pueden ser adoptados.

De hecho, de los 11 mil niños, niñas y adolescentes que había en cuidado alternativo el último día de 2020, solo 180 estaban a la espera de una familia adoptiva. Fueron 258 las adopciones realizadas y 497 los postulantes a adopción declarados idóneos el año pasado. Ya en esa etapa, las personas esperan durante un promedio de 16 meses. Y todavía queda que aparezcan niños susceptibles de adoptar. El año pasado fueron 265. Una cifra que dista de otros años, como en 2016, cuando se llegó a tener 436 bajo susceptibilidad de adopción.

Son los tribunales de familia quienes definen si los niños y adolescentes pueden ser adoptados o no, después de haber agotado todas las instancias para lograr restablecer el vínculo con los padres. “Yo tengo que hacer todo lo que sea posible para mantener al niño en su familia de origen o extensa, y para eso yo debería darles todos los programas de apoyo para que ellos puedan reforzar. El problema es que la mayoría de esos programas son ineficaces, no logran el objetivo, entonces todo el proceso es mucho más largo”, explica la jueza de familia Mónica Jeldres.

Ese lapso de tiempo disminuye si es que las familias prefieren adoptar niños más grandes. Pero en Chile existe un problema: “La cola de gente que hay, quiere un niño sano menor de un año. Pero de ahí a ver quién quiere adoptar a un niño con algún problema conductual, o de salud, mayor de cuatro años, es complejo”, añade Jeldres. De hecho, de las 258 adopciones, un 65% fue de niños de 0 a 3 años, y un 35%, de mayores de cuatro años.

Para Lecaros e Infante, eso no era un problema: buscaban adoptar tres niños de hasta siete años, con las condiciones que tuvieran.

Silvia Albornoz (49) y Sandra Espinoza (47), una pareja de Peñaflor, tampoco lo tenían. Buscaban adoptar la cantidad de niños que fuera, sin ningún límite de edad. “Estábamos dispuestas a recibir varios niños o, incluso, grupos de hermanos. La casa es grande, la familia también. La única restricción era que no tuviera una enfermedad terminal”, cuenta Silvia Albornoz. Tras iniciar el proceso en 2015, un año después les dijeron que habían sido declaradas como idóneas. Adoptar siendo pareja homoparental no era problema. Salvo por una cosa: que una de las dos tenía que asumir como adoptante, y el proceso legal se hacía bajo el estado civil de soltera, con conviviente.

Albornoz y Espinoza intuyeron que eso más adelante podría cambiar. Y así fue: una vez seleccionadas, preguntaron si es que contraer el Acuerdo de Unión Civil iba a traer problemas con la adopción. “Nos dijeron que no habría problemas. Que, incluso, algo más oficial sería bueno a la hora de que el juez de familia tomara la decisión de realizar la adopción”, recuerda Albornoz.

Eso no fue así: un día antes de asistir al Registro Civil para celebrar el acuerdo, una funcionaria les advirtió que si lo hacían, ya no podrían seguir dentro del proceso. “Pese a que estuvimos en desacuerdo al principio, decidimos abandonarlo. Nos sentimos engañadas por el sistema”, recuerda Espinoza.

Que una pareja homoparental pueda adoptar, efectivamente no está contemplado en la ley actual: “Los que tienen Acuerdo de Unión Civil pasan a tener un estado civil que no está contemplado en la actual ley que tiene un orden de preferencia: los matrimonios chilenos, matrimonios extranjeros y solteros. Los convivientes civiles no están dentro de ese orden legal”, explica la abogada de familia Alejandra Mercado.

Tras contraer el Acuerdo de Unión Civil, Silvia Albornóz y Sandra Espinoza tuvieron que dejar el proceso de adopción: su estado civil no está contemplado en la ley actual.

Más allá de la ley, María José Castro, directora del Servicio Nacional de Protección Especializada de la Niñez y la Adolescencia, dice que los procesos de adopción deberían mejorar desde octubre, con la entrada en vigencia del nuevo servicio que elimina el Sename. “Estamos convencidos de que tenemos que disminuir los tiempos, e -independientemente de hacer una muy buena evaluación a la familias que adopten- tenemos que generar procesos que sean más transparentes y eficientes”, asegura.

Mientras eso ocurre, Gloria Gracia no volverá a iniciar otro proceso. Pese a que desde el Sename le aconsejaron que probara postulando en otra fundación, la experiencia la dejó agotada. “Fueron, en total, cuatro años de vivir procesos fuertes, evaluaciones, exámenes, que va la asistente social y revisa tu casa entera y tienes que cumplir con 10.000 requisitos. Y al final todo queda en nada”.

Silvia Albornoz y Sandra Espinoza tampoco volverán a hacerlo. No solo porque legalmente ya no pueden por su estado civil: después de lo ocurrido, tomaron la decisión de iniciar un embarazo asistido con donación de espermios. Hoy son mamás de dos hijos: Jorge, de tres años, y Victoria, de uno.

Quienes aún siguen son Javiera Lecaros y Diego Infante. Lo último que supieron del proceso fue un correo que recibieron en agosto del año pasado, en donde el Sename respondía a una solicitud que ellos mismos habían hecho para preguntar en qué estaba su caso. La respuesta decía que, “de a poco se han ido retomando los ritmos con tribunales y han podido avanzar. Sin embargo, no tenemos novedades para ustedes”. Eso, y un taller preadoptivo en noviembre sobre cómo ser padres adoptivos, es todo lo que la pareja ha tenido hasta ahora.

Lecaros no ha querido mirar el video de la residencia de Carlos Antúnez. Apenas apareció en sus redes, dice que inmediatamente lo silenció. Lo único que pudo hacer fue publicar en su cuenta un post al que tituló “Nuestro hijo está en el Sename”, en donde explicaba lo burocrático que ha sido el proceso de adopción.

Infante, en cambio, sí vio el video, y pensó en algo: “Quizás ese niño que lloraba puede ser nuestro hijo”.

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